EL FIN DEL TRAIDOR

Muerte al traidor

(no hay otro destino posible)

sus hazañas de callejero indómito terminan (mal)

los recuerdos de ganador se marchitan.

En los últimos segundos

en los que la agonía marca el pulso

intenta pedir perdón

pero no hay clemencia para el que traiciona

no hay ley para el desleal

sólo un destino oscuro

de noches y días de desencuentros

y una fría sensación

del acero hundido en el pecho.

TRAICION

I

La traición cruza el espacio
se clava como un aguijón
ahí
donde más duele,
justo ahí
inocula el napalm
y la sangre se llena
de ese olor a victoria.
Desangra por las heridas
a los perdedores
y a los otros también,
y yo que espero algo
de alguien
solo
en esta habitación
que se agranda
hasta hacerme sentir un extraño
me miro y huyo
escapo de la traición
y me escondo
me alcanza
me descubre
me desangro.

II

El traidor está sentado en el bar
la espalda apoyada en la pared
la mano sostiene el vaso,
le tiembla, 
me ve venir
los ojos anuncian peligro inminente 
lentamente me le acerco
me detengo y le beso la mejilla
pero no es un beso de amor
es una sentencia
una maldición que caerá sobre el traidor.

III

Se levanta y abandona el bar

como en el cuento gitano

la maldición lo seguirá

sabe que no debe volver

allí el veredicto toma cuerpo

se convierte en el verdugo que, pacientemente,  lo espera.

III

El traidor traiciona y es condenado

en un juicio sin jurado

no hay leyes que lo protejan

porque su voracidad delató la perfidia

es culpable desde siempre

la sentencia lo comprende

y  con un beso contamina de maldición su cuerpo.-

IV

El traidor ya no tiene agallas
pensó que la traición era un juego de valientes
(se creyó más macho)
pero dejó de ser hombre
se convirtió en un híbrido,
mezcla de rata y alacrán.

El traidor hoy escapa
acelera, huye por las sombras
se detiene un instante, olfatea
presiente el fin
levanta la vista y ve
la bota que lo aplastará.-

V

Los traicionados han desterrado al traidor
lo han confinado a una Siberia de hiel
no puede volver al lugar de sus traiciones
porque allí han puesto precio a su sangre
y sus víctimas lo esperan impasibles.

VI

El traidor quiebra los códigos
corrompe las relaciones
no hay piedad para el que traiciona
él lo sabe

se  encuentra solo

no se anima a salir de su cueva

encerrado  frente al espejo
 mira sin levantar la vista

(no quiere verse, no quiere ver la cara de Judas)
sube a la única silla que amuebla la habitación
y con las manos temblorosas desprende, lentamente, el cinturón

 y lo ata en la viga que cruza el techo

 haciendo un ojal donde entra justa su cabeza

se pone en  puntas de pie

haciendo equilibrio para no caerse

hasta cerciorarse que el cuello calzó justo

 y por fin, con la punta del pie derecho patea la silla lejos.

VII

Solamente se escucha el sonido del cuello que se rompe.

Su cuerpo cuelga en silencio.

VIII

El cuerpo del traidor oscila del techo
hasta quedar detenido por completo
(así es la muerte, así se sufre la venganza)
los ojos abiertos ciegos
como un maniquí olvidado
un pobre ganador perdido.

IX

Los traicionados mantienen el cuerpo inmóvil
colgado del techo
con desconfianza lo observan
no se animan a tocarlo
temiendo una nueva traición.-

EL FINAL ES UNA CENA QUE SE SIRVE EN TRES PASOS

PRIMER PASO

La copa cae

y él mira el cielo

el vino derramado mancha el mantel

la copa rota dispara vidrios

como perdigones

hiriendo la carne desprevenida

no baja la mirada

las nubes dibujan flores rojas

sobre los restos de la noche

SEGUNDO PASO

Baja la vista y decide no volver

los recuerdos son extraños paisajes

el pasado lo atemoriza

y desconoce el presente

es el comienzo del fin

él lo sabe

no puede evitar sentirse así

no puede evitar la angustia del final

TERCER PASO

La puerta esconde el caos terminal

camina impávido hasta llegar a ella

sabe que detrás de esa puerta lo aguarda su destino

este es el fin, murmura

y sus pasos se detienen

gira el picaporte y abre lentamente

la luz es tenue

el aire sofoca

da unos pasos hacia adentro

su vida se acaba

el final nunca es atractivo

cae la lluvia roja sobre su cuerpo

CIEN AÑOS JUNTO AL TOMBA, RECUERDOS QUE MIENTEN UN POCO

No tengo buena memoria. O tengo pocos recuerdos. No sé si es lo mismo o son cosas diferentes. También sé que no quiero ser uno más de los que escriban sobre el centenario del Tomba. Seguramente miles lo harán. Desde lo más profundo de sus corazones azules y blancos, miles lo harán. Yo solo digo que tengo pocos recuerdos. Y que estoy desvelado, la noche avanza contra reloj y yo no duermo. Pienso que tengo 48 años y que mi relación con el Expreso viene desde que tenía 8 o 9. O sea, un montón. ¿Pero un montón de qué?. Me pregunto. Entonces el desvelo actúa nuevamente como una máquina de imágenes que no tiene secuencia cronológica ni argumento ni guion. Son sólo imágenes que no me dejan dormir. Tengo 8 o 9 años y vivo en una casa que queda exactamente a la misma distancia del Club Andes Talleres y del Club Godoy Cruz Antonio Tomba. Hacia el Norte Talleres, hacia el Sur el Tomba. Somos muchos los vecinos de esa edad que estamos todo el día juntos. Jugamos a la pelota en la calle, en la canchita de la Marconi, atrás de Verdini (cuando estaba en calle Belgrano), en todos lados. Andamos por los techos, de una casa a la otra y vamos a los dos clubes a seguir jugando. Pero el Tomba no tenía pileta. Entonces íbamos a Talleres que no sólo tenía pileta sino también un trampolín tan alto que jamás pude subirme ni a la escalera. Nuestros padres nos mandaban con los sanguchitos en el bolso y pasábamos todo el día ahí. Los clubes de barrio son lo más grande que les ha pasado a los barrios. Y en un barrio tener dos clubes tan cerca era casi estar en el paraíso. Y un día, no sé si año 81, 82 tal vez, el Tomba vendió al Bocha Ponce y con la plata que le pagaron hizo la pileta más copada del mundo (creo que la plata vino de ahí, o tal vez es un mito o tal vez me lo inventé). La pileta tiene una forma rara, incómoda, es profunda desproporcionadamente, gigante, hermosa y sucia por momentos. No fui más a Talleres. Caminé millones de veces las cuadras que separaban mi casa del Tomba. Desde lejos los días de partido se escuchaban los redoblantes de la hinchada y yo corría para llegar más rápido a la cancha. Al ritmo de los redoblantes el pulso subía. Me veo en el medio de la popular, rodeado de mis amigos de la cuadra, de la Juan de Garay, el Alfredo, el Fede, el Jorge, los Varela. Seguramente otros más que no recuerdo. Adentro de la cancha el Tito Febre, el gallego García, Antonio Ciriaco Zapata. El Mario Yañez que me regaló la camiseta con el 4 en la espalda y Moretti en el frente que todavía tengo. Mi madre escuchando el partido por la radio para enterarse del resultado (nunca le importó el fútbol, lo hacía por mí). Volvía a mi casa afónico de tanto gritar. Pasaba días enteros en el club. Jugando al fútbol, al tenis, en la pileta, viendo entrenamientos. Los momentos más gigantes eran cuando después de entrenar los jugadores se metían a la pileta y tal vez hasta compartían con nosotros (niños) un picadito. Era socio del club. Me hacía la revisación médica para entrar a la pileta. El tenis en el club también empezó como una cosa rara. Un club de fútbol que sumaba otros deportes. Cómo no mencionar a Doña Hilda presidenta durante años de la Comisión de Tenis. Ella fue el motor para que el deporte creciera en el Club. Y cómo olvidar la cancha número 2 de tenis que no tenía las medidas reglamentarias porque topaba con una de las columnas de la iluminación del Gambarte. Iba a la cancha. Siempre. No tengo buena memoria, o tengo pocos recuerdos. Me acuerdo de un partido, no se cual, pero lo pasaban por la TV y no sé qué promesa habré hecho que lo vi arrodillado en el piso. Veo esa imagen hoy y no me arrepiento, seguramente la promesa valió el dolor de rodillas y la imagen patética. Es rara la relación que tenemos con nuestros clubes. El fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes. Alguien lo dijo. Pero acá, esto, es más que fútbol solamente. Esto es un club, de barrio, de mi barrio, es historia, la mía y la de miles. Y eso que yo tengo mala memoria. El primer recuerdo que me aparece del Loco Julio es en el Gambarte en el medio de un partido, harán 35 años tal vez, lo vi haciendo caca debajo de la tribuna, no en el baño, debajo de la tribuna. Inefable Julio Roque. Único. Tuvo una particularidad el Loco, a comparación de todos nosotros, él nunca envejeció, desde que me acuerdo él siempre fue igual y nosotros cada vez más viejos. Nosotros envejecíamos y él siempre estaba igual. La primera vez que llevé a mis hijos a la cancha (casi bebés) los abrazó y besó el Loco, fue como un bautismo sin dios.  Una vez, me acuerdo, en un partido del Regional o del Interior, uno de esos campeonatos eternos, de miles de fechas y largos viajes, estábamos en la popu y a mi amigo que estaba parado al lado mío le impactó una piedra de las centenares que volaban de la tribuna visitante. Le dio justo en la ceja. Sangró. Lo llevé al camarín y el médico del club lo suturó ahí mismo. Fue rara la sensación, porque no estábamos asustados ni preocupados, más bien estábamos contentos de estar en el vestuario en el medio del partido. Con los puntos en la ceja volvimos a la popular. Ni me acuerdo del resultado. No importaba. Cuando jugábamos en la Liga Mendocina que volaran piedras era recurrente, de una tribuna a la otra, ida y vuelta. Cuando a nadie se le ocurría traspasar el Arco Desaguadero, ahí sí que volaban piedras entre las hinchadas. Millones de piedras iban de acá para allá. Como cuando jugamos una de las libertadores y fuimos a Uruguay. Jugamos en el Estadio Centenario (esto lo remarco porque no es poca cosa, no?) y también nos llovieron piedras. Ahí sí creo que tuve miedo pero también la sensación de alegría, no es poco que te caguen a piedrazos en Uruguay los hinchas de uno de los clubes más reconocidos del continente. El otro día le contaba (por enésima vez) a mis hijos cuando en los partidos quedaban pocos minutos y había que tener la pelota. El Eterno Goleador Juan Alejandro Abaurre se la llevaba al córner y la ponía debajo de la suela. No se la podían sacar. Le pegaban, le hacían falta, sacaba la falta y otra vez debajo de la suela hasta que terminaba el partido. Los hijos, la cancha, los colores y mi mujer que sabe (y aguanta con toda la onda) estos desvelos. Una vez el Cali Torresi estaba por patear un córner y el Trepa abandonó su lugar en la popular y corriendo llegó hasta el alambrado y le dijo “Cali, hacelo olímpico”. Torresi se dio vuelta y lo miró y le dijo “no me salen siempre Trepa”. Y ahí pensé, hasta dónde y hasta qué cosas podemos dentro de nuestra pasión/locura pedirles/exigirles a quiénes están dentro de la cancha. El Trepa también quedó pensando, tal vez pensaba en “sólo te pedía que hicieras un gol olímpico, nada más que eso”. Cuando pasaba el tren por detrás de la cancha la hinchada paraba de cantar lo que estuviera cantando y gritaba “arriba el expreso” y el maquinista tocaba la bocina o cómo se llame lo que hacen sonar los maquinistas. Y Don Barta? Era un viejito que se sentaba siempre en el mismo lugar (creo que todos estamos destinados a ocupar un lugar en la cancha y lo cumplimos a raja tabla) abajo del cartel de publicidad de Barta. El viejito se mataba la garaganta cada partido y gritaba tooooooooooooobaaaaa, era lo único que hacía Don Barta. Las chicas de Tiffanis repartían folletos en la tribuna. Y el Lito utilero histórico desde la boca del túnel nos avisaba cuando el equipo estaba por entrar para que agitáramos. Y llegar a los partidos un rato antes para ver la cuarta, a alentar a los pibes. Carnaval carnaval es el Expreso que se va pal Nacional. cantábamos. Y un día, Cómo me gustaría estar en primera para ganarle a Boca en la Bombonera, para ganarle a River en el Gallinero, para gritarles a todos soy Bodeguero. Qué locura. Llegamos a todos lados. Estuvimos a punto de ser campeones de primera. Nueve fechas punteros y ya nada importa. Que sea lo que sea, seguro el Tomba saldrá campeón y habrá nuevos viajes libertadores. O como dice el gran Suraci, el Tomba ya Salió campeón. No salimos campeones al final, pero, yo me sentí campeón. El programa de TV Subite al Expreso en las noches mendocinas por canal de cable. Conocí a esa cría de tombinos de pura sangre que dejaron todo por los colores, dentro y fuera de la cancha: De Luca, Manchado, Villalobos, Rafa, Gato Oldrá, Hachita, Hermes Rubén, Gato Lentz, Ruso Marcucci, Abaurre, Pereyras. Y tuve la suerte de poder jugar al fútbol con muchos de esos ya retirados del profesionalismo. Nosotros desde afuera de la cancha éramos (y somos) una jauría de perros salvajes que encuentran su redención entre esas paredes de cemento rodeando el verde, los animales (ellos adentro y nosotros afuera) ofrecen (y ofrecemos) su (nuestra) sangre por los colores.  Nada es tan importante y nada importa menos. En esos 90 minutos la única regla es dejar de lado la vida para vivir en otro universo. Luego habrá tiempo de pensar en otras cosas. Cómo recordamos al Tanque Giménez!!! Y el viaje y partido en Mataderos!!! Y el gol del Cachorro en San Juan!!!. Ni hablar del gol del Fideo botines colorados. Hace poco creamos la división Veteranos de Futbol de Salón en el Tomba, donde jugué un par de campeonatos.  Creo que fue en el Mundial de Francia 98, allá, hicieron una camiseta gigante, el Marcelo Espina me dijo que hiciéramos una del Tomba, compramos la tela y se la llevamos a una modista en calle Maipú de Godoy Cruz, no tengo idea cómo hizo, pero confeccionó “la camiseta del Tomba” que ocupó parte de la popular durante muchos partidos, después le perdí el rastro y un día apareció en el cielo llevada por globos. Mis recuerdos son anárquicos e irrespetuosos del tiempo y la lógica narrativa. Son pocos los recuerdos, no llego ni un poco a ilustrar algo de los 100 años del Tomba. De adolescente por allá en el 90 jugaba al fútbol de salón en el Tomba. Y se inauguraba esa rara cantina que queda en el codo del Gambarte, con los compañeros del equipo hicimos fiestas ahí. Muchas fiestas. Sonaba fuerte el rock nacional. Los 90´ no eran fáciles.  Ir a la cancha se terminó de convertir en una religión y las tribunas del Gambarte se llenaron de rock: Martes 13, Karamelo Santo, Impuribus, SalvaGes Unitarios. Tardes de fútbol para luego terminar en la Bóveda o donde nos llevara la vida. El Buby hizo lo imposible en Misiones, sacó todas. La alegría fue totalmente tombina y el ascenso del 94 una realidad que empezó a cambiar la historia. Sin darse cuenta, porque ni ellos y mucho menos nosotros lo sabíamos, los héroes del barro nos dijeron “ahora vamos por todo”. Y acá estamos, yo desvelado con algunos pocos recuerdos sensatos, el Tomba ya en sus 100 años y millones de trasnochados insomnes que al unísono reviven recuerdos armando un rompecabezas azul y blanco. El rompecabezas más grande del Oeste Argentino.

CAIDA

Hoy caí mil veces más

Hoy salté al vacío brutal

Hoy estoy sin ver atrapado en este sucio lugar

El sol ya no brilla

aquí somos cómplices de una noche sin luz

siniestras sombras nos persiguen hasta alcanzar nuestra eternidad

dame paz, dame paz

no soporto esta cruz

quiero mi redención

y huyamos de esta traición

dame paz, dame paz

no puedo volver a caer

quiero salvar mi cuerpo y juntos alejarnos del dolor

PSICÓPATA FELIZ

Anoche soñé mucho

más de lo que una persona puede soñar

si existiera la sobredosis de sueños

ayer hubiera sido un yonki

En el sueño ella me dijo:

no tenés ganas de romper algo?

siempre, quiero romper todo

todo el tiempo, le contesté

Mientras el gordo,

que de su infarto hizo una película,

escapa con la valija llena de dólares

arrebatada de las manos heladas de walt disney

Y nosotros cuatro

otra vez, los cuatro,

Ella, yo y los dos strigois

ahí, presos de un psicópata feliz

Rehenes del psicópata feliz

en un bar de una estación de trenes

sin trenes ni pasajeros

en el que solo hay un pistolero al que le faltan dos dedos

El mismo gordo que estafó a Walt Disney

dice que el primer párrafo de un cuento debe ser atrapante

sino el cuento no existe.

De inmediato borré todos mis primeros párrafos

Y al bar llega mi padre

que está muerto hace años

no sé qué hace acá, en mi sueño, en el bar desolado

habiendo tantos lugares en la eternidad

Tal vez quiera subir al tren

o, por fin, terminar esos cuentos que nunca empezó

y que el gordo que vendió su infarto

le regale unos primeros párrafos

El gordo, su infarto y la valija ya no están

mi padre camina por las vías desafiando al tren que se aproxima

el sueño se desvanece

y ella calienta el café del desayuno

NO LO SOÑÉ

El Señor dirá de mí: «Estás hecho un turro… Un vago vergonzoso, y eso que fuiste a la universidad.

Te jugaste a los burros y enfangaste en orgías el alma inmortal que yo te di, y arrastraste a tu ángel guardián por los lupanares y Él lloraba tras tuyo, mientras tu bocaza carnicera se llenaba de abominaciones…”

Y lo peor de todo es que yo no se lo voy a poder negar.

LOS SIETE LOCOS. ROBERTO ARLT

PRIMERO

NO LO SOÑÉ

La pérdida de la inocencia traerá belleza a tus ojos. Recién ahora podrás mirar la naturaleza con melancolía.

Del prólogo de Lobo Suelto, Cordero Atado.

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

En la ciudad, el calor de esa siesta de noviembre era agobiante. La calle Coló, un desierto en el cual solamente algunos pocos animales vagabundos se atrevían a transitar. Ratas del tamaño de una pelota de fútbol y perros sarnosos daban color a la fauna local.  Los negocios cerrados con sus implacables persianas de metal que refractaban el fuego que el sol, sin ninguna consideración, disparaba desde su lugar. Los rayos rebotaban impiadosos en el cartel de publicidad de una cerveza local y morían en los lentes oscuros de Lupus que miraba a través de ellos hacia el otro lado de la calle. Sentado en el cordón de la vereda, sólo, con las piernas colgando hacia la acequia, y en su mano derecha sostenía una cerveza de un litro, la misma  marca local que el cartel publicitaba, y que hasta unos minutos antes estuvo fría y ahora su temperatura ya casi se mezclaba con el calor del aire.

Esto parecía no importarle. La mirada fija en la vereda de enfrente, más precisamente en la puerta del edificio de departamentos que se ubicaba justo en línea recta al kiosco en el que tomaba la cerveza mientras fumaba un cigarrillo tras otro. Vestía bermudas negras que le llegaban un poco más abajo de las rodillas, una musculosa del mismo color con un león de Zion con la melena de color rojo-amarillo-verde estampado en la espalda. El pelo rubio rapado a cero y usaba una barba de varios días. No llevaba ojotas. Jamás llevaba ojotas porque, estaba seguro, que siempre cabía la posibilidad de tener que salir corriendo, de tener que verse en la necesidad de escapar, y en ojotas resultaría sumamente complicado. Por eso calzaba zapatillas Topper tenis negras sin medias, como decía Blades “por si hay problemas salir volao….”.

El edificio en el que había posado su mirada databa de ya varios años, tal vez más de cincuenta. Siete u ocho pisos y en cada uno de ellos había al menos diez departamentos. Los pasillos eran estrechos y oscuros y denotaban una evidente ausencia de mantenimiento. No solo las paredes estaban corroídas por el paso del tiempo sino que también, al igual que el piso y el techo, se encontraban sucias por el smog y por los ocasionales habitantes del lugar que habían ido dejando su marca. El olor que circulaba por los lugares comunes era una mezcla a frito, mugre y humos varios.

La mayoría de los departamentos escondía algo. Algo que no se podía contar o que no podía saberse. Algo que estaba muy lejano a cumplir con la ley. Algo de lo que era mejor no enterarse.

Lupus, abstraído, pensaba en la cantidad de momentos que había pasado dentro de ese lugar. A veces buscando sexo pago, a veces comprando marihuana para después revenderla a otros chicos de su misma edad que estaban iniciándose en el tema drogas y no sabían dónde acudir sin peligro y preferían depositar su confianza en él, que, obviamente, gracias a esa diferencia entre lo que compraba y lo que vendía, fumaba gratis. Y algunas otras veces haciendo de intermediario para la compra-venta de algún pasacasete robado.

Los pensamientos de Lupus fueron súbitamente interrumpidos por la aparición de la persona que estaba esperando y en ese momento salía por la puerta principal del edificio. Su nombre era Armando, conocido en el ambiente como el Gato. Habían quedado en juntarse en el kiosco de enfrente a las 3 y media de la tarde.

Eran las 4 y cuarto. El Gato estaba cuarenta y cinco minutos atrasado, pero Lupus sabía que no era buena idea hacerle un reproche por esta tardanza. Es más, ni siquiera había que mencionarle el tema.

El Gato no estaba pasando por sus mejores días. Acababa de salir de la cárcel después de cumplir una condena de doce años por homicidio y algún otro delito más que Lupus no conocía ni le interesaba conocer. Los días siguientes al inicio de la libertad no son fáciles. Retornar a una ciudad olvidada, llena de gente sin rostros o con recuerdos de rostros difusos y con la permanente idea de que la policía está por todos lados acechando para volverte a meter a esa celda apestosa con otros parias iguales que vos. Esos pensamientos rondaban en la cabeza del Gato, por lo cual, Lupus, al verlo, inmediatamente hizo un gesto con la cabeza señalándole su Fiat 147 que estaba estacionado a pocos metros y se levantó del cordón de la vereda y en un mismo movimiento extendió el envase de cerveza vacío y lo dejó en el mostrador del negocio.

Ambos subieron al auto y casi en simultáneo a cerrar las puertas, Lupus había arrancado el motor y comenzado a avanzar por calle Colón. El Gato no cesaba de moverse en la butaca del acompañante. Miraba hacia un lado y a otro y cada tanto hacia atrás, los fantasmas del regreso al penal no lo dejaban de perseguir y evidentemente el encierro en un vehículo no le resultaba cómodo. Era un tipo de unos treinta años, diez más de los que Lupus tenía. Con una altura superior al metro ochenta y lucía en los brazos los característicos tatuajes (mal) hechos en la cárcel, con tinta de birome, casi inentendibles. En el brazo derecho se podía leer la palabra “madre” y en el izquierdo borroneado, tal vez a propósito, se leía, a medias, el nombre de una mujer, algo así como Silvia o Silvana.

Vamos al Barrio Santa Evita –dijo el Gato manteniendo la mirada fija al frente. Lupus giró hacia la derecha por calle Chile hasta llegar a San Lorenzo y ahí tomó hacia el Este. Conducía con precaución, sabía que cualquier infracción de tránsito, aunque fuera menor, podía desatar un encuentro con la policía y eso podría terminar en una requisa del automóvil, averiguación de antecedentes y demás circo policial. La sola idea de ser detenido por la autoridad, por más que supiera que no llevaba nada encima, le aterraba. Eran tiempos difíciles donde mucha gente se estaba quedando sin trabajo, donde desde el gobierno, en nombre de un liberalismo caudillezco, se fomentaba el individualismo. Surgían desde la misma clase media los cartoneros y a las clases más relegadas ya no llegaba ningún tipo de ayuda, relegándolas cada vez más a la peor miseria, y con ello creando una generación entera de subalimentados sin educación y con la imposibilidad de entrar en el sistema. Una generación entera de outsiders.

Lupus manejaba casi sin pensar, conocía a la perfección el camino hacia el Barrio Santa Evita. Luego de llegar hacia el Acceso Este debía seguir por el Acceso Sur, hasta la intersección que lo llevaba directo a esa barriada. Su acompañante no hablaba ni una palabra. Aunque ahora parecía un poco más tranquilo. Seguramente la velocidad que el auto tomaba en la ruta lo hacía sentir más seguro, más libre. Lupus encendió el stereo y desde la más infernal siesta, como un escalpelo que de a poco se va introduciendo en la piel para luego atravesar la carne hasta hacer sangrar, sonó la voz del Indio: “Venía rápido, muy rápido y se le soltó un patín, a él que era rey de esta jungla, se le soltó un patín…”.

Doblaron por la calle principal del barrio. A los costados, un conjunto de casas bajas, pequeñas, pobres, sin pintar, de color cemento. Grises. El único color se lo daba algún grafiti o escudo de un equipo de fútbol pintado torpemente. Siguieron avanzando hasta los monoblocks.  Un conjunto de edificios separados uno de otro por un angosto pasillo. Grises, chicos y pobres, igual que las casas, pero más miserables porque se amontonaban casi promiscuamente.

Frená en esa esquina- dijo el Gato señalando una casa en la que se había adaptado una habitación para que funcionara como kiosco y la ventana que daba a la calle era por donde se atendía a los clientes.

Lupus estacionó. Detuvo el motor y el Gato bajó. Esperame acá- dijo y comenzó a caminar hacia el fin de la calle principal.  Su silueta se agrandaba con la sombra que proyectaba el sol. Parecía un gigante, pensó Lupus, un diablo gigante. Giró a la izquierda por un pasillo y no lo vio más.

Lupus, todavía sentado en la butaca de su automóvil con el stereo encendido “…su corazón no era un hotel (aunque corría ese rumor) y hoy tiene una entre otras cruces en este bosque siempre cruel…”

Apagó la música y bajó. Conocía muy bien lo que iba a pasar en el próximo lapso de tiempo. Había estado muchas veces en situaciones similares. A veces siendo él el que se bajaba a comprar y otras, como en esta oportunidad, el que se quedaba a esperar.

La cosa funcionaba así: el que tenía la línea, es decir, el que conocía al dealer, en este caso el Gato, dejaba al otro esperando en algún lugar que no pudiera ver ni conocer cuál era la casa a la que se dirigía. Por dos razones, la primera porque el dealer solamente dejaba que a su casa fueran a comprar las personas que él conocía y en las que tenía cierta confianza y estos compradores jamás podían llegar con alguien sin previa autorización. Esto último pasaba algunas veces cuando te presentaban la línea para poder ir a comprar solo, en forma directa. La otra razón que esto funcionara así, es que nadie quería presentar sus líneas para tener el poder de ir a comprar y con ello lograr un rescate, o sea, una ganancia sobre lo adquirido. Siempre una parte de lo que se compraba con dinero ajeno quedaba en el bolsillo del que hacía la transa.

Esta vez, Lupus era el que esperaba. Según le había dicho su amigo Germán, el Gato tenía una línea con la mejor merca recién llegada de Bolivia, lo cual hacía que valiera la pena la espera.

Otra cosa que conocía muy bien era que esto podía durar un rato largo porque si el dealer le ofrecía al Gato probarla, seguramente este accedería y el trámite se dilataría un poco más de lo pensado. Teniendo en cuenta esto, Lupus se dirigió al kiosco y compró un paquete de cigarrillos. Estuvo a punto de comprar también una cerveza pero prefirió no hacerlo. A la policía no le gustaba que se consumiera ningún tipo de alcohol en la vía pública y si pasaban los cobanis y lo veían tomando se exponía a muchas preguntas que no tenía ganas de contestar, como por ejemplo, qué hacía él, sólo, tomando una cerveza en el barrio Santa Evita, uno de los más populares y conflictivos barrios del Gran Mendoza.

Por eso subió nuevamente al auto, encendió un cigarrillo, bajó la ventanilla y fijó la mirada en la esquina por la que había doblado el Gato. No quería llamar la atención. Quería ser invisible en ese momento.

Esa espera era angustiante. La incertidumbre reinaba su mente. Podía pasar cualquier cosa.  El Gato era un tipo malo, pesado. Conocido y respetado en el ambiente. Pero los tipos que son reconocidos y respetados en ese ambiente han llegado a ser así a fuerza de ganarse muchos enemigos y de pisar, literalmente, cabezas. Una posibilidad era que cualquier diferencia entre el Gato y el dealer terminara con tiros, con lo cual Lupus iba a tener que marcharse rápidamente para no quedar involucrado. Otra podía ser que justo en el momento que el Gato estuviera dentro llegara la policía y reventara la casa y Lupus iba a tener que escapar, tal vez más rápido, para tampoco quedar involucrado…. En fin, no era una espera saludable….Era angustiante. Y eso era lo que Lupus pensaba, pero la posibilidad de consumir una buena merca valía la pena. Además así era su vida, o en realidad, así llevaba viviendo el último tiempo. Había conocido tipos malos, que le habían permitido acceder a las mejores líneas del lugar, por lo cual gran parte de sus días los pasaba en barrios bajos y en villas miseria junto a gente sin destino alguno. Sin futuro.

Subió el volumen del stereo “…..Dejó un billete que pide a gritos que lo gasten 
como una hoja derivo en tu mismo turbio río….”

Otra de las alternativas de esa tensa espera era la de irse sin el Gato. Si pasaba un tiempo prudencial y este no volvía significaba que algo malo podría haber pasado, o la policía o un entrevero dentro de la casa del dealer o lo que sea. Nada debía ser tan  importante para no poder tomar la decisión de irse, aún con la pérdida del dinero. Y muchas veces el tiempo pasaba más lento de lo normal y el temor a ser sorprendido se agigantaba en la cabeza del que esperaba, porque no podía conocer lo que pasaba dentro.

La angustia crecía al mismo nivel que subía el calor en el auto. La sensación de ser mirado por infinitos ojos iba en aumento. Cada persona que pasara cerca, en auto, en  bicicleta, caminando, podía ser un rati de civil, camuflado de vecino del barrio, en un operativo que tenía como objetivo la casa del dealer donde estaba el Gato y, obviamente, Lupus entraba en esa redada. Nada lo podía salvar.

Cuando comenzaba a hacerse insostenible la espera, cuando el sudor helado le cruzaba la espalda, cuando ya fumaba un cigarrillo atrás de otro, vio que, doblando la esquina de los monoblocks, aparecía la inmensa figura del Gato. Caminaba a paso firme, rápido. Se notaba que no quería llamar la atención. Esto era inútil porque mientras avanzaba miraba de un lado a otro sin cesar girando la cabeza mecánicamente como si fuera un robot en cortocircuito.

La distancia que los separaba era de unos cien metros. Para Lupus, esta caminata fue eterna y para el Gato seguramente también. Interminable. No llegaba más al lugar donde estaba estacionado. Cuando llegó, Lupus ya había arrancado y puesto primera. En un solo movimiento El Gato abrió la puerta-subió-se sentó-cerró la puerta y Lupus avanzó rápidamente siguiendo el camino que lo sacaría de ese lugar y lo llevaría a otro donde, supuestamente, estaría más tranquilo.

El Gato no hablaba.

Una vez que habían salido del barrio Santa Evita Lupus le preguntó cómo le había ido, si había podido hacer la transa. No contestó. Abrió la boca lentamente y sacó de allí una bolsa plástica, transparente, con unos 30 o 40 gramos. Le había ido bien. Mejor tragársela a que la policía se la encontraran encima. Una locura. Pero no iba a volver al penal, de eso estaba seguro.

“…Entre amuletos y talismanes su destino desafió, si su nariz crecía de tamaño prometía más…”.                                                     

Recorrieron el camino hacia la casa de Germán en silencio. La tarde comenzaba a tomar movimiento, la inerte siesta iba dejando paso a una cansina manada de trabajadores que, adormilados, marchaban hasta sus rutinas diarias.  Despacio, como queriendo esquivar el calor, caminaban hacia la parada de colectivos a esperar el que los depositara en su trabajo.

Lupus notó cómo la fisonomía de las calles iba cambiando a medida que avanzaba. Dejaba atrás los grises barrios periféricos para ir ingresando a una zona de clase media todavía no desbastada. Aquí las casas ya eran más amplias, con jardines, de dos pisos y cochera para guardar el auto familiar.

Manejaba mirando de manera permanente hacia atrás. Usaba los tres espejos de su auto para cerciorarse de que nadie los seguía. Cualquier vehículo era sospechoso en ese momento. La angustia de la espera anterior no había terminado. En realidad, sabía que no iba a terminar nunca. Conducía al lado de uno de los delincuentes más conocidos de la ciudad, con un montón de cocaína encima. Imposible zafar. Si los agarraban estaba frito, lo sabía. (Estás frito angelito).

“No le robaba nunca a nadie, a nadie en especial, ganó un orzuelo de tercer ojo y su nariz sangró…”

Giraron hacia el Este para luego ingresar por una calle cortada a la que desembocaba en la casa de Germán. Era un atajo muy práctico. Lupus pensaba que, como ese camino, su vida transitaba por atajos. Siempre encontraba la manera más corta de llegar a donde quería.

Estacionó frente a la casa de Germán. Antes de parar el motor, miró por enésima vez hacia atrás. No había nadie. Nadie los había seguido y tampoco se veía a persona alguna que merodeara el lugar. Sintió alivio. No estaba seguro del todo, pero si con la idea que ya podía comenzar a disfrutar de una tarde que prometía alargarse hasta el otro día. Lo más atractivo de esas movidas era que nunca se sabía cómo, ni dónde, podían terminar.

Descendieron rápidamente e ingresaron en la casa. Germán los estaba esperando. Era un sujeto alto, de unos 30 años, muy delgado, desgarbado. Artista plástico, diseñador, escenógrafo e iluminador de varias bandas de rock del momento. A simple vista parecía débil, pero tenía una personalidad imponente lo que lo había convertido en un tipo muy respetado en el ambiente. Tenía muy buenos contactos con dealers lo que lo hacía más requerido. Su casa era frecuentada habitualmente por gente del mundo alternativo del arte, escritores, músicos, pintores, quienes pasaban largas horas escuchando música, hablando y obviamente consumiendo todo tipo de drogas.

Era inteligente al hablar, y sus conocimientos sobre arte lo hacían un tipo por demás interesante. Una mezcla rara de intelectualidad con actitud punk en una imagen apacible, un ser más violento de lo que aparentaba.

Apenas entró Lupus en la casa lo invadió el típico olor que despedían las máquinas que Germán usaba para su trabajo, ese olor a plástico, a calcomanía o a libro nuevo que impregnaba todas las habitaciones.

Además del dueño de casa, había dos sujetos más. Lupus los conocía, los había visto allí algunas otras veces y también se los había cruzado en algún otro lado. No sabía dónde. Ninguno de los dos le caía bien, tanto que ni siquiera recordaba sus nombres. Uno, de baja altura, canoso, de unos cuarenta años, con lentes culo de botella, vendedor de libros o algo así. El otro con manchas en la piel, desteñido, también más grande que Lupus y con la mirada ausente. No había nada en ellos que a Lupus le atrajera, pero esto no le preocupaba ya que en ese momento él era el protagonista más esperado.

El Gato ni siquiera saludó. Con sus ojos, abiertos por demás, miraba para un lado y otro como queriendo encontrar en algún rincón de esa casa la tranquilidad que necesitaba. Lupus a su vez lo miraba de reojo, presentía que algo no andaba bien. El Gato posó su vista en la puerta del baño ubicado bajo la escalera. La puerta era de madera pintada con varios colores, seguramente en una noche larga por alguno de los artistas amigos de Germán o tal vez por él mismo. El Gato caminó hasta allí, la abrió y entró. Con un golpe firme la cerró y se oyó el ruido metálico de la llave girando. Una vuelta, dos vueltas.

Lupus se dio cuenta de que se había quedado tildado siguiendo esa acción. Sacudió su cabeza como despertando e inmediatamente se unió a los otros tres que estaban totalmente ajenos a ello. Sobre un espejo que ocupaba gran parte de la mesa de trabajo de Germán habían volcado la merca, una montaña blanca se erigía en el centro y a su costado habían formado cuatro líneas de unos seis centímetros cada una. Germán con una mueca tiesa en la boca, extendió una birome bic a Lupus quien en un solo acto se la llevó a la nariz, bajó su cabeza hacia la mesa y aspiró de una sola vez una de la líneas.

El amargo sabor subió inmediatamente hasta en un solo paso instalarse en su garganta. Para Lupus esta era una de las sensaciones más excitantes. La sola presencia de la merca lo hacía sentirse fuerte, poderoso. Pasó su dedo índice por el espejo recogiendo algunas piedritas dispersas, luego frotó el dedo por las encías. Sabor único. Irreemplazable. Alcanzó la birome a uno de los otros desconocidos-conocidos, al de la enfermedad en la piel que vorazmente se abalanzó sobre el espejo y con un ruido desagradable snifó todo lo que pudo.

Los cuatro comenzaron a mantener una conversación en la que hablaban todos a la vez y se entrecruzaban los comentarios. Mientras seguían consumiendo, tomando cerveza y fumaban sin parar.

Así transcurrió un rato largo. Imposible saber cuánto tiempo pasó. La música de fondo, como un telón transparente, los envolvía y no los soltaba.

Ninguno parecía acordarse de la presencia del Gato hasta que de repente escucharon dos golpes secos que provenían del baño. Germán miró a Lupus quien cerró los ojos un instante como presintiendo que algo malo sucedía. Germán se hizo eco de esa sensación y con dos pasos llegó hasta el baño. Dio un golpe en la puerta, esa de los colores del arco iris que contrastaba con este momento negro que estaban viviendo, y no recibió respuesta.

Gritó: ¡Gato!…. ¿Qué pasa, Gato?

No contestaba.

Esta vez gritó más fuerte: ¡Gato! ¡La puta madre contestame!

Nada.

Germán pateó la puerta una y otra vez, no con la intención de que se abra, sino más bien de descargar su ira.

Lupus y los otros dos sujetos miraban absortos esta situación. Nada bueno podía pasar.

No se escuchaba ningún ruido desde adentro del baño. El silencio se apoderó de la casa. Los cuatro se quedaron estáticos, mudos. Los ojos enormes cruzaban miradas de terror. Ninguno emitía palabras porque nadie quería decir lo que había que hacer: abrir esa puerta.

Germán, decidido rompió el silencio. Pasame esa barreta– le dijo a Lupus. Este le alcanzó un hierro de un metro de largo aproximadamente que Germán utilizaba para trabar la puerta de entrada desde el lado de adentro.

Germán lo encajó entre la puerta del baño y el marco y con un solo movimiento en seco hizo palanca y pudo abrirla. Adentro, sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, el Gato desmayado, inconsciente o muerto. De su brazo derecho colgaba una goma de esas que usan los bioquímicos para extraer sangre, con la que aprietan para hacer más visible las venas. Estaba anudada a la altura del bíceps. En el piso, una jeringa vacía. Usada y vacía. Chorreaba sangre.

Germán se acercó a El Gato mientras decía– ¡Se ha estado picando el hijo de puta!

Lupus llegó hasta la puerta del baño y vio esa imagen dantesca: el gigante recién salido de la cárcel, desnudo, tirado al lado del inodoro, con un hilo de vómito saliendo de la comisura de su boca. Al lado, Germán tomándole el pulso. Está vivo- dijo.

Para Lupus esa era una buena noticia. Aunque no sabía cómo iba a seguir ni qué podía pasar. Miró hacia atrás y los otros dos sujetos ya no estaban. El miedo pudo más que ellos y se fueron. Abandonaron. Escaparon sin saludar, como dos ratas, pensó. (El que abandona no tiene premio).

Germán lo miró y se dio cuenta de lo que estaba pensando. Inmediatamente Lupus preguntó– “¿Qué hacemos?”, no tanto para hacer algo, sino para que Germán supiera que él no se iba a marchar y que se quedaría haciéndole el aguante pasara lo que pasara.

Germán entendió. No era momento para hablar nada más. Solamente se limitó a decir “Hay que resucitarlo”.

Salió del baño y caminó hasta la cocina. Lupus lo perdió de vista. Miró una vez más al Gato. La imagen era aterradora y, luego del shock visual inicial, se percató del olor nauseabundo que esa imagen emanaba, mezcla de transpiración, vómito y demás supuraciones corporales junto al encierro.

Germán volvió con un foco color rojo que colocó en la lámpara del baño. Su idea era que cuando El Gato despertara lo hiciera de a poco y en un ambiente cálido. Cerró la puerta quedándose del lado de adentro.

Lupus quedó solo. Miró a todos lados y no había nadie. La música hacía un largo rato que se había apagado. Silencio total. Las ventanas que daban a la calle estaban cerradas con unas persianas que hacían imposible mirar para afuera. Calculó que debían ser como las cuatro de la mañana. No usaba reloj. Y tampoco sabía cuánto tiempo había pasado desde que llegó a la casa. Parecía que el tiempo se había detenido. Caminó hasta una de las ventanas y miró por una hendija, era de noche, el cielo estaba cubierto amenazando con una de esas típicas tormentas de verano mendocinas.

Volvió hacia la mesa donde habían estado reunidos y se sentó en una de las sillas. En el medio aún estaba el espejo con la pala que quedaba. Su primera reacción fue la de agarrar la birome y tomar una línea. Pero desistió. Dejó la bic sobre la mesa y se levantó a buscar una cerveza a la heladera. Se le había secado la garganta y notó que el pulso le temblaba más de la cuenta. Una cerveza le vendría bien. Tomó un vaso de un solo trago y fijó los ojos en la puerta del baño. El silencio era espantoso. Su incertidumbre total. No sabía qué hacer. Si el Gato despertaba y se ponía violento podía correr riesgo su vida y la de Germán. Era un asesino, un loco sin nada que perder. Si no despertaba no podían ir a un hospital ni llamar a un médico. Habría muchas preguntas que no iban a poder-querer contestar. Ni a Germán ni a Lupus le importaba mucho el Gato. En realidad a nadie le importaba qué le podía pasar. Pero estaba ahí, casi muerto en la casa, solo con Germán y Lupus.

Tomó otro vaso de cerveza y se levantó de la silla, no aguantaba estar sentado. Caminó hasta el baño, acercó la oreja a la puerta pero no pudo escuchar nada. Volvió a su lugar. Se sentó. Duró un segundo en esa posición. Se puso de pie y caminó hacia la cocina. Se sirvió un vaso con agua y lo bebió. La garganta seca. Volvió a la sala y una vez más se sentó. Y una vez más se levantó a los pocos segundos. No podía estar quieto, no podía pensar. No sabía qué hacer mientras esperaba que algo sucediera.

La puerta del baño se abrió y de adentro salió Germán, y tras de él, la enorme figura del Gato, tambaleándose, con paso dubitativo, la mirada ausente, perdida. Sus ojos inyectados en sangre se clavaron en los de Lupus durante un pequeño instante que para este fue eterno. Pero nada pasó, parecía que no lo hubiera visto ni reconocido, que nadie existiera en esa casa, que no hubiera nada que le llamara la atención. Que estuviera solo en el mundo.

Germán se dirigió a Lupus y le dijo– Lo voy a llevar a caminar para que baje un poco. Está bien, creo que zafó. Creo que zafamos. Nos cagó la noche nomás- Caminó junto al Gato hacia la calle y se marcharon lentamente por la vereda hasta llegar a la costanera, a ese sendero de cemento que bordea el zanjón.

La imagen era fantasmagórica. De la noche cerrada emergía esa dupla de zombis, Germán alto, muy flaco, demacrado, con un haz de luz de luna sobre su cara que remarcaba aún más sus huesudas facciones. A su lado el Gato, aquel delincuente todoterreno que esa noche quiso avanzar tres casilleros de un solo salto en el juego de recuperar su tiempo perdido.

Lupus los vio desaparecer. Ya no tenía nada para hacer. En un rato más iba a amanecer y el calor se hacía notar. No tenía ganas de seguir allí. Salió, subió a su automóvil, arrancó el motor y condujo por la soledad de la noche.

Al cruzar la costanera por el puente, giró su vista hacia la derecha y una imagen apareció mezclada con los rayos del amanecer: un sujeto flaco y alto que empujaba a un gigante al caudaloso canal.

Aceleró en dirección opuesta. Encendió el stereo, el Indio abría cicatrices, salaba heridas: “… No hubo caricias para su cielo moro…. Y ahora mira crecer las flores desde abajo….

SEGUNDO

TIC TAC EFÍMERO

En el departamento hacía calor. Mucho calor. Pero Ricky no quería abrir las ventanas. Un ventilador de pie, encendido permanentemente, ruidoso y medio destartalado, recirculaba el aire caliente, espeso y enrarecido por el humo. Llevaba dos días encerrado en ese lugar y la sola idea de abrir una ventana lo atemorizaba. La merca lo volvía paranoico últimamente. Las últimas doce horas las había pasado pegado a la ventada que daba a la calle, levantando levemente la cortina, para mirar hacia afuera, escondido, agazapado, esperando ver el auto de policía que lo venga a llevar detenido, un extraterrestre o cualquier otro peligro mortal que, seguramente, sin lugar a dudas, caería sobre él. Ni siquiera se alejaba de la ventana para tomar. Era Lupus el que se acercaba a él con una raya, servida en un espejo, y un vaso de whisky para que no tenga que abandonar su lugar de centinela. Ricky, mandíbula cerrada con fuerza, agradecía con un sonido gutural, imposible de identificar y continuaba mirando hacia la calle. Lupus volvía al sillón y se sentaba. Intentaba leer una revista (la Cerdos) pero solo llegaba al primer renglón del primer párrafo de la primera hoja. La dejaba. Agarraba otra. Lo mismo. Leía sin leer.  La hojeaba de atrás hacia adelante. Miraba a su amigo pegado a la ventada. Era imposible intentar un diálogo. Ricky estaba más preocupado por lo que pasaba afuera (nada) que por interactuar con Lupus. Se servía otro trago. Encendía un cigarrillo. Ponía música. Apagaba la música. Se levantaba. Iba al baño. Tomaba una línea. Se sentaba. Le llevaba a Ricky un cigarrillo que fumaba, mirando hacia afuera, a través de la cortina levemente levantada, sin largar el humo, haciendo un esfuerzo para contenerlo en sus pulmones, para no llamar la atención.

TERCERO

UN GUISO MÁS

…….Un día el bote volcó 
y el premio a pique se fue. 
Todos te daban por muerto 
y vos allí en mi remolque 
sin luz, como un polizón. 
Mirá qué tipo espeso 
sumiso como un guiso más 
un vago de mil caravanas 
a punto de quedar a pie…… 

De “Salando las heridas”.

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

La almohada y las sábanas tiradas en el suelo. La ventana que daba a la calle, abierta de par en par. Lupus en la cama con la vista fija en el techo donde días atrás había pintado con un aerosol negro Luca not dead. Era cerca del mediodía. Recién despertaba y le resultaba difícil darse cuenta qué parte había sido un sueño y cuál era la realidad de lo que había pasado la noche anterior. Le ardían los ojos y sentía un acero que le atravesaba la cabeza, desde la frente a la nuca, de ida y vuelta, sin compasión.

Ocupaba una habitación pequeña en el segundo piso de la casa que alquilaba su tía, con la cual vivía hacía ya varios años. Esta no se interesaba mucho por las actividades de Lupus, ni por su forma de vida, solamente le importaba que la acompañara alguna tarde de cada mes al cementerio.

Ahora en la cama intentaba volver a conciliar el sueño pero le resultaba difícil. El calor extremo del verano, la puntada que sentía en la cabeza y los recuerdos de la noche anterior no se lo permitían.

Se levantó-se vistió-salió.

La calle estaba igual que ayer y que antes de ayer y que mañana y que siempre. Nada cambiaba en su ciudad. Las acequias inundadas de basura como si formaran parte de un pueblo abandonado en el que todos huyeron dejando nada, solo la basura. O al revés, escaparon porque la basura los comenzó a tapar. Esta idea le produjo gracia. Miles de personas saliendo de entre la basura, como ratas corriendo por las calles, chocándose entre ellas, pisando y pasando por encima a los viejos y a los más débiles que no podían mantener el ritmo y llegando por fin a otra ciudad para echar a la gente del lugar y así poder generar más basura  hasta que ésta los tape y por fin, tal vez morir asfixiados en un basural enorme instalado en el palacio municipal donde el intendente, desde la cima misma  de la montaña de basura, fuma un puro mirando satisfecho por haber cumplido su labor.

Sonrió y encendió un cigarrillo.

Manejó su auto sin dirección. Recorría las calles por las que había pasado millones de veces sin mirar. Casi como si estuviera solo en el mundo, como si a su alrededor no hubiera nada, ni casas, ni árboles ni gente. Nada le llamaba la atención, nada distraía su mirada del frente. Otra vez la misma sensación. Como en sus sueños. Como en sus pesadillas. Correr para no llegar. La soledad en el medio del desierto. La gente que te rodea y mira pero que no te ve. El humo, el ruido, la sangre. Las traiciones. Siempre las traiciones.

El camino lo condujo hasta la casa de su amigo Ricky. Estacionó  frente a la puerta, pero dudó en bajarse. No tenías ganas de hablar. Arrancó nuevamente. Otra vez sin rumbo. El stereo sonaba pero Lupus no escuchaba. Su mente estaba en blanco.

Manejó hasta llegar al barrio donde vivía El Gordo. Este lugar no era residencial. Acá no había una clase acomodada. Acá la única clase era la baja. Las casas eran chicas, viejas e iguales. Debían haber pertenecido a algún plan habitacional del Estado en épocas pasadas. Lo que se notaba a simple vista era la falta de cuidado, las veredas con las baldosas rotas desde hacía décadas, las paredes desgastadas y los árboles secos.

El Gordo tenía en el garaje de su casa una verdulería que funcionaba como velo para esconder su verdadero negocio, la venta de merca y faso. Pero cada día que pasaba vendía menos verdura y más drogas. Los cajones de tomates y lechugas estaban vacíos y las balanzas las usaba para pesar lo otro. Lupus sabía que esto pasaba casi siempre. Al dealer dejaba de importarle la pantalla porque se creía impune. A la vez el dealer consumía lo que vendía. Eran las dos reglas más importantes para hacer de esto un buen negocio: no consumir y cuidar la imagen. Nadie las cumplía.  El Gordo cada  vez estaba más desbocado. Cada vez le vendía a más gente y su casa ya parecía el Mercado Central un sábado a la mañana. Entraban y salían compradores todo el tiempo. Le vendía a gente que apenas conocía. Se estacionaban en la puerta, sin importar que alguien quedara dentro del auto y supiera la dirección y conociera la cara del vendedor. Ya todos sabían a que se dedicaba. (Dealer líder sin frenos). Esto iba a terminar mal. Muy mal.

Lupus miró hacia dentro de la verdulería y, como siempre, no había nadie. Ni para comprar ni para vender verduras. Caminó hasta el final del garaje oscuro en el que a los costados se apilaban cajas con algunas frutas de estación y atados de leña. El olor a banana demasiado madura le hizo dar arcadas. El calor sofocante de ese verano era capaz de hacer madurar hasta una piedra. Llegó a la cortina de plástico viejo que separaba el garaje del patio interno de la casa. El suelo era de tierra, no había ni una planta, solamente una churrasquera (mal) hecha con ladrillos en la que arriba una parrilla grasienta esperaba el próximo fuego. Por el piso, desparramadas varias botellas vacías de vino y cerveza y juguetes desvencijados y sucios que pertenecían a los hijos del Gordo. Las paredes de adobe. El Gordo estaba solo, sentado en un silla rota, que no tenía el respaldo. Era grande, robusto. No muy alto pero sí grande. Gordo. Vestido con una musculosa de esas que son abiertas desde las axilas hasta la cintura, que dejan a la vista no solo los brazos sino también la panza, en este caso, una inconmensurable panza,  y un traje de baño hasta las rodillas estampado con flores y tablas de surf. El pelo largo, en la nuca atado, formando una colita. Le faltaban un par de dientes y su imagen en general era desafiante. Esto último contrarrestaba con su voz aguda, casi infantil y con su risa fácil. Era una mezcla rara, no concordaban esas facciones con esa voz y risa. Era como un monstro de una película clase B. Fiero, malo, pero querible.

Al ver a Lupus se levantó de la silla sin esfuerzo. Pese a sus dimensiones era ágil. Se abrazaron e inmediatamente el Gordo lo guio hasta una habitación a la que se accedía desde el patio. El Gordo sacó de su bolsillo un manojo de llaves y con la más grande de ellas, marcada con una cruz invertida, abrió la puerta. Entraron. Lupus ya conocía ese lugar. En varias oportunidades había estado allí. Era el cuarto reservado para hacer negocios, consumir y cualquier otra cosa necesaria vinculada. Oscuro. Increíblemente frío. Desangelado. El Gordo tenía confianza con Lupus, por ello, delante de éste, se agachó y del piso levantó dos ladrillos que tapaban un pozo del que extrajo una bolsa con merca. Un kilo y medio – dijo el Gordo con su voz aflautada, y se rio como siempre.

Cada vez que Lupus se enfrentaba a la merca sentía una adrenalina que lo invadía como si fuera una descarga de corriente que le recorría el cuerpo. Una mezcla de felicidad y nervios que lo ponía alerta. Expectante. Poderoso. Y esta vez no era la excepción. Esta vez era mejor. No era la primera vez que veía tanta junta. Pero tampoco era una cotidianeidad. Sabía que además era pura. Pura en serio. Y que luego de ser estirada por el Gordo se duplicaría su cantidad.

Como si el Gordo supiera que Lupus estaba pensando en eso, dijo: La vamos a patear, pero no acá. Hay muchos covanis dando vuelta. Está peligroso. Vamos a lo del Flaco Pablo. El Gordo, al igual que Lupus, sabía que desde un tiempo le estaban haciendo la iza. Si aún no lo habían reventado era solamente porque su padre era policía y existía un código no escrito entre ellos de no meterse con las familias de los otros ratis. Pero todos sabían que en cualquier momento le caían. Los códigos también tienen límites, esa era otra regla conocida.

El Gordo metió la bolsa en una mochila y tomó de arriba de la mesa el fierro, una 357 que guardó en la cintura. Salieron. Al subirse al auto Lupus le preguntó si iba a dejar la verdulería abierta. El Gordo lo miró y con la voz aguda y la sonrisa eterna dijo: ¿Quién se va a robar algo de acá? Tenía razón, pensó Lupus. Cuatro bananas podridas, medio cajón de tomates peritas, un poco de lechuga y alguna sandía…..No era un buen botín. Además, nadie que lo conociera intentaría robarle al Gordo, al menos nadie gastaría una vida en robarle verdura. Al Gordo se lo respetaba. Con los dealers pasaba eso, se los respetaba mientras duraba su condición de tales, una vez que caían en desgracia, presos o por alguna razón dejaban de vender, pasaban a ser unos seres insignificantes. Pero el Gordo estaba en su mejor momento. Manejaba grandes cantidades y buenas calidades. Su conexión con el Nene Regueiro le aseguraba eso. El Nene estaba un escalón más alto que el Gordo en la pirámide de la droga. Este vendía de a gramos, al por menor. El Nene hacía la venta al por mayor. De a kilos. Eran primos y juntos habían conocido el negocio. Pero el Nene era más inteligente, con mejores modales y gozaba de una presencia mucho más refinada que el Gordo y eso le habilitaba la entrada a muchos lugares. Así había podido conectarse con los que estaban en la punta de la pirámide. Que el Gordo anduviera tan zarpado le molestaba a su primo. Permanentemente le insistía en que debía mejorar el estado de la verdulería para aparentar que realmente le interesaba.

El Gordo no le hacía caso. Se reía. Siempre reía.

Compró una moto nueva, una Honda XR 650. No solo era cara sino que llamaba por demás la atención. Arriba de ella parecía un oso sobre una máquina infernal. Si la idea era pasar desapercibido, estaba lejos de lograrlo. Y al Nene esto no le gustaba para nada. Sabía que él podía salir perjudicado porque estaban muy ligados. Como también sabía que el Gordo era blanco de la yuta desde hacía un tiempo.

Y esto último también era perjudicial para Lupus. Entraba y salía de la casa del Gordo varias veces al día. Los veían juntos en la calle. Al Gordo la policía lo estaba siguiendo desde hacía un tiempo. De eso no quedaban dudas. Los ratis no lo intentaban disimular. Paraban frente a la casa en autos particulares, por lo general en muy mal estado o pasaban en bicicleta por la puerta una y otra vez. El Gordo los saludaba desde lejos y se les reía en la cara. Esto así, no iba bien. Y Lupus sabía que el que estaba cerca de alguien como el Gordo caía dentro de la misma bolsa. La policía lo tenía identificado también. Por eso varios de los amigos del Gordo lo dejaron de ver en su casa y para comprar mandaban a alguien así no quedaban quemados ellos. Lupus pensaba que eso era ser una mierda. Y él no era así. Él se mostraba en todos lados con el Gordo. Orgulloso. Como si su amigo, al que acompañaba por la calle, al que en este momento llevaba en su auto junto a un kilo y medio de merca y una 357, fuera un premio Novel. Un Novel de la venta de merca. Si existiera ese rubro, seguro lo ganaría el Gordo, pensó Lupus.

Manejaba tenso. Era contradictorio. Sabía en la que se había metido y conocía la salida. Pero le atraía mucho ese lugar al lado de un dealer importante y siempre relegaba un poco el distanciamiento y cada vez le resultaba más difícil alejarse. Se había convertido en una relación cotidiana en la que Lupus obtenía muchos privilegios y poder.

El Gordo con una tarjeta de crédito en la mano sacó de la bolsa una punta de merca y se la llevó de un solo movimiento a la nariz. Luego hizo lo mismo pero esta vez el destinatario fue Lupus. Rigidez total. Pisó el acelerador.

Las calles se hicieron interminables. A su lado el Gordo hablando de manera permanente, con su voz de flauta y su risa histérica. Una mano en la bolsa, la otra en la 357. Los ojos de Lupus, de manera frenética, tratando de abarcar lo que hacía su compañero y a la vez mirando hacia los costados y hacia atrás. Todo podía ser peligroso. Todo podía ser policía. Todo era seguro un final atroz. Cualquier auto que se moviera en su misma dirección, dos personas que estaban esperando el colectivo. El vendedor de helados. Todos eran policías de civil en ese momento en la cabeza de Lupus. Se detuvo en el semáforo de calle Paso de los Andes y Armani. Miró hacia atrás, nadie. Hacia la izquierda, solo una parejita caminando por la vereda, absolutamente ingenuos y fuera de cualquier realidad que tuviera que ver con Lupus, ajenos  a la bomba atómica que este llevaba en su auto. En cualquier momento podía explotar. Todo se podía ir al carajo. A la derecha, frenado también en el semáforo, a su lado, a pocos centímetros, un móvil policial, blanco y azul. Con sirenas y balizas y dos policías dentro. Sabía que esos no eran los que buscaban a gente como el Gordo y como él. Sabía que los que iban tras él no se vestían de policías, se disfrazaban de personas. Podían aparecer vestidos con bermudas, remera, pelo largo y barba. Se mimetizaban en los bares, en los recitales, en los barrios,  pero jamás usaban ese uniforme con olor a rancio. Lupus volvió rápidamente su mirada hacia adelante y respiró hondo, se sentía observado. Sentía que el Gordo llamaba la atención. No quería volver a mirar a la derecha pero lo hizo. Mirar como si nada pasara era una buena estrategia. Los ratis estaban en otra. Se reían y fumaban. Lupus y el Gordo no existían para ellos.

El semáforo dio verde y giró aliviado. Llegaron. Estacionó a unos cincuenta metros de la casa del Flaco Pablo. No era buena idea dejar el auto justo frente a la puerta. Antes de bajarse el Gordo sirvió nuevamente dos tiros, generosos, uno para cada uno. La mente alerta. Caminaron hasta lo del Flaco. La casa de Pablo no tenía frente. Sólo era la puerta, angosta, por donde se entraba a un pasillo igual de angosto que la puerta y por el que, luego de andar unos treinta metros se llegaba hasta la casa. Justo en el corazón de la manzana. Era un departamento interno, precedido de un pequeño patio embaldosado. Lupus y el Gordo en la puerta. No había casi movimiento en la zona. El Gordo tocó el timbre. Sonó lejos. Lupus no podía quedarse quieto en el lugar, se dio cuenta de eso e intentó contenerse. Miraba la bolsa del Gordo. Era una bolsa común y corriente a los ojos de cualquiera, pero Lupus veía a través de ella y lo que veía lo asustaba.  Miró hacia la calle Paso de los Andes y girando hacia ellos, un auto, un Renault 9 blanco sin patente. La yuta, pensó. Típico auto de los de toxicomanía. Repintado mil veces, vidrios polarizados, imposible confundirlo. Aminoró la marcha. Lupus petrificado. El Gordo no miraba. Se tocaba la cintura donde tenía el fierro. El Flaco Pablo no atendía. El auto pasó despacio frente a ellos. Vidrios negros. No se veía nada para dentro. Pablo no llegaba a abrir la puerta. Lupus quería correr. Estacionó unos metros más adelante. Se abrieron las puertas delanteras. El Gordo y Lupus listos para lo que fuera. El Gordo con la mano en la 357. Salió una pareja con un bebé y sin siquiera mirarlos entraron a un negocio de comidas.

Lupus cerró los ojos. El Gordo se rio. El Flaco Pablo abrió la puerta. Pasen dijo.

Caminaron el pasillo. Adelante el Gordo cargando la bolsa, seguido por Lupus y atrás el Flaco Pablo. Era alto, metro noventa, delgado. Pelo muy largo y lacio. Metalero como pocos y gran dibujante de comics. Vestía bermudas de jeans recortado y una camisa de mangas cortas abierta, que dejaba ver la gran cantidad de tatuajes que tenía en su cuerpo.

Al final del pasillo, el patio de baldosas, cuadrado, sofocante, con un árbol añoso como único ser vivo del lugar, dando un poco de oxígeno con su sombra. Era raro que semejante árbol, de una altura superior al techo del departamento, pudiera subsistir ahí. Pero estaba, frondoso y verde.

Entraron al departamento. Dos habitaciones y una cocina comedor donde el Flaco tenía su mesa de trabajo llena de bosquejos de historietas. Miles. Empezadas y todas por terminar. Mezclas de superhéroes  y tiras pornos. Personajes del hampa y del bajo mundo. Juntos sobre la mesa esperando la tinta china que les dé el toque final. Los apiló para luego meterlos en una caja de cartón que estaba a un costado en el suelo. Ahí pasarían mucho tiempo sin ser rescatados. Miles de historias dispuestas a ser contadas, pensó Lupus.

El Gordo, sin decir una palabra, abrió la bolsa y la dio vuelta sobre la mesa. Una hermosa montaña blanca se formó sobre las manchas secas de tinta negra. Los tres alrededor, en silencio, respetando la dominación que esa presencia ejercía sobre ellos. El poder que irradiaba la merca los encantaba.

El Gordo rompió el encanto. Son todas piedritas- dijo. Y con la tarjeta de crédito molió algunas para luego formar tres líneas. Enrolló un billete y se lo alcanzó al Flaco que tuvo que encorvarse demasiado para llegar a la mesa.

Tomaban cerveza y merca. Ninguno se sentaba. Conversaban parados alrededor de la montaña. Encendían cigarrillos que consumían en dos pitadas o los dejaban en el cenicero olvidados y encendían uno nuevo. El tiempo pasaba y parecía que el objetivo principal, estirar el kilo y medio, lo habían postergado hasta nuevo aviso.

Hablaban sin parar y sin escucharse. La cerveza se acabó. Había que salir a comprar más. Yo voy, dijo Lupus. Los otros le dieron algo de dinero y caminó por el estrecho pasillo hasta la puerta de salida. Salió. Sin darse cuenta había caminado la cuadra que separaba la casa del Flaco Pablo y el kiosco. Había caminado sin ver. Al pensar eso fue como si una campana gigante se agitara en su cabeza. Una alarma de alerta que le recordaba dónde estaba y qué era lo que estaba haciendo. El peligro se podía oler, se podía palpar. Compró tres botellas de cerveza de un litro y, ahora sí, deshizo el camino prestando atención. Alerta. Todo le resultaba peligroso y amenazante. Todos eran policías. Sentía que todos lo miraban. Lo incriminaban. No reconocía las caras que veía en el camino y apuraba el paso para llegar, como si el solo hecho de cruzar la puerta de entrada a la casa de su amigo le trajera tranquilidad y lo resguardara de una captura.

Llegó. Entró. Recorrió el pasillo en un segundo buscando salvaguardarse. Buscando seguridad. Abrió una cerveza y bebió un vaso sin respirar. Los otros dos habían comenzado la tarea de estirar la cocaína. A diferencia de un rato antes, el silencio reinaba en el lugar. Los movimientos nerviosos y las muecas duras retrataban el atardecer. La montaña blanca había crecido en tamaño y el Gordo armaba paquetes de un gramo en papeles glasé. Pese al temblor de sus manos, los hacía con gran destreza y los guardaba en una caja plástica. Parecía un niño en el jardín de infantes haciendo manualidades, pensó Lupus. Un niño feo, sucio y malo. Un niño perverso.

Lupus se sentía inseguro. Presagiaba algo malo. Sentía que esta vez el Gordo no iba  poder zafar de la policía, y junto a él Lupus y el Flaco Pablo. Los tres terminarían presos y cagados a palos en el calabozo de la U 32. Se sentía acechado. Quería irse pero no podía. Sabía que en ese momento no podía abandonar. Ansiedad. Puños apretados. Los miraba trabajar. No le salían las palabras. Los otros concentrados en su tarea. Lupus subió a la terraza. Desde ahí avanzó por el techo de la casa vecina hasta donde veía la calle. Todo parecía en calma. Normal. No había nada que llamara la atención. Debía volver con los otros. Era solo paranoia. Todo era un mal juego de su mente. Cuando se daba vuelta para regresar, de la nada, del inframundo, dos autos blancos, sin patentes, vidrios oscuros, uno en el sentido de marcha de la calle y el otro en contra mano, llegaron a gran velocidad y frenaron abruptamente frente a la casa de Pablo. Uno frente al otro. Una milésima de segundo. El corazón de Lupus sin frenos. A mil. Se abrieron las ocho puertas a la vez y por cada una de ellas salió un policía. De civil. Disfrazados de civiles los muy putos. Armados. Como para ir a la guerra. Lupus corrió. Llegó al patio y desde arriba dio aviso. ¡La puta madre! ¡La yuta está en la puerta! ¡¿Qué mierda hacemos?!- gritó hasta casi no escucharse. Hasta casi no saber si las palabras habían salido de su boca. Pero sí, los otros lo habían escuchado. El Gordo sin siquiera meditar, salió al patio, con la 357 en la mano derecha, subió a la terraza. El Flaco tras él pero no subió y se quedó en el medio del patio, inmóvil. Una estatua de yeso en el medio del patio. Con una bolsa con merca en la mano. ¡Vamos, Pablo, la concha de tu madre, subí! Gritó el Gordo. Pablo quieto. Los brazos abiertos en cruz, como un Cristo. El pelo largo suelto. Con la merca en la mano, colgando la bolsa inerte, los brazos abiertos como un Cristo a punto de morir. Como queriendo enfrentar un tsunami con una minúscula tabla de surf. En ese momento, un estruendo ensordecedor. Habían tirado la puerta y disparado una ráfaga de balas. Lupus y el Gordo ya corrían por los techos del barrio alejándose lo más rápido posible. Sin mirar para atrás. Pisando firme. No estaban seguros si los perseguían y tampoco iban a frenar para averiguarlo. Tampoco se iban a dar vuelta. Así, por los techos y por las medianeras de las casas, llegaron hasta la otra calle de la manzana. Por un árbol descendieron sin importar qué les podía esperar abajo. No había nadie. Despejado.

Sin palabras, solo con un leve gesto, el Gordo le indicó que debían separarse. Escapar para diferentes lugares. Ambos corrieron. Lupus giró hacia la izquierda ya que si lo hacía hacia la derecha iría directo a la calle Paso de los Andes y era como meterse en la boca del lobo porque seguramente estaría llena de policías. Tenía que alejarse lo más posible de ahí. Corrió como nunca. El pecho le explotaba. La garganta seca. El sudor helado. Escuchaba disparos y sirenas. Perros que ladraban. A su paso la gente lo evitaba. Se hacían a un lado para dejarlo pasar. El mismo diablo huyendo por las calles de Godoy Cruz. Sentía que le tenían miedo. Él se tenía miedo. No era un buen momento. Debe haber andado unas siete u ocho cuadras a toda velocidad, como transportado por el mismo diablo, a través del infierno. No lo podía precisar. Se había alejado de la casa de Pablo. Ya no se escuchaban los ruidos que lo perturbaban. No lo habían seguido. Llegó a su casa. Entró. Miró a su tía que tejía sentada frente al televisor. Subió a su habitación y fue directo hasta el mueble donde guardaba los discos. Tomó Gulp, metió la mano en el sobre que contenía el vinilo, y sacó una bolsa con unos diez gramos de merca y unos porros. Fue al baño, tiró todo dentro del inodoro y apretó el botón. Vomitó una y otra vez mientras lloraba sin parar.

CUARTO

LOS OJOS CIEGOS BIEN ABIERTOS

Otra vez en la cama. Los ojos bien abiertos. No tiene sueño. Cree que si se duerme no despertará. Vueltas y vueltas sobre sí mismo. Sin poder dormir. Los minutos eternos pasan y está por amanecer. Transpira. Intenta dormir. No puede. No siente la necesidad de hacerlo, pero está cansado. Fue un día largo. Tiene que dormir. Intenta masturbarse pero no se le para. Se levanta. Camina hasta el baño y del botiquín saca un blíster de Rivotril. Se mete tres pastillas a la boca. Sin agua. Pasan a la fuerza, empujadas con la poca saliva que le queda. El pulso a ritmo frenético. Cree que las venas le van a explotar. Si no se calma explota. Tiene que dormir. Sigue dando vueltas en la cama. Las pastas no hacen efecto. Toma dos más. Va a mear. Vuelve. Piensa en levantarse. No. ¿Para qué?. Tiene que dormir. Amanece. Se tapa con las sábanas. Siente escalofríos. Le da calor, se destapa. Se levanta. Toma agua con la boca en la canilla del baño. Agua tibia. Asquerosa. La boca seca ahora tiene gusto a tierra. Vuelve a la cama. No tomo más merca se dice, nunca más. Sabe que es mentira.  Sabe que mañana vuelve a tomar. Quiere matar a alguien. Tiene miedo. Se hace un bollo. Posición fetal. Feto. Se duerme. Profundo, el sueño lo conduce por espirales de humo negro y mucho ruido. Dentro de un lugar en el que casi no puede moverse, un bar, una bóveda tal vez, rodeado de otras personas que hablan-gritan a la vez mientras la música, a muy alto volumen, lo aturde. No logra reconocer a nadie pero todos lo saludan o al menos lo miran. En el fondo, un escenario. Una banda de rock de muchos integrantes. Cada uno toca una canción diferente. En el medio de ellos, su amigo Ricky con el bajo colgado a la espalda, parado mirando al frente, como hipnotizado, duro, tieso, con un hilo de sangre seca cayendo desde su nariz. Lupus camina entre la gente, con mucho esfuerzo, empujando a los demás, se dirige hacia adelante, rumbo al escenario, quiere llegar hasta Ricky. Lo quiere ayudar. Pero no puede, por más que acelera el paso, casi corriendo, cada vez se le aleja más y más. El escenario desaparece por completo y con él los músicos, la gente y Ricky. El espacio se agranda, las paredes se esfuman y Lupus queda solo en la cima de una montaña. Es de noche y no hay estrellas. El cielo oscuro atravesado por rayos que presagian una inminente tormenta eléctrica. Mucho viento, fuerte y cálido. A su alrededor un paisaje agreste, árido, seco, y un silencio sepulcral. Solamente un árbol en el medio de la nada. No ve ningún indicio de humanidad. No ve la ciudad, ni sus luces. No ve nada. Solo la noche y los rayos en el cielo y el árbol. De repente, como emergiendo desde esa misma nada, aparece una mujer caminando por atrás de Lupus. Alta, delgada, pálida. Muy pálida. Los ojos abiertos por demás y negros. El maquillaje manchando la cara. Vestida de blanco con un vestido de novia, tan largo que lo arrastra por el suelo, tan grande que se le caen los breteles, como si fuera una ropa prestada por un pariente tres talles mayor. Pero su estado es impecable, tan blanco, tan cuidado que contrasta con el resto de su imagen. El viento se calma en el acto. La mujer se detiene frente a Lupus, lo mira fijo unos-eternos-segundos, y continúa caminando rumbo a la pendiente de la montaña por donde desaparece. Lupus corre hacia ese lugar y, nuevamente, no ve nada. La mujer ya no está. Desapareció. La montaña parece habérsela tragado.

Gira, da media vuelta, mira hacia atrás, y desde la rama más alta del árbol, colgado, atado desde su cuello con una soga, el Flaco Pablo.

QUINTO

PEZÓN RADIACTIVO

Lupus estaciona el auto. Son las cinco de la mañana y no hay gente, al menos en esa zona. No está lejos del centro de la ciudad, tal vez a quinientos metros, pero la diferencia es tan contrastante como la luz y la oscuridad. La iluminación pública aquí no funciona desde hace tiempo y los pocos transeúntes que caminan lo hacen rápido, con los puños apretados y las miradas alertas. 

Los negocios cerrados. Ninguno mantiene alguna luz encendida en sus vidrieras. La calle vacía. Apagada.

Bajan del auto. Comienzan a caminar, falta una cuadra para llegar. En la vereda de enfrente, en un primer piso, luces y música. Atrás del ventanal dos mujeres desnudas bailando para un público sediento vestido con elegantes ropas, acosándolas. Se detienen un instante a mirar. Encienden un cigarrillo y reanudan la marcha. Las veredas de baldosas rotas crujen bajo sus pies y el agua de una reciente tormenta moja sus zapatillas. No importa. Están mareados, creen que caminan sobre el mar, abriendo en dos las aguas. Lupus sonríe. Se cree el Mesías. Ricky va a su lado imaginando que camina por un tobogán y que al llegar a la punta se impulsará cuatro veces para luego saltar a una pileta llena de agua fría y nadará hasta una isla en el Caribe donde lo espera un caimán que será su mascota.

Llegan.

La casa es baja, de un solo piso y ha pasado mucho tiempo desde la última vez que fue pintada. Al frente, una ventana con rejas, por la que se divisa una tenue luz detrás de la cortina. No se ve ni escucha nada de lo que pasa dentro.

Ellos parados frente a la casa. Un micro sin pasajeros pasa a sus espaldas, el chofer desacelera, mira, vuelve a acelerar. El auto de Lupus quedó atrás, ya no se acuerdan donde lo dejaron. Las dos mujeres bailando desnudas parecen haber pertenecido a un sueño. Los cigarrillos se consumen en pocos segundos.

El centro con sus luces no conoce esta casa. Es como si no existiera. Como si no quedara a cinco cuadras, como si perteneciera a otro planeta. Entrar es pasar al otro lado. Como un triángulo de las Bermudas en el que nada es real. Lo que pasa ahí no puede ser contado y al salir se convierte en un recuerdo lejano, en una pesadilla.

Lupus y Ricky no piensan, actúan por instinto, por repetición. Sus cuerpos están allí pero sus mentes no. Sienten en la cabeza una maraña de venas entrelazadas por las que corre la sangre a mil kilómetros por hora. A veces sonríen. A veces una lágrima cae de sus ojos e inmediatamente gritan. En cualquier momento las venas estallan y llega la calma.

No saben cuánto tiempo ha pasado. Tienen los oídos tapados. No oyen,  intentan hablar pero no se oyen. Lupus mira a Ricky que abre y cierra la boca pero no lo escucha. Ricky adelanta un paso y toca el timbre. Ansioso retorna al lado de Lupus. Miran la puerta. No se abre. Miran a los costados, fantasmas por todos lados, rodeándolos como siluetas que levitan a su alrededor, se mueven en torno a ellos sin tocarlos como jugando un juego infantil, miden más de dos metros y su cuerpo es angosto, están rapados y no tienen rostro. No tienen expresión. Su piel es transparente y deja ver los órganos que están resecos. Destilan olor fétido. Se les acercan cada vez más. Intentan abrazarlos, arrastrarlos, llevarlos con ellos.

La puerta se abre. Entran rápido. La puerta se cierra inmediatamente. Lupus mira hacia atrás, los fantasmas han quedado fuera. Dirige su mirada a la ventana y ve sombras en la vereda agolpándose sobre el vidrio, como queriendo no perderse nada de lo que adentro sucede.

El sujeto que está parado frente a ellos se llama Luis. Es el que abrió y cerró con llave la puerta de entrada y es el que la volverá a abrir para que salgan, cuando él lo decida, si es que quiere hacerlo.

Usa ojotas muy gastadas que denotan unos pies sucios con uñas largas. En la mano derecha un cigarrillo consumido, del que queda solo la colilla. El resto de su vestuario, como siempre, es negro. Remera y pantalón. Negros. No es alto, mide lo justo para mirar a los ojos con el ceño fruncido en el que se le juntan las dos cejas. Mira fijo. No pestañea. Habla con la mirada, dice: no te metás conmigo.

Y no dan ganas de meterse. Luis es tenebroso. Los que lo conocen dicen que no le tiembla el pulso a la hora terminar con un conflicto. Su vida es esa casa. Lupus piensa que Luis jamás debe salir de allí.

En la habitación sólo hay un sillón de tres cuerpos apoyado contra la pared que está al costado de la ventana y frente a la puerta que da a las otras habitaciones de la casa. Esa puerta está cerrada. Del techo cuelga un foco encendido permanentemente que da una luz tenue. Las cortinas no dejan pasar los rayos del sol. Todo el día es de noche. El olor rancio a encierro y a nicotina domina el ambiente. Sobre el sillón, un cuadro con una imagen de un paisaje de cualquier lugar del mundo, descolorido y con quemaduras de cigarrillo.

Intentan hablar con Luis pero las palabras salen en cámara lenta, al revés, invertidas. Necesitan un exorcismo. Lupus siente que su cabeza gira 180 grados. Tiene ganas de vomitar pero no quiere hacerlo. Le teme al color del vómito. Cree que será verde.

Escuchan risas histéricas detrás de la puerta entreabierta. Sienten que millones de ojos los están observando.

Lupus y Ricky por fin se sientan, se hunden en el sillón. Se introducen en un túnel oscuro, sin final. El sillón los devora. Pequeñas arañas suben por sus brazos y piernas. Corren muy rápido por todo el cuerpo y clavan sus dientes al unísono. El veneno atraviesa la carne y llega a las arterias que lo trasladan en medio segundo a la cabeza, ¡pum!… el estallido. Los ojos más abiertos que nunca. Los oídos escuchan y los ojos ven una nube de humo que invade todo. En el medio de la nube, Luis de pie frente a ellos. Desaparece.

Los dos van al baño. Necesitan una raya. Entran. Hay espacio suficiente  para ambos. Allí no se escucha nada. Están solos. Parados frente al lavatorio. Dicen algunas palabras. Ricky abre el papel, se le cae un poco de merca al piso, no importa, tiene más. Snifan. Cae más al suelo. No importa. Escuchan algo que se mueve detrás, se dan vuelta rápidamente, no hay nada, solo la bañera tapada por una cortina de colores chillones. Ricky la corre de una sola vez con la mano derecha, en la izquierda el papel. En la tina, acostada, desnuda, una mujer, tapada por el agua, solo con la cabeza fuera, sonríe mientras acaricia a una serpiente. Cae toda la merca al piso.

Vuelven al sillón. Por la puerta que divide las habitaciones entran siete mujeres casi desnudas, grotescamente pintadas y con los ojos apenas abiertos, muy serias, tristes. Sonríen. En fila, a lo militar, caminan hacia ellos. Se les acercan. Huelen a perfume barato, a sexo barato. A sexo. Una por una los saludan, metódicamente, con un beso muy cerca de la boca y presentándose en voz baja: hola soy Camila, hola soy Karen….. Lupus pierde la cuenta, ya no recuerda ningún nombre. Sabe que tiene que elegir pero no puede distinguirlas. Dan media vuelta y en fila salen por donde entraron mostrando sus culos flácidos y su torpe caminar. (Drácula con tacones).

Ricky intenta levantarse. Le cuesta esfuerzo pero se levanta. Necesita aire. Va hacia la ventana pero no puede abrirla, está soldada. La puerta tampoco abre, Luis se llevó la llave. Vuelve al sillón. Los dos se miran y ríen a carcajadas un instante. Lupus camina hacia la pared de enfrente de donde cuelga un espejo. Se para frente a él y mira. No se ve. Entorna los ojos y esfuerza la vista para poder mirarse. Pero el espejo le devuelve sólo humo. Él no se ve. Aprieta los puños y levanta los brazos para golpear el espejo, lo va a destruir a piñas, lo va a golpear hasta que le devuelva su imagen. Está a punto de hacerlo. Siente un ruido detrás. Gira. Los fantasmas de afuera otra vez a su alrededor. Pero ahora tienen caras, tienen los rostros de su padre y de su madre, de sus hermanos y de alguien más que no conoce, alguien con un solo diente, con un colmillo. Ahora los órganos ya no están resecos, son de colores y se mueven por todo el cuerpo, llenos de vida. Lupus tira golpes al aire. Los fantasmas se van.

Se sienta. Ricky mira el techo. Hipnotizado.  Mira sin mirar. La boca abierta, un hilo de baba por la comisura. Ha encendido un cigarrillo y lo ha dejado en el apoyabrazos. Quema. El tapizado sucio comienza a encenderse. Lupus se sienta a su lado y ve cómo las llamas crecen, envolviéndolos. La sensación no está mal. El calor lo abraza, lo cobija, se acomoda en el sillón. Le dan ganas de dormir. Se  duerme.

SEXTO

VEINTE MINUTOS DE FELICIDAD

I

¡Que los cumplas feliz, que los cumplas feliz, que los cumplas Lupus, que los cumplas feliz!

Las luces se apagaron y la novia de Lupus le tapó los ojos con sus manos. Por la puerta de la cocina entró Jesús, caminando lento, haciendo equilibrio, con una vela encendida en una mano y en la otra una bandeja redonda, de esas en las que se sirven las tortas de cumpleaños, pero sin torta, en el centro una espiral de merca. La apoyó en la mesa.

La novia de Lupus le destapó los ojos y lo besó en la boca.

Feliz cumpleaños.

Jesús le alcanzó una birome.

La fiesta de cumpleaños empezaba.

Los invitados comenzaban a llegar.

II

En la puerta de la casa, José estaciona la Estanciera. Abre la compuerta de atrás. Sentados en el piso de la camioneta cinco habitantes de la Villa Ciudad Oculta. Uno de ellos, con un elástico en el brazo a la altura del bíceps, apretando fuerte, buscando venas, y en la otra mano una jeringa. Los otros miran, sin apuro, esperan la jeringa. Aguardan su turno. Nada los apura. El futuro ya los dejó atrás.

Al rato, como ganado, bajan de a uno, con paso firme, los habitantes de la Ciudad Oculta.

Lupus no los conoce a todos, sólo a José y a Adrián que se le acercan y saludan. Los otros pasan sin más.

Adrián mide más de un metro noventa. Usa el pelo muy largo y trabaja en un galpón cargando y descargando bolsas de cemento. Tiene brazos fuertes y mano dura.

José es igual de alto pero su aspecto es mucho menos saludable que el del otro. Ha pasado tiempo en la cárcel y está enfermo. Su andar es errático y da la impresión de que hasta un niño podría tumbarlo de un solo golpe.

Entran a la casa de la novia de Lupus donde se festeja el cumpleaños. Como si no estuvieran allí, como si el resto no existiera, se sientan alrededor de la mesa y fijan su mirada en un punto muy lejano, en silencio y sin moverse. Quietos. Duros.

La novia de Lupus es hospitalaria. Les ofrece torta. No la miran. No la ven. Ninguno contesta. La deja en el medio, sobre la mesa. Carola, la perra de la casa, se acerca y los huele, uno por uno (destilan olor a vino y miseria), desconfía, gira alrededor de ellos sin mover la cola, con las orejas paradas, inquieta. Uno de ellos, el que tiene los ojos más abiertos, toma la torta entera con su mano y se la arroja a la perra. Ésta, con temor, la mira, la olfatea, mancha sus mofletes con crema de chantilly, pero no se atreve a comer. Se va.

III

La noche va adelantando veloz, las conversaciones se entrecruzan y los tonos de voz son cada vez más altos. La música fuerte, los discos giran. Divididos acaricia lo áspero y las pelotas viajan a donde no haya dolor. En el jardín, Quique apoya una damajuana de tinto barato en la rama de un árbol, en una horqueta. Apunta el pico hacia abajo y avisa que el que quiera tomar tiene que hacerlo ahí. Los invitados se acercan y, obedientemente (a nadie se le ocurriría desobedecer a Quique), se colocan abajo y abren la boca mirando al cielo que llora lágrimas de vino rojo.

IV

Walter, sale del baño. Se detiene. Mira al piso, luego al techo. Se desvanece. Se arrodilla. Se levanta. Quiere otro trago. Mete la mano al bolsillo y saca un pequeño cartón, lo divide en cuatro y mete un cuarto bajo la lengua. Cree que es poco, que no pega, se lo mete entero en la boca. Millones de imágenes se superponen. Quiere nadar. No conoce el mar, quiere viajar hasta un mar turquesa. Se imagina nadando entre sirenas y peces de colores. El calor del agua lo reconforta. Cierra los ojos suavemente. El gusto a cartón desapareció de su boca. Ahora todo es placer. Los demás invitados son dibujos animados que se encienden en su televisor portátil. En colores la fiesta lo envuelve. Sigue nadando en un coral de luces y música. Camina por el pasillo, cruza por atrás de la mesa donde los de la Ciudad Oculta siguen sentados en silencio. Ninguno se da cuenta de que Walter está ahí. Walter cree que son rocas del mar donde rompen las olas. Llega al jardín. Una enorme cascada de vino al frente, nada mejor que eso. Llega hasta allí, con un golpe desplaza  a alguien que intentaba beber del chorro y su boca se llena de tinto hasta rebalsarse y ensuciar su ropa. Quique ríe con ganas (cuando no toma pastillas, siempre ríe). Walter se incorpora nuevamente. Mira hacia el comedor pero nada lo atrae. Ve una silla en el medio del jardín y cree que lo mejor es sentarse un rato. Antes de dirigirse hacia allí, mira a su alrededor y la ve: una pileta, tal vez la más grande que haya visto, tal vez es el mar de aguas cálidas en el que nadaba hace un rato. Cruza el jardín de punta a punta. En diagonal. Zigzagueando. Llega a la pileta. El agua está mansa, casi no hay olas, todo es como en un sueño, pero es real, tiene el mar a sus pies. Está  feliz. Hará el clavado más importante. Se elevará por el aire. Saltará hasta las estrellas para luego zambullirse en la marea salada y cálida, nadará entre peces de colores mientras toca su guitarra. Cruzará el océano. Nada lo detendrá. Se para en el borde, abre los brazos formando una cruz, toma aire profundamente, cierra la boca a presión, y vuela. La técnica es perfecta. Las piernas estiradas, sin doblar las rodillas y los brazos por delante de la cabeza, apenas arqueado el cuerpo a la altura de la cintura.

Es invierno, la pileta está vacía. Cae contra el piso. La cara golpea primero, la nariz se parte en pedazos y la mandíbula se desencaja.

V

La novia de Lupus en la cocina, mira sobre la mesada, el espacio que ocupaba la multiprocesadora de su madre está vacío. Su mirada es seria. La cara denota preocupación. Mira a Lupus y luego a Jesús. Los dos tienen los ojos achinados, rojos sangre y de sus bocas emana algo parecido a espuma. No pueden mantener fija la vista, Lupus se apoya en la pared para intentar estar a la altura de la seriedad que su novia impone a la situación, pero no puede, se tropieza con una silla. Cae sentado en ella, cree que ha sido una actuación brillante, que a los ojos de los demás está sobrio y que es capaz de dominar sus actos. Nada más lejos de eso. Jesús observa. Sus brazos fibrosos se tensan, las venas se marcan como rutas en un mapa. La novia de Lupus rompe el silencio: Adrián se robó la multiprocesadora de mi vieja– dice en tono dramático, y agrega: mañana vuelve de viaje. Y dirige su mirada a la mesada vacía, en la que ha quedado marcado con polvo el espacio que ocupaba el electrodoméstico.

Las palabras retumban sin misericordia en la cabeza de Jesús. Lo golpean y no lo dejan pensar. Un solo pensamiento lo envuelve todo: Adrián es su amigo, se siente responsable de lo que haga. Él debe solucionar el tema. Él tendrá que recuperar lo robado. Ese es su cometido, su obligación.  Cree que no existe nada más importante en ese momento, cree que él ha nacido para ello. Cierra los puños, entre dientes apretados y con poca saliva dice algo inentendible, tal vez un grito de guerra, un conjuro o una arenga patriótica. Y, como si estuviera liderando un  ejército de valientes soldados, sale hacia la calle, con el pecho inflado y la guardia en alto.

Afuera, emergiendo de abajo del puente de la acequia, Adrián. Su figura, cortada por un haz de luz de luna, pronuncia una sombra gigante que se alarga sobre la desolada calle. Son las cinco de la madrugada. No pasan autos y mucho menos personas. Jesús se le aproxima, dispuesto a la lucha. Lo enfrenta, Adrián termina de incorporarse. Jesús mira hacia abajo, en la acequia, su objetivo: la multiprocesadora. Piensa que todo terminó de una manera mucho más fácil de lo que creía. Que puede volver a la fiesta. Pero Adrián, en un solo movimiento, sorpresivo, ágil, gatuno, se agacha y toma entre sus mano la multiprocesadora y comienza a correr. Jesús siente que la sangre comienza a circular caliente por su cuerpo. La ira lo contrae y cruza los brazos en su pecho como si se estuviera abrazando, tan fuerte que llega a lastimarse. Tira un golpe de puño que pega en el portón de la casa. Ver correr la sangre que sale de su mano lo alivia un poco. La novia de Lupus sale, mira. No entiende la situación. No pregunta. Ha aprendido cuándo hay que callar. Lupus llega al lugar, entiende mucho menos y no pregunta, casi no puede hablar. Adrián corre a lo lejos con el artefacto bajo el brazo, cual jugador de rugby. Los tres lo ven, lo siguen con la mirada. Jesús reacciona, recuerda que es él el que tiene que recuperar lo robado. Ese es su cometido. Corre. Como nunca, corre veloz. Las luces de las casas están apagadas. Nadie sabe lo que ocurre, los vecinos, ingenuos, duermen en paz. Corren los dos. Jesús lo va a alcanzar, acelera, sus piernas casi ni se ven, el corazón bombea a un ritmo caótico. Lo alcanza. Logra arrebatarle la multiprocesadora y se la entrega a Lupus que corría, más despacio, atrás de él. Está agitado, respira por la boca, la siente seca como si hubiera tragado arena. Adrián está igual. Ambos con las manos en la cintura, inclinados hacia abajo como queriendo tomar aire, a una distancia de unos pocos metros. Se irguen, están de frente, uno frente al otro, se miran, se estudian, de arriba abajo, como dos vaqueros en un duelo en el lejano Oeste. Lupus en el medio, a un costado, como el padrino. El duelo va a comenzar.

Los dos son altos y delgados. Los dos son fuertes. Y los dos pelean como perros rabiosos, como perros de la calle (como lo que son). Se trenzan en una bruta batalla. Pero tratan de no hacer ruido. No quieren que algún vecino entrometido se despierte, llame a la policía y no puedan terminar con su ajuste de cuentas. Los golpes van y vienen. Cae sangre al piso. Lupus no sabe de quién es, cree que de los dos. Se abrazan, forcejean y caen ambos. Jesús arriba de Adrián golpeando fuerte. Se dan vuelta, ahora Jesús está en el piso y el otro lo golpea desde arriba. Esto no termina más, piensa Lupus. Se paran, ya las rodillas no los mantienen firmes, Jesús sangra por la nariz y Adrián por la boca. Los nudillos arden. Se alejan un poco, cruzan las miradas desafiantes una vez más, el grito de un gato invade la calle, uno pájaros, asustados, salen de su nido y vuelan sin rumbo, Jesús tira un derechazo directo a la mandíbula de su oponente, el golpe es seco, el ruido también. Algo se rompió. Adrián cae hacia atrás y da en el pavimento con su espalda. Queda tieso. Inmóvil. Jesús en su lugar, le tirita el cuerpo. Siente la sangre correr por su cara. Adrián en el suelo. Abre los ojos. Se miran fijo. Se conocen. Otra vez, como perros que se olfatean. Jesús se le acerca, lo ayuda a levantarse. Se levanta. Están a menos de un metro el uno del otro. Sangran. Están manchados de sangre. Pasa un instante que parece eterno. Jesús, al fin habla: sin rencor– dice y extiende su mano. Sin rencor– afirma Adrián y le da su derecha.

Desde la puerta de su casa, la novia de Lupus los ve regresar. Los tres, en silencio, caminan lento, uno al lado del otro. Lupus lleva bajo el brazo la multiprocesadora.

SÉPTIMO

DIOS NO ESTÁ EN LOS DETALLES

PRIMERA PARTE

CON EL HOCICO AFIEBRADO

I

En la ciudad que todos conocían estaba anocheciendo. En la ciudad que se disfrutaba, las tiendas comenzaban a cerrar sus puertas y las personas salían de sus casas a disfrutar de una bebida o un helado junto a sus familias o amigos. En la ciudad en la que se podía vivir, eran las vacaciones de verano y por las calles la gente tenía un ánimo diferente, más jovial, más distendido. Las luces se encendían y los comercios se llenaban de parloteos, música y risas.

Cerca, muy cerca, en la misma ciudad, la noche había caído hacía rato. Hacía años que el sol no salía para los habitantes de esos barrios cercanos al centro, pero lejanos a las luces. Diminutas casas construidas con chapas, maderas y nylon, en terrenos ocupados a la fuerza, que de apoco fueron generando poblaciones cada vez más grandes, donde a medida que crecían las familias, sin planificación alguna, crecía la villa y crecía la basura. Quienes allí vivían, subsistían al margen. Marginados. Ajenos. Sin parloteos, músicas ni risas. Comiendo de los restos. Robando. Cartoneando. Y vendiendo drogas. Ninguno tenía, ni iba a tener, la posibilidad de emerger, de cruzar la ruta que los separaba de las luces. Solo cruzaban para robar, cartonear o mendigar. E inmediatamente volvían a su agujero.

La villa Ciudad Oculta, así denominada porque se encontraba ubicada atrás de dos barrios que la tapaban y no podía ser vista desde ningún lado, era uno de esos guetos. Las pequeñas casas estaban ubicadas en calles de tierra, muy poceadas y angostas donde solamente podía pasar un auto por vez y, eran tan estrechas que resultaba imposible dar la vuelta en la misma calle. La sensación allí dentro era sofocante. Estaba escondida, no podía verse desde afuera, pero lo más asfixiante, era que desde adentro no se podía ver para afuera. Ni siquiera se veían las luces de la autopista más cercana.

Lupus vivía en la Ciudad de las Luces. Pero cruzaba a menudo la ruta que lo separaba de la Ciudad Oculta. Cruzaba esa línea real en varios sentidos, tanto en lo físico como en lo mental. Estando del otro lado experimentaba la mayor sensación de soledad y angustia que jamás sintiera.

Las fuerzas policiales no entraban a Ciudad Oculta, un poco por propia decisión y otro poco porque no eran bienvenidas. Había un acuerdo tácito entre unos y otros. Allí dentro la ley no era la misma que afuera. No había ningún manifiesto escrito pero todos sabían cómo debían comportarse. La regla principal, todos eran ciegos. Nadie debía hablar sobre lo que allí sucedía. Era un reino aparte. Un reino de latas y cartones. Un reino de basura. Quien lo “gobernaba” se llamaba, o le decían, Memermo. El poder lo había obtenido y lo conservaba gracias a su buena puntería con las armas y a manejar el tráfico de todo lo que pudiera ser vendido en el mercado negro y que saliera de Ciudad Oculta. Aunque no medía más de un metro sesenta y tenía una renguera pronunciada en una de sus piernas, se había hecho respetar. Nadie lo miraba a los ojos. Varios habían querido e intentado arrebatarle sus negocios, coparle la parada, pero habían terminado mal. Muy mal.

La casa de Memermo se encontraba al final del barrio. Era la última casa antes del zanjón que le ponía límite. Sobre una loma. Elevada sobre el resto. No era casualidad. Estaba estratégicamente ubicada para poder escapar si era necesario, cruzando el zanjón o a través de este. Como todas las otras casas del lugar era chica y construida con maderas y chapas. Tal vez la única diferencia radicaba en que adentro el Memermo tenía tres televisores, un equipo de música tan grande que resultaba desproporcionado en relación a la casa, un armario lleno de armas y una mesa. Sobre la mesa un espejo roto en forma de triángulo. Sobre el espejo la última línea de merca. Sobre la línea, Jesús con una birome usada de canuto, lentamente snifando hasta lo último, persiguiendo con la nariz las ínfimas piedras esparcidas por los costados. Toma el papel que envolvía la merca y se lo pasa por las encías. La rigidez es total. De los dientes hacia los pies. Casi un rigor mortis. Ya no hay palabras en la habitación. Lupus y el Memermo miran a Jesús que rompe el silencio con un tartamudeo casi inentendible, con la boca apenas abierta dice: “a este hijo de puta lo voy a matar”. Los tres miran al que está sentado en la única silla con respaldo. Los pies atados. Las manos maniatadas a la espalda. Amordazado con un pañuelo. El ojo derecho hinchado casi sin ver. El izquierdo apenas abierto. La nariz con signos de haber sangrado hasta hace unos instantes. Transpirado. Mojado. Los pantalones meados. Lupus y el Memermo miran a Jesús. A lo lejos se oyen algunos disparos. Nada raro en la zona. No llama la atención. El silencio regresa como una obligación. Silencio a la fuerza. Nadie quiere decir nada. Jesús se acerca al que está atado y de un solo golpe le clava la birome en el pómulo derecho. El que está atado cae al suelo. Gime, patalea y se retuerce de dolor. Emana sangre por el canuto como si fuera un adorno que simula una cascada.

II

Lupus hace un tiempo que piensa en límites. Se pregunta cuál será el suyo. En qué momento deberá decir que hasta acá llegó. Cuál será el hecho que no tiene que aceptar. Qué será lo que no tiene que ver. Hasta dónde sus ojos pueden mirar y no dar un paso atrás. Lleva dos días enteros, o eso cree al menos, encerrado en la Ciudad Oculta, en la casa del Memermo, con este y Jesús. Los tres y el que está atado. Es de noche y no han comido nada desde antes de llegar. Habían salido a tomar unas cervezas a un bar cercano, el Pico del Ganso, donde tocaba una banda de unos amigos. El lugar era conocido por Lupus y sus compañeros. Iban allí habitualmente. La cerveza era barata y había buenas bandas de rock. Y lo mejor de todo que el baño era cómodo para tomar merca. Tenía cierre por dentro, toda una garantía para la época. A Lupus le resultaba cómico haber llegado al momento de elegir los bares a los cuales ir según el baño. Si el baño tenía llave, era un buen bar. Una locura.

Esa noche en el Pico del Ganso todo parecía tranquilo. Casi las mismas caras de siempre. Saludos cruzados. La Mosca y la Sopa, recién salido, sonando permanente. La banda que tocaba, Los Feligreses, liderada por Pety, el mejor cantante de Ska jamás visto, hacían los últimos arreglos antes de subir al escenario. Lupus, Jesús y el Memermo sentados a una mesa, con una cerveza y tres vasos. Fumaban y esperaban. Memermo con una riñonera llena de papeles glasé doblados prolijamente y listos para ser vendidos. (Tu negocio es muy difícil de explicar y fácil de enseñar). Se les acercaba alguien a saludar, alguien que pasaba y les compraba un papel, alguno que pedía fiado. Otro que decía: ¿me convidás un tiro? Y Memermo si decía que sí, iba al baño con ese que pedía. Volvía, disimuladamente le pasaba a Jesús el papel, este iba al baño y hacía lo mismo luego con Lupus.

III

Jesús se levantó, caminó hacia la barra en busca de otra cerveza. De frente, alto, flaco, cabeza rapada y con los músculos marcados por una remera ceñida al cuerpo, el que ahora está atado. Cruzan miradas. Golpean al pasar hombro con hombro. Ninguno pide disculpas. Se conocen. Ambos gruñen. Siguen. Esto termina mal, piensa Lupus que mira la escena desde su lugar.

Unas semanas antes, a la madrugada, luego de una noche larga, Jesús se enteró de que su novia, la Nena, estaba en la casa del que ahora está atado. Fue hasta allí, sin saber a qué iba. Ni qué haría al llegar. Tocó el timbre. Nadie abrió. Aunque escuchó pasos y voces dentro. Escuchó la voz de ella. De eso estaba seguro, la que susurraba adentro era la que lo engañaba. Dio media vuelta y se sentó en el cordón de la vereda. Tan fuerte apretaba los dientes que sentía que no podía abrir la boca. Que no podía emitir palabras. No se podía ir de allí así nomás y dejar que todo acontezca. No se podía ir con ella ahí adentro, sin verla, sin que lo viera. Algo tenía que pasar. Siempre pasaba algo. Cuando las noches eran largas nunca los días empezaban sin más (el sol ya brillaba alto) y este día no sería la excepción. Se levantó, y de un salto llegó nuevamente a la puerta. La golpeó con todas sus fuerzas con los pies y con los puños hasta que los nudillos le sangraron a fuego, pero nadie salió de la casa. Ya no escuchaba palabras. Lloraba sin lágrimas, con angustia, con rencor y odio. El principio de este día marcaba un fin con su novia. Pero también marcaba el inicio de algo que no iba a quedar en la nada. Ese algo, venganza, revancha o como se llamara estaría latente y cada día de su vida se retroalimentaría hasta poder saciarlo. Los vecinos contiguos salían para ir a su trabajo. Su imagen no era la mejor. No quería más problemas. Dio media vuelta y se fue.

A la que lo traicionó no la veía desde entonces. Permanentemente, todos los días, a todas horas, cada segundo, en su cabeza, la imagen de la Nena atrás de esa puerta, llorando, culposa, abrazada por el que ahora está atado. (No te quedó sueño por vengar y ya no esperás que te jueguen limpio nunca más).

IV

La noche comenzaba a calentarse. La gente había colmado el lugar. Ahora sí había caras desconocidas y el volumen de la música era cada vez más fuerte. Se apagaron las luces  del salón y las del escenario se encendieron. El Pety subió, como siempre con un cigarrillo en la comisura de los labios, y empezó la fiesta. El público bailaba, saltaba y pogueaba. Lupus, Jesús y el Memermo, a un costado, apoyados en una pared.

Jesús, como un animal salvaje, como lo que era en realidad, atento, agazapado, dispuesto a atacar,  miraba fijo a el que está atado ahora en la casa del Memermo, que esa noche tampoco bailaba. Tieso miraba el show en primera fila. Duro, casi sin pestañear, los puños apretados. Los brazos rígidos pegados al cuerpo, las venas hinchadas latiendo a toda velocidad a lo largo, hasta casi explotar en el cuello.

Cruzaron miradas, se desafiaron. Lupus y Memermo que conocían la historia, se hablaron. Pero no se escucharon, la música sonaba demasiado fuerte. Ninguno dudaba en que Jesús no dejaría las cosas así. Y sabían que él solo se las podía arreglar bien. Pero por las dudas ambos cambiaron de lugar el foco de su atención. Ya no les interesaba el concierto. Ahora sólo miraban al Otro.

La tensión fue en aumento. La banda seguía tocando ajena a lo que pasaba abajo. El que ahora está atado giró su vista hasta Jesús y con un típico gesto, comprensible desde cualquier lugar del planeta, levantó la pera diciendo: ¿qué te pasa? Apenas medio segundo tardó Jesús en pasar por encima del público, como abriendo las aguas, atropellando a quien se le pusiera delante. El que ahora está atado no pudo siquiera acomodarse. Jesús lo había golpeado con su puño derecho haciéndolo volar sobre una mesa al costado del escenario. Alguien del público, amigo seguramente del que ahora está atado, tomó a Jesús por la espalda y comenzó a golpearlo en los riñones. Jesús enceguecido quería ir sobre el Otro. El cantante ya no cantaba. El Pety, de un salto, bajó del escenario, tomó una silla por el respaldo la levantó lo más alto que le daban sus largos brazos y se la partió en la cabeza al que agarraba a Jesús. El manager de la banda asió una cadena, la que usaban para atar algunos equipos, y entró en acción golpeando a los que defendían al que ahora está atado. El descontrol se apoderó del lugar.

El que ahora está atado intentó reincorporarse, pero ya tenía a Jesús encima pegándole con sus huesudas y duras manos. Le asestaba golpes en la cabeza, uno tras otro, no lo dejaba levantarse.

El público salía del bar. El Pety, Lupus, el Memermo y el manager echaban, literalmente, a patadas y cadenazos a los amigos del que ahora está atado.

No tardaría en llegar la policía y era sabido que antes de preguntar, por las dudas, la policía pegaba y aprehendía.

Lupus y el Memermo también lo sabían. Por eso, se acercaron a Jesús con la intención de que cesara en los golpes y que salieran rápidamente de allí. El otro estaba casi desmayado.

Tenían demasiada merca encima como para descartarla o para ser requisados. Pero Jesús estaba enceguecido. Como nunca. Como siempre. No lo podían frenar. El lugar estaba casi vacío. Las luces encendidas. En el medio del bar, en el suelo, Jesús arrodillado sobre el que ahora está atado, pegando una trompada tras otra. El otro no responde. Sangra. Ya no lucha. Ni siquiera lo intenta. Casi ni respira.

Memermo tomó fuertemente de los hombros a Jesús. Se dio vuelta y cruzó la vista con la de Memermo. La mirada de Memermo imperativa. Paró de golpear. Se levantó. Comenzaron a escucharse las sirenas. La policía estaba cerca. ¿Qué hacemos?– preguntó Lupus sumamente nervioso, el corazón latía como nunca, respiraba agitado, el pecho oprimido, casi sin aire. ¡Vámosnos al carajo! – gritó Memermo.

Llevémoslo– dijo Jesús señalando con la mirada al que estaba en el suelo. Los otros dos se miraron sin entender del todo lo que les quería decir su amigo, pero no era momento para entender. Memermo dijo: voy a buscar el auto- y salió. Lupus tomó de las piernas y Jesús de los brazos al que estaba en el suelo. Lo levantaron. Era pesado y largo. Las sirenas cada vez más cerca. Oyeron que el auto de Memermo frenaba frente a la puerta. Salieron. Memermo ya había abierto el baúl de su Peugeot 504 amarillo y estaba sentado al volante otra vez con el motor en marcha. Jesús y Lupus tiraron al que ahora está atado dentro del baúl y cerraron la puerta. Subieron. Memermo aceleró justo en el momento que la policía doblaba la esquina anterior al Pico del Ganso.

V

Lo voy a matar a este hijo de puta, dice Jesús.

Los tres miran al que está atado. Tirado en el piso de tierra de la casa de Memermo. Sangra y no mira. Quieto. No se mueve. Apenas respira. Jesús, Memermo y Lupus se paran alrededor como si fueran a bailar una danza siniestra. Un rayo de luz se cuela por un agujero en las chapas que hacen de pared, y los atraviesa. Las miradas desangeladas. Tres demonios vacíos. Sin retorno. El sol comienza a brillar avisando que será otro día de un calor infernal en ese infierno. Otra noche que termina así, como siempre, pasando algo.

Memermo va hacia la heladera, está vacía, no hay nada, solo una caja de vino tinto. La abre con un cuchillo y reparte en cada vaso. Se sientan cada uno en su silla. Apoyan las manos sobre la mesa, toman el vaso y beben el vino. En silencio. Todo al unísono, como una vieja película de mafia.

Lupus se levanta y camina nervioso de una punta a la otra. No hay mucho espacio en la casa de un solo ambiente. En el medio tiene que esquivar al que está atado. Sale. Mira alrededor y no ve gente. Todos deben estar durmiendo. Solo algunos perros sucios tirados a la sombra del único árbol. Uno de ellos lo ve y amaga con ladrar. Luego desiste. Camina unos pasos y llega hasta el zanjón. No tiene agua. Lupus jamás ha visto correr agua por ese zanjón. Recuerda un sueño reciente. Ha soñado con un lago, tal vez el lago del parque de su provincia, con agua muy sucia y en el que en el fondo viven ratas que se han convertido en anfibios y se alimentan de los peces y de la basura que tira la gente. Gracias a su inteligencia, las ratas han pasado a dominar el lago y mandan sobre los otros animales que lo habitan.

Lupus sale de su ensoñación. La mano de Memermo que lo toma desde atrás lo pone alerta. ¿Qué pasa?– pregunta. Creo que se nos va – dice Memermo. No hacen falta más palabras. Los dos saben de qué hablan.

Lupus una vez más no quiere estar donde está. Quiere correr. Salir de ahí. No volver nunca más. Y sobre todo olvidarse de las caras que ha visto en el último tiempo. Las caras. Le asustan las caras de la gente con la que anda. Las caras y las miradas. Pero no puede abandonar. El círculo siempre se cierra y no lo deja abandonar.

Jesús lo quiere cortar y tirar al zanjón. Que se lo coman los perros– dice Memermo. La imagen de su sueño vuelve inmediatamente. Pero ahora el que está atado es la comida de las ratas anfibias.

Lupus no quiere hacerlo. Busca una forma menos traumática de empezar el día.

¿Y si lo llevamos al hospital Central y lo dejamos tirado en la puerta? –dice Lupus, sabiendo que es una locura porque existen pocas posibilidades de que no los pare la policía a la media cuadra y ese sí sería un inicio del día poco feliz. Lupus tiene que pensar en él. En su futuro. Apenas tiene veinte años. Cerrar esta puerta de la forma más rápida y segura. Tratar de olvidar (imposible) y darse cuenta de que ese fue el último límite que atraviesa. Empezar de cero. Buscar nuevas caras.

Se les une Jesús que ha escuchado a Lupus. Ni ahí– dice. La voz le tiembla. Lupus había notado que cuando Jesús estaba merqueado tartamudeaba bastante. En ese momento casi no se le entiende lo que dice.

¿Cómo está?– pregunta Memermo.

Casi no respira. Hay que terminarlo ahora. Yo me encargo – tartamudea Jesús.

Busquemos a un médico. Conozco uno. ¿Te acordás del que le llevamos un papel el otro día, el que es pediatra?– habla Lupus dirigiéndose a Memermo en quien encuentra a un posible aliado en contra de Jesús y sus ganas de cortar en pedazos al que está atado.

Tal vez nos haga la onda y venga a verlo y él puede inventar algo para entrarlo al hospital– acota antes de que Memermo responda. De los tres Memermo es el jefe. Nadie lo ha nombrado como tal pero si él toma alguna decisión nadie lo va a contradecir. Es el dueño de la merca. El dueño de la pelota.

Los perros se levantan de su letargo y se les acercan ladrando. Memermo hace el ademán de levantar una piedra del suelo y salen corriendo en dirección contraria. A los pocos metros se detienen y se echan. El barrio, desde la altura, desde la pequeña loma donde está emplazada la casa de Memermo puede verse casi en su totalidad. Todo gris. Todo cuadrado. Nada tiene movimiento. Nada avanza. Lupus ve solo techos de chapas que dan resguardo a cientos de desgraciados.

Los tres, con la propuesta de Lupus flotando en el aire, entran a la casa. El que está atado sigue allí. Lupus apura su vaso de vino hasta vaciarlo y lo llena con agua. Le da de beber al del piso. Le abre la boca para que trague. Nota que no tiene los dientes de adelante. Bebe a tragos largos. Sediento. El agua se le escurre por los costados de la boca. Lupus se da cuenta en ese momento de que durante todo el tiempo que habían estado allí, desde aquella noche en el Pico del Ganso, jamás le han dado de beber. Lo acomoda en el piso, sentándolo para que la pared le haga de respaldo.

Lupus vuelve a darle agua al que está en el piso. Intenta tomarle el pulso como ha visto miles de veces en la tv, pero no siente nada. Le moja la cabeza y la nuca.  Memermo le acerca a la boca el pedazo de espejo que les había servido de base para peinar la merca. Se empaña levemente. 

Busquemos al médico– ordena Memermo.

VI

Memermo manejaba su auto, Jesús en el asiento del acompañante. Una vez  más el silencio es determinante. Ninguno hablaba. Lupus en el asiento de atrás, apoyado contra la puerta. La pierna derecha se movía constantemente, no la podía detener. Tenía la mirada perdida, los ojos inexpresivos se fijaban en algún punto de la ruta que ahora transitaban alejándose de la villa y entrando a la ciudad iluminada. El médico no vivía cerca. El viaje sería largo. Lupus pensaba en el que está atado, esperando que sobreviva. No le importaba la vida del que está atado, casi seguro tiene merecido estar donde está, o al menos eso decía Jesús y él no lo iba a contradecir. En la calle el que las hace las paga, pensaba. Para Lupus, si sobrevivía el que está atado él cargaba con una culpa menos. A él no le interesaba la vida del otro en sí misma, le interesaba en relación a la suya propia. Si sobrevivía, él tenía una cara menos para cargar en su mente. Si moría, esa cara se iba a transformar en pesadilla. Y Lupus sabía que sus pesadillas eran reales. Sus fantasmas existían.

Memermo estacionó el auto frente a la casa del médico. Según las suposiciones debería estar ahí, ya que era día domingo y no llegaban a ser las 8 de la mañana.

No podemos bajar los tres, vamos a llamar la atención y la esposa del Doc se va a asustar – dijo Lupus. Estaba claro que los tres después de varias noches sin dormir, sin bañarse y con todo lo que habían pasado (y tomado) no daban una imagen muy confiable.

Voy yo solo y ya veo qué verso le meto para arrancarlo de la casa– dijo Lupus con una seguridad que no supo bien de dónde provenía. El médico pediatra era un conocido suyo al que habitualmente le hacía algunas transas de merca. Como este no quería exponerse, confiaba en Lupus para que le llevara lo que compraba a su consultorio y excepcionalmente a su casa. Estaba casado y no era buena idea ir a su casa un domingo a la mañana para llevarlo a una villa a que viera (y tratara de salvar) a un moribundo. Carlos, ese era su nombre, le debía varios favores a Lupus y por carácter transitivo a Memermo. Además, le gustaba mucho la cocaína, por lo cual, sumando esos dos factores, no podría negarse a ir con ellos.

Lupus bajó del auto. La casa estaba ubicada en un lindo barrio cercano al Centro Cívico, de dos plantas y en la superior reinaba un balcón, el que debía ser la habitación matrimonial. Lupus no pudo dejar de imaginarse a Carlos snifando ahí, escondido de su esposa acostada en la cama, esperándolo.

Tocó el timbre una vez, casi con miedo. Y se dio cuenta de que esa era la sensación que en ese momento lo poseía, el miedo. En su mente la cara del que está atado, los ojos cerrados e hinchados, la sangre seca en los pómulos, seguro varias costillas quebradas y quién sabe cuántas lesiones internas más. Esta vez a Jesús se le había ido la mano, en serio. No era la primera vez que actuaba como un animal indómito, pero siempre había podido frenar a tiempo. Esta vez no frenó y el tiempo había jugado en contra del que está atado. El que las hace las paga. Te metiste con la mujer equivocada. Te metiste con el animal equivocado.

Tocó el timbre otra vez. Ahora sí lo apretó más fuerte. Carlos abrió la puerta. Estaba vestido con pantalón corto y zapatillas y una remera con cuello, tipo chomba, como si estuviera listo para ir a jugar un partido de tenis. Tenía en la mano una taza de café. Al ver a Lupus entendió inmediatamente que algo estaba mal. Lupus estaba desaliñado, sucio, pero sobre todo, con la cara desfigurada por el miedo. No podía ocultar el terror en el que estaba inmerso. Intentó decir algo, saludar o comenzar una conversación más o menos coherente por si la esposa de Carlos escuchaba, pero no pudo. Sintió que las piernas se le aflojaban y su cuerpo se desvanecía. Quiso tragar saliva pero no tenía. La boca seca. La lengua gigante. Quería irse de allí, salir corriendo. Pero estaba inmovilizado. Carlos salió de la casa y se acercó a Lupus. Le extendió la taza de café para que este bebiera y en voz baja le dijo que la esposa dormía y que si hablaban bajo estaba todo bien. Esto pareció tranquilizar a Lupus que terminó el café de un trago y pudo comenzar a hablar.

A los pocos minutos, Carlos subió al auto y Memermo aceleró.

VII

El viaje de regreso a la Ciudad Oculta fue bastante más relajado. El médico iba hablando sobre la posibilidad de ingresar al que está atado a una clínica privada, cuyo dueño era su amigo, y donde nadie iba a hacer ningún tipo de preguntas. Obviamente a cambio de algún dinero.

Eso trajo tranquilidad a Lupus que ya pensaba en cómo continuaría su día una vez que abandonara el infierno en el que estaba. La cosa no parecía muy difícil. Carlos se contactaría con la clínica para que le envíen una ambulancia (Memermo daría la orden que la dejen entrar al barrio) y una vez que lo trasladaban ellos ya no tenían nada que ver y ni siquiera se iban a tener que enterar de la evolución.

Memermo también parecía más animado con esta decisión. Si bien cargaba con varios cuerpos en su haber, tener uno menos era un problema menos. Hasta Jesús ya no estaba tan nervioso, la mandíbula había aflojado y hablaba sin tartamudear.

Todo se  iba a resolver. Y Lupus podría comenzar a olvidar las caras que no quería ver nunca más.

Entraron a la villa. Nada había cambiado desde que salieron. Solamente había un poco más de movimiento, algunos hombres sentados en las puertas de las casas tomando cerveza que saludaban a Memermo al pasar y miles de niños harapientos revoloteando alrededor.

El sol no tenía piedad, las chapas de los techos rechinaban como si estuvieran hirviendo.

Todo es como debe ser, todo va como tiene que ir, pensó Lupus y hasta se animó a sonreir.

VIII

Estacionó el auto frente a su casa. Los cuatro bajaron a la vez.

La puerta de la vivienda estaba abierta. Se escuchaban ruidos frenéticos que provenían desde adentro.

Algo estaba mal.

Subieron la loma velozmente.

Entraron.

Tres perros comían vorazmente al que estaba atado. Ya no tenía cara, sólo los huesos y una parte de la frente. Los ojos hinchados habían desaparecido. Todo era sangre y olor a sangre con tierra.

Los perros no se percataron de los que habían entrado, seguían entusiasmados con su desayuno, seducidos por la sangre, hasta que Memermo les gritó lo más fuerte que pudo: ¡Basta!– dijo. Y los animales cesaron. Inmóviles, parecían estudiar qué hacer, se sabían en un lugar ajeno. Se decidieron rápido, salieron corriendo por la puerta.

El Médico, Memermo, Lupus y Jesús estáticos, sin poder creer lo que veían.

Esto es demasiado, una locura– dijo Carlos y salió. Huyó. Escapó.

Ahora sí, una vez más, los tres parados en círculo, alrededor del que está atado, ahora muerto. Como si fueran a bailar una danza siniestra en ese infierno. Los puños apretados, tensos, las miradas perdidas fijas en un punto lejano. Desangelados.

Tres demonios vacíos.

SEGUNDA PARTE

JUGANDO A LOS GANSTERS

I

Las nubes repentinamente cierran el cielo, clausuran la luz del día, todo se oscurece. La mañana parece noche y la tormenta amenaza violenta. El viento arremete contra lo que se pone por delante haciendo temblar las casillas de chapa y nylon de la Ciudad Oculta, como si fueran a desprenderse del piso.

Lupus en la casa de Memermo, encerrado en sí mismo, no se da cuenta del cambio de clima ni de la lluvia que golpea incesante el techo ni de la oscuridad. Cierra sus ojos, con fuerza los presiona con los dedos tratando de borrar las imágenes que ha visto en las últimas horas. Sabe que no podrá hacerlo, sabe que convivirá con ellas, que nada cambiará. Frente suyo, en el piso, el que está atado (aún lo está), ahora es sólo un conjunto de huesos y carne maloliente bañado en sangre y mierda. Las moscas cargosas se hacen un festín. Está comenzando a endurecerse. Rigidez. La muerte hace su trabajo, de a poco, lo va convirtiendo en un cadáver. Todo comienza a oler a muerte (toda la recámara olía a muerte). Lupus otra vez quiere huir. Decide levantarse y salir corriendo. Va a correr a lo largo de la villa, por las calles de tierra estrechas, esquivará a los niños mugrientos que juegan desnudos y pasará al lado de los vagos que toman cerveza, sentados en el suelo acunando sus miserias y contando las hazañas de drogas y peleas, llegará hasta la ruta, donde debe haber luz, allí seguro no llueve, allí hay sol, allí puede ser feliz, la cruzará a toda velocidad y al llegar al otro lado se arrancará la ropa y la quemará para sacarse de encima el olor a muerte.

Pero no puede, sus piernas están dos metros bajo tierra, le pesan una tonelada, no las puede levantar. No podría dar un paso sin caerse. Siente que sus brazos son gigantes, desproporcionados, que llegan hasta las patas de la silla en la que está sentado, no los levanta. Intenta mover la cabeza, pero es como si el mentón estuviera pegado al pecho.

Abre los ojos, mira, Jesús y Memermo conversan en la otra punta de la habitación. No entiende lo que dicen. Sus miradas reflejan inquietud, incertidumbre, le producen terror.

Tiene la boca seca. Balbucea pidiendo algo que tomar. Los otros entienden y le acercan un vaso con vino y soda. Está caliente pero sirve. Lo bebe de un solo trago. Los músculos comienzan a responder, se reincorpora, apoya la espalda en el respaldo de la silla y se estira. Parece como si estuviera volviendo de una larga siesta. Siente que sus extremidades se desentumecen lentamente. Enciende un cigarrillo, da una bocanada larga, le da asco. Lo apaga en la palma de su mano. Aprieta fuerte. Quema. Ahora sí está despierto.

Escucha la lluvia y ve la oscuridad. No hay futuro más allá de ese día, piensa.

II

Unos fuertes golpes en la puerta de la casa interrumpen la escena. Alguien desde afuera grita el nombre de Memermo varias veces. Son gritos de guerra, de combate. Memermo no duda, abre y de un salto entra uno de sus soldados, empapado. Agitado se para frente al jefe. No saluda, tampoco mira a los costados, los que sobreviven allí han aprendido a ser ciegos, a no ver donde no se debe mirar.

Memermo, la yuta está en la entrada, los estamos frenando como podemos, te buscan- dice exaltado.

Tenía un acuerdo con la policía, en su barrio no se metían, ahí no lo molestaban. Pero sabe, conoce bien los códigos, que esos arreglos en algún momento se terminan. Un nuevo comisario, otro jefe policial, alguno que quiere sacar el premio del empleado del mes, alguien que alertó de la existencia del que está atado (y muerto), cualquier excusa es buena para caerle encima. El acuerdo se terminó. Ahora lo buscan a él. Él es la presa. La caza comenzó.

Memermo mira al que está atado, pareciera que recién se da cuenta de que está ahí.

Cáguenlos a tiros – le dice a su soldado mientras abre las puertas del armario donde guarda las armas. Saca varias, y se las da al otro que las toma y regresa urgido por donde vino.

Memermo cierra la puerta.

Lupus se pone de pie.

Jesús patea con todas sus fuerzas al que está atado. Algo se rompe. Las moscas salen volando.

III

La tormenta cae cada vez más intensa. A lo lejos se escucha el sonido de las balas que cruzan el aire. Entre los truenos resuenan las sirenas de más policías que llegan al lugar. No hay mucho tiempo, parece que esta vez sí están decididos, la gente de Memermo no podrá detenerlos mucho rato más.

Empuña una nueve milímetros, se cerciora de que esté cargada, mete un cargador completo en el bolsillo del pantalón. Camina nervioso de un lado a otro, dice algunas palabras. Putea. Se arrodilla frente a la imagen de una virgen y reza. Se para, vuelve al armario y saca otro cargador más que también guarda en su bolsillo. De uno de los cajones toma una bolsa con merca y otra con faso. Mira a Lupus y a Jesús que están atónitos. No reaccionan. Abre la bolsa apurado, la mano le tiembla, con una cuchara saca un poco y peina tres tiros sobre la mesa, desprolijo, como puede, desparramando el resto, toma el saque más largo con la birome y levanta las cejas señalando los otros dos a la vez que mira a sus compañeros. Lupus se acerca y, sin ganas snifa, Jesús hace lo propio.

La habitación es solo penumbras. Un rayo rompe esa oscuridad cruzándola de una punta a la otra. Como un faro ilumina de pasada el rostro del que está atado. Los cuencos vacíos de sus ojos emanan sangre cada vez más seca. Ya no miran. Ya no mirarán más a la novia de Jesús. La luz del rayo-faro se pierde.  

Lupus desea que el próximo rayo caiga sobre él (rayos, truenos y centellas vengan a mí).

Lo tenemos que sacar de acá– dice Memermo. Lupus y Jesús se acercan al que está atado, luego de la patada que le dio Jesús ha quedado tirado a lo largo en el piso, con las piernas levemente dobladas. Despide un olor hediondo, una sucia mezcla de todas las emanaciones corporales juntas, además del olor propio de los sin alma.

Ya casi no se escuchan disparos, sólo algunos gritos de dolor e insultos. La defensa parece estar cediendo. La policía no tardará en llegar.

Entre los dos lo alzan, está más pesado que cuando lo entraron a la casa, la rigidez hace que sea más difícil maniobrar para salir por la pequeña puerta. Están nerviosos. Así todo cuesta más. Apuntan, pero fallan, golpean la cabeza del que está atado contra la pared de chapa. Lo giran, la cabeza sale pero ahora son las piernas las que traban el escape. Al fin salen. Memermo los espera afuera con el baúl del auto abierto y el motor en marcha. El 504 ruge. Cuesta introducirlo, forcejean. Jesús no tiene paciencia, con fuerza sobrehumana y dando un salvaje alarido logra quebrar la dureza que la muerte ha impuesto y lo mete produciendo un escalofriante ruido de huesos rotos.

Memermo tira una pala dentro y cierra el baúl.

IV

La lluvia es insoportable, cae como un telón y las calles de tierra se empantanan. Son demasiado angostas para el Peugeot que se desplaza a toda velocidad. Memermo apenas puede mantenerlo en línea recta, los baches y el barro mueven el auto de un lado a otro golpeando con los laterales las casas de chapa. El baúl parece una coctelera. Los pocos vecinos que están fuera corren evitando ser atropellados, se guardan, no quieren saber.

Lupus, sentado en el asiento trasero, siente que ha perdido algo que no sabe qué es, no sabría cómo definirlo, hay algo dentro suyo que ya no está (nada lo conmueve, ni los tiroteos). Mira, ve la gente correr, esconderse y escucha los disparos. Piensa en los soldados de Memermo que combaten contra la policía. Su lucha va más allá de proteger al Jefe, su lucha es la reivindicación de los débiles, de los oprimidos, de los excluidos, de los sin futuro contra un sistema repelente, un sistema que los repele como a mugrientos insectos. Eso es lo que los han hecho sentir, unos miserables bichos que molestan y que arruinan el paisaje. Son víctimas a las que han disfrazado de victimarios.

Son soldados sin uniforme. Con andrajos, perros flacos y armas caseras intentan lo imposible, detener al lobo más feroz. Caen muertos pero no rendidos. Caen heridos pero con el último aliento escupen las botas a su verdugo. Los cuerpos se confunden con el fango y la sangre se mezcla con la lluvia.  Y él, en el medio. Agarrado con las dos manos de la manija de la puerta del auto, sacudiéndose con cada golpe. Con cada bache, su cabeza da contra el techo, golpea pero no siente nada.

Había imaginado que todo terminaría esa noche. Que cruzaría la ruta y volvería a la ciudad con luz. Recuerda que hasta llegó a sonreír unas horas antes.

Imposible. Ahora ni siquiera puede pensar.

V

Memermo dobla el volante y pisa el acelerador, el 504 sale de Ciudad Oculta. Las calles están pavimentadas y el andar es más suave. Lupus sigue tomado con fuerza a la puerta. Se da cuenta que ya no es necesario. Descomprime. Los brazos acalambrados. Su cuerpo es solo nervios, como esas carnes imposibles de masticar, tenso, un hormigueo incesante, cierra y abre los puños repetidamente. De a poco, vuelve a sentir que la sangre circula.

Maneja sin rumbo. Atento al tránsito, con la mano izquierda tocando la bolsa que tiene entre sus piernas para tener la certeza que está allí. Mira por los espejos, agudiza los oídos, conduce por calles con pocos vehículos. Se aleja de la ciudad. Va hacia el Oeste. El pedemonte le va ganando al valle. No han decidido qué van a hacer. Ni siquiera han hablado. Saben que los buscan y que si los encuentran con el que está en el baúl no tienen salida. Alguno debe pensar en algo. Queda poca nafta en el tanque. Toma una huella y se adentra a la montaña. Anda varios kilómetros hasta donde el auto ya no puede avanzar porque el camino no se lo permite. Se estaciona a un costado. Bajan. Se apaga el ruido del motor, no se habían dado cuenta pero los ensordecía. El olor a la jarilla húmeda por la lluvia que hasta hace poco cayó los invade. Respiran hondo. Caminan. Miran. Nadie los siguió. Están solos en esa postal mendocina, montaña, río seco, plantas que aguantan un infierno sin tomar agua, aves de rapiña y ellos y el que está en el baúl.

Memermo saca de la bolsa merca y con una tarjeta se sirve, toma un saque y otro y otro y otro más, groseramente, sin cuidado, apresurado, ansioso. La nariz y parte de su cara están blancas, parece un mimo pobre y decadente. Le gotea moco líquido. No se limpia. Deja la bolsa sobre el capot. Jesús se acerca y con la misma tarjeta toma un suculento tiro. La mano le tiembla pero es más prolijo. Casi no desperdicia nada. Moja la punta del dedo índice con saliva y la llena de merca, luego, en un gesto casi de reverencia y respeto, la mete en su boca y la pasa por las encías.

Lupus está sentado sobre una piedra. Mira hacia atrás. Esa huella lo lleva de regreso. Pero hacia dónde, se pregunta. Qué puede estar esperándolo si desanda ese camino?. Y si regresa y todo sigue igual y no puede salirse del círculo en el que está metido?. Quiere que el tiempo pase y que todo sea pasado. Eso, que el presente se convierta en pasado. Si vuelve por esa huella todo será futuro, podrá retomar las cosas que le hacían bien y las que dejó para meterse en un mundo que lo atrapó hasta llevarlo ahí. Cree que esa huella es el inicio de su futuro. Las nubes comienzan a abrirse y el sol penetra con rayos suaves. Presagio de buen clima y la idea de un día gris se aleja. Lupus tiene que entornar los ojos, la luz le molesta, se da vuelta para evitar el sol de frente, gira su cabeza y los ojos se clavan en el baúl del Peugeot. Todo el futuro se viene abajo. La imagen del que está en el baúl lo devuelve a la realidad. Comienza a temblar. Intenta tragar saliva pero no puede (no tiene). Por un momento había logrado olvidarse qué estaba haciendo allí. Como si estuviera viendo una película en retroceso, las imágenes de los últimos días le invaden la mente, en forma cruda y amontonadas, sin orden, desfiguradas, allí están, el Pico del Ganso, la novia de Jesús llorando abrazada al que está en el baúl, la villa,  la merca, la sangre, policía, disparos, el médico que huye, los perros comiéndose al que está muerto, la imagen de la virgen y Memermo rezando de rodillas…….

Mira detrás del auto, Jesús y Memermo siguen en su voraz consumo. Están duros, hablan sin parar, como si hubieran despertado de repente, los movimientos son torpes, pareciera que no pueden mover un brazo sin mover el resto del cuerpo. Son robots en el medio de la montaña. Pero no tienen fuerza. El terror los domina. Paranoicos, miran buscando la policía que seguramente los encontrará. Cada sonido es una alerta, se miran como desconocidos, desconfían hasta de ellos mismos. Discuten. No se entienden. No se reconocen. Son dos extraños. Jesús comienza a correr por la huella hacia adelante, lo persiguen, está seguro que lo persiguen. Memermo va detrás, con su renguera a cuestas, le grita que vuelva. Lupus los sigue con la mirada. Jesús acelera. Tropieza y cae, el tobillo derecho se dobla como si fuera de goma y cruje. Se levanta y sigue arrastrando su pierna. Vuelve a caer, la cara contra el piso. Sangra. Está descontrolado. El camino cada vez más sinuoso le resulta difícil. Sigue, tropezando, pero sigue. Las sirenas que suenan en la cabeza no lo dejan detenerse, está aturdido, siente que lo acorralan, ve carceleros que, con redes en sus manos como cazadores tendiendo trampas, lo esperan en la puerta de una jaula, para meterlo ahí hasta que se seque por dentro con el viento de la montaña. No puede más, pero tiene que seguir. Memermo detrás. Apurado, corre también. Le grita. Pide que se detenga. Jesús no puede escuchar, tiene los oídos ocupados con las palabras de su novia que una y otra vez le repite: dejame en paz, dejame en paz, me hartaste, no te quiero ver más. Se tapa los oídos para no escucharla. Llega a una roca gigante. Frena. Si la sube va a estar a salvo. Cierra los ojos, como meditando. No tiene más tiempo. Comienza a escalar. Memermo hace lo mismo, le cuesta pero sube, quiere que su amigo vuelva. Jesús, casi gateando, hace cumbre. Se incorpora lentamente, seca la transpiración de la cara con el brazo y mira hacia abajo. Memermo está llegando, torpemente alarga la mano para agarrarse de una piedra y empujarse hacia la cima. Jesús se asusta, cree que es el enemigo y le tira una patada, Memermo lo esquiva. Está a punto de caer hacia atrás. Da un salto y llega hasta arriba. Jesús se le abalanza, no escucha a Memermo que le dice que es su amigo. Forcejean. Se pegan varias trompadas. Jesús es más fuerte y está enloquecido, está fuera de control, lo toma del cuello hasta casi asfixiarlo, Memermo logra zafarse doblándole una muñeca. Intentan golpearse pero los golpes van al aire, están cansados, doloridos, sangran, el tobillo de Jesús arde pero no le impide volver a ir contra el otro, está enceguecido. Memermo lo detiene abrazándolo como hacen los boxeadores, giran sobre si, una vuelta, dos, tres y caen al vacío.

El vuelo es corto, el golpe seco. Las cabezas chocan contra el piso y los dos quedan en el lugar. Inmóviles. Jesús ha dibujado un sonrisa en su boca como si las sirenas por fin se hubieran apagado y la tranquilidad hubiera llegado. (Ahora está contento, muerto). Memermo a su lado.

Ahora más que nunca, dos demonios vacíos.

Lupus ya no mira. Respira profundo y trata de aclarar sus ideas, la corrida de sus amigos duró unos pocos minutos pero parecieron horas. Está sólo con el que está en el baúl.

Se nubla otra vez, está oscureciendo. Tiene que apurarse, no puede anochecer y él en la montaña.

Mira la huella hacia atrás (su futuro) y se dirige al auto, abre el baúl, toma la pala y comienza a cavar.

OCTAVO

ASÍ ES ESTE AMOR

Deme dos jeringas de 5 mililitros – dice mirando fijo al farmacéutico que la atiende detrás del mostrador- y con tono seguro, sin bajar la vista, agrega: con agujas, por favor.

No es la primera vez que la Nena accede a comprar las jeringas para que su novio y algún amigo se piquen. Ellos, por paranoia, por miedo a que descubran para qué van a ser usadas, ni se acercan a la farmacia. Ellos van a comprar la merca a alguna villa, a transar con el dealer. Corren otros riesgos, distintos, en lugares raros para gente normal. En cambio, ella sí va. Quién podría desconfiar de una chica de no más de 24 años, bonita, bien vestida y con buenos modales, que espera su turno, con el número en la mano, pacientemente, distraída mirando los perfumes. Nadie. Su compra seguramente va destinada a una inyección para calmar los dolores de alguna abuela enferma.

A la Nena no le gusta que su novio se pique. Dice que queda inmóvil, sentado en el mismo lugar durante horas, que no habla, que no conecta con ella, que no se la coge, que no acciona. A ella le gusta la acción. Se toma uno, dos, tres, cuatro, mil saques y habla, habla, y habla, toma litros de alcohol, del que sea, whisky, cerveza, vino del peor y sigue hablando. Su novio y el amigo, sentados, con la mente en ninguna parte, la miran y las palabras (millones por segundo) son como reflejos de luces que dispara una bola de espejos y molestan la vista. Habla de su vida, de su padre-madre-hermano, del odio, de la universidad, de libros, películas, política, poesía, teatro. Abarca todo en una misma secuencia. En una misma escena. Fuma cigarrillo tras cigarrillo. Gira nerviosa el encendedor entre los dedos. Quiere salir. Quiere ir a un bar. Si pudiera, iría a varios a la vez. A todos los que existan. Pero los otros no se levantan. Se van a quedar ahí. Pone música a volumen alto. Sigue hablando, ahora casi a los gritos. Su novio y el amigo la miran.

A ella no le gusta que se piquen. Pero, obedientemente, los asiste. Les ata la goma alrededor del brazo, cuidadosa, para apretar justo allí donde las venas comienzan a marcarse. Calienta la merca en una cuchara poniendo el encendedor por debajo y con precaución, llena la jeringa. Introduce la aguja en la punta, la gira media vuelta hasta que traba. Se las entrega como quien entrega una joya costosa. Con cuidado. Delicada. El ritual es en silencio. Es el único momento en el que la Nena no habla. En ese momento nadie habla. La aguja toca la vena, se clava, sube una gota de sangre hasta la jeringa y se mezcla con el líquido blancuzco, se retrotrae para luego tomar envión y entrar al flujo sanguíneo. Menos de un segundo tarda en pegar, como trompada, como un boxeador descontrolado que ha quedado sólo en el medio del ring tirando piñas al aire, pega fuerte. Directo al cerebro. Ella sabe que a partir de allí pierde conexión con los dos. Que por horas no tendrá interlocutores, que monologará, una vez más.

A la farmacia llegan más clientes. Sacan número y observan con promiscua curiosidad qué es lo que está comprando el que está siendo atendido. Ninguno emite sonido para poder escuchar. El farmacéutico gira, media vuelta, se dirige hacia atrás. Abre un cajón y saca dos jeringas con sus agujas. Las mete en una bolsa. Vuelve a girar. Mira a la Nena. Silencio en el lugar. Las miradas y los oídos atentos. El farmacéutico, para que todos puedan escuchar, impostando la voz, imponiendo la autoridad que su guardapolvo irroga, como dirigiendo un interrogatorio a un peligroso criminal ante un auditorio colmado, pregunta: ¿para que necesita las jeringas?

-Para mi abuela, que está enferma – dice ella con el mismo tono de solemnidad y firmeza.

A la Nena no le gusta que su novio se pique.

Así es este amor.

NOVENO

EL DIABLO MÁS FEROZ

Cuánto tiempo más vas a estar hundido así, refugiado en tu soledad? Estás hundido a fondo, a fondo……Estás tomando de más…. Estás tolerando todo…. La mujercita que amás esa suave flor judoka, la va de maga zulú y combina tus venenos, haciéndose la ingeniosa, odiosa siempre fiel….Estás hundido a fondo…. Mientras la vida se va…. Ay! Mientras la vida pasa, sin darte cuenta  ahí estás con tu cara de colgado… Tu ángel guardián es de todos el más tonto que hay….

                   De “La dicha no es una cosa alegre”.

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

La cabeza gacha.

Las manos apoyadas contra la pared de azulejos celestes descoloridos.

Los brazos semiflexionados sostienen el peso de su cuerpo, inclinado hacia adelante. El agua de la ducha cae suave y tibia sobre la nuca rapada. La cortina de plástico que cierra la pequeña bañera le roza apenas el cuerpo.

Una lámpara ilumina el baño con luz tenue.

Los ojos cerrados, apretados con fuerza. Quiere llorar. Algunas lágrimas se confunden con el agua que lo baña.

Es muy tarde ya. El agua adquiere el gusto salado de las lágrimas  y entra por su boca.

(¿Cómo bancás este infierno?).

No puede detener su mente en un solo pensamiento. Demasiadas imágenes y hechos se mezclan, se entrecruzan, lo atormentan. No sabe cuándo sucedieron, si es que existieron. Parece una película de dibujos animados en cámara rápida donde los personajes de sus recuerdos pasan a toda velocidad. Y él ahí, bajo la ducha, con los ojos cerrados los mira, como un testigo involuntario.

Aprieta cada vez más fuerte los ojos y ve esa habitación de la casa de Germán donde ha estado miles de veces. La mesa de trabajo, las máquinas, el olor a libro nuevo. Hay mucha gente de pie con vasos en las manos, hablando, un murmullo constante, la música cada vez más fuerte, algunos bailan sin moverse envueltos en humo. Lupus camina entre ellos. No los mira. No lo miran. Se dirige hacia el fondo de la casa. Atraído por algo. Hay algo que lo atrae hacia la habitación de atrás. Qué hay de él en ese lugar, se pregunta.

Recorre el pasillo oscuro hasta llegar a la puerta. Está cerrada. La música ha pasado a ser solo un leve ruido casi imperceptible, como si la oscuridad la hubiera silenciado. La oscuridad tiene el don del silencio, piensa Lupus.

Abre la puerta. Camina dos pasos. Entra. La escena es una foto. Quietos, paralizados, detenidos en el espacio y en el tiempo, la Nena, Germán y Jesús.

La Nena de pie, al costado de una cama grande con las sábanas revueltas. Mira a Jesús que está sentado en la silla del otro costado, con el torso desnudo, la espalda recta apoyada en el respaldo, los brazos a lo largo, uno de cada lado, tensos, firmes. En la mano derecha sostiene un revólver.

Germán, parado, cerca de Jesús, con la vista fija en el arma.

La escena se completa con una mesa de luz sobre la que apoyan cuatro vasos a medio llenar, una lámpara encendida, una bolsa con merca, papel de armar, una caja de fósforos  y varias balas sueltas.

Ninguno nota la presencia de Lupus. Lo han escuchado entrar pero no les importa. Siguen quietos, expectantes, atentos, tensos.

Jesús estira la mano libre hasta la mesa de luz y toma una bala. Abre el tambor del revólver. Cierra un ojo y con el que queda abierto  se cerciora que esté vacío. Introduce la bala. Cierra el tambor. Lo hace girar con fuerza.

Da mil vueltas, tal vez dos mil en una milésima de segundo. Los otros, con la vista fija, hipnotizados, en esa ruleta sin números que gira en la noche. Con un golpe seco Jesús lo detiene. El ruido los sobresalta.  Se miran entre sí.

Lleva el caño a la sien. Aprieta fuerte el revólver contra la cabeza. La mano le tiembla. Los ojos abiertos con fuerza. El dedo índice en el gatillo. Una gota de sudor baja rápida por la frente hasta la mejilla y de ahí al suelo. Lupus la sigue con la vista. Lo minúsculo llenó el espacio.

La mano tiembla cada vez más. La Nena hace el ademán de decir algo, abre la boca, la cierra. No dice nada. No puede o no quiere. Germán dibuja en su rostro una leve sonrisa, está disfrutando. La mano de Jesús tiembla. Desde la habitación de adelante no llega ningún sonido.

Jesús abre más los ojos, casi hasta lo imposible. El revólver en la cabeza. Lupus estático en la entrada de la habitación.

Jesús ahora cierra los ojos. Va a disparar.

La Nena otra vez intenta decir algo. No puede. No se anima. No quiere.

Jesús gatilla.

Se escucha el ruido del tambor vacío.

Jesús abre los ojos. La frente empapada de transpiración. Se levanta. Estira la mano. Le alcanza el revólver a Germán. Es su turno.

El agua de la ducha sigue cayendo sobre su espalda. Comienza a enfriarse pero a Lupus parece no importarle.

Las imágenes desaparecen. Sólo suena en su cabeza una canción que conoce de memoria.  No puede dejar de sonar. La repite con la boca cerrada. Suena en su interior y no puede dejar de escucharla: incombustible no sos, ¿cómo bancás ese infierno? Soñás la hoguera donde siempre sos la leña.

Aprieta el puño de su mano derecha y golpea con todas sus fuerzas la pared de azulejos celestes descoloridos.

Una y otra vez.

Las lágrimas caen por su rostro.

Los azulejos se trisan y se tiñen de rojo.

DÉCIMO

LA ASUNCIÒN

Está dormido o finge que duerme.

El camino, un plano inclinado cada vez más pronunciado. Lupus camina sobre arena blanda. Los pies se hunden. Sube con dificultad. Cada paso, un esfuerzo gigante. Cada metro, lo desgasta más y más. Tiene que agacharse y gatear para poder avanzar. Transpira. Un sudor helado recorre la espalda. Siente frío. Los brazos entumecidos le cuelgan sin poder moverlos. Llega a la cima. Frena. Observa. Respira. Profundo. Ni casas, ni autos, ni gente, ni vegetación. Solo la calle de tierra desierta y un viento gélido en pleno verano que lo empuja hacia atrás. Y la pendiente. Igual de pronunciada que la subida. Toma aire. Los pulmones se llenan. Se impulsa. Comienza a descender. Las piernas caminan más rápido que su mente. Se tropieza. Cae. Despacio se incorpora. La calle es de tierra. Arena. Las casas bajas, de adobe. Un perfume conocido. A campo. Jarilla. Lo reconforta. Es de noche y no hay iluminación artificial, la luna y las estrellas aclaran el camino. Solo una calle, ancha, que termina en una casa más grande que las otras con una cruz en el techo. Una iglesia. Nada más. Solo el desierto. El pueblo más chico jamás visto. Sin plaza. Sin nada. Mira hacia atrás buscando alguna señal que lo ubique, que le diga dónde está. Un cartel, roto, desvencijado, yace en el lugar hace millones de años: Gracias por visitar La Asunción, Lavalle.

Camina hacia la iglesia. El silencio se escucha. Es tan fuerte el sonido de la soledad que le molesta. Siente un zumbido en los oídos. Llega. La puerta principal, desgastada por el paso del tiempo, está cerrada. Sobre ella, un cartel escrito con lápiz: si quiere entrar, pida la llave en la casa de don Sosa Azaguate.

Ahora mira desde la iglesia hacia el otro final de la calle. Las casas están a oscuras.  Deshabitadas. Está solo. Dice algunas palabras en voz alta para escucharse, para escuchar algo, algún sonido. Pero es estéril, de su boca solo sale vapor que se funde con el aire helado del desierto. No salen palabras.

Suenan las campanas. De repente. Se sobresalta. Todo sigue oscuro. Mira hacia arriba, la cruz iluminada por la luna y el campanario detrás. Nadie. No hay nadie. Una, dos, tres…. Doce campanadas. Retumban. Lo ensordecen. Lo llenan.

Se tapa los oídos con ambas manos. Se arrodilla. Grita. Piensa que tiene que reaccionar. Reacciona. Se levanta. Mira. Siente un susurro. Como si miles de personas hablaran a la vez. Pero en voz muy baja. Casi a escondidas. Todos repitiendo lo mismo. Rezando al unísono. Cierra los ojos para intentar escuchar mejor,  vuelve a abrirlos. Mira. Una procesión. Miles de personas caminan hacia la iglesia. Con velas en sus manos, la cabeza gacha, rezan. Al frente, dos niños, vestidos de impecable blanco, llevan una cruz. Les pesa. Crucificado, Lupus. Invertido, desnudo, con los pies hacia el cielo. Sangra y con su sangre macha el traje blanco de los niños y el suelo de tierra. Una madre llora detrás. Los peregrinos  con sus cirios iluminan el desierto. Los animales se esconden en sus cuevas. El fuerte viento del norte apaga las velas. Todo es oscuridad. La sangre de Lupus toma brillo. El color rojo fluorescente marca el camino y es lo único que se puede ver en un fondo negro. Líneas rojas serpentean la negrura de la noche. Los niños plantan la cruz en el suelo. Los pies hacia arriba, los brazos abiertos. La sangre gotea. La gente tira las velas al piso y desaparece. En el medio de la calle, en soledad, la cruz clavada en el suelo. Lupus roto, sangrando con los pies apuntando a las estrellas. Lo niños con los vestidos blancos manchados de rojo corren hasta desaparecer.

Lupus mira la iglesia. La puerta está abierta. Adentro una tenue luz ilumina el atrio. Detrás, ataviado en una sotana negra, un payaso descolorido bebe de una copa de plata. Bebe la sangre de Lupus.

Lupus camina-corre hacia la cruz. Llega. No hay nadie más. Todos se han ido. Se han escondido. El  crucificado está con la cabeza hacia abajo. La cruz clavada en el piso. Solo una madre, con un niño muerto hace años en sus brazos, sigue llorando a su lado. 

Lupus se detiene unos segundos. Mira a la madre que llora y al crucificado que sangra. Ambos se miran entre sí. Como si nadie más existiera.

Ninguno le devuelve la mirada. Sigue.

Camina.

Recorre todo el pueblo (es solo una calle, empieza en la ruta y termina en la iglesia).

Llega a la ruta. Pasa por debajo del arco de entrada que dice: ASUNCIÒN.

Sale.

Entra al desierto.

Camina por la ruta.

Ama el desierto.

Pero rechaza lo que ama.

DÈCIMO PRIMERO

EL MONTAJE FINAL

I

Desde que dejó los cuerpos en posición de escena criminal, el 504 de Memermo ardiendo en llamas, al que ahora está enterrado y la bolsa de merca y faso entregada a la Pachamama, han pasado varios kilómetros.

Camina por el costado de la ruta hacia la Ciudad.

En dirección contraria, los autos de la policía, con las sirenas chillando, apuran el paso, para llegar antes que las aves carroñeras hagan su trabajo. Lupus no se preocupa. Siente que todo lo que lo rodea no lo comprende, no tiene nada que ver con él. Sólo es un actor de reparto en una película de bajo presupuesto donde no hay ningún héroe. Son todos villanos buscando el premio al más prontuariado. Compiten por la derrota. Es una carrera hacia atrás.

Él va hacia adelante.

Ha recorrido ese camino miles de veces. Pero es la primera vez que lo hace caminando. Con los pies en el suelo, las montañas toman su real dimensión y las distancias se alargan hasta el infinito. No le importa. Camina a buen ritmo como quien sabe con certeza cuál es su destino. Y Lupus lo sabe. Sabe hacia dónde se dirige. Fija la mirada delante y no se frena. Apenas reduce la velocidad de su caminar cuando va llegando a los primeros lugares poblados y algún vehículo o persona se interpone en su camino. No hace ningún gesto, no interactúa con nadie, solo camina hacia adelante.

Cae la noche.

II

El futuro llegó. Piensa en la huella, la que lo lleva al pasado, a esos recuerdos insensatos. No quiere darse vuelta. Pero algo lo llama. Siente una atracción. Mira hacia atrás. Ve el humo del auto, que se eleva hasta el cielo formando horribles siluetas siniestras. Descienden a la tierra y ahí están otra vez, los fantasmas que lo persiguen, sin rostro, altos y transparentes. Se le acercan rápido. Levitan tras de sí. Cierra los ojos y se dice que no puede ceder, tiene que abandonar esos pensamientos. Pero los fantasmas están ahí, otra vez. A su alrededor. Se le acerca uno, por detrás, toma a Lupus del hombro y lo gira, no puede hacer otra cosa que detener la marcha y mirarlo, ahora tiene rostro, es el del que está enterrado, los ojos vacíos. La imagen de los perros comiéndoselo viene de inmediato. Baja la vista y mira el cuerpo, la piel translúcida deja ver los huesos rotos, despedazados, tintinean cuando se mueve. Se zafa de un tirón. En el suelo, otro de los seres con la cabellera de Memermo se arrastra cojeando, intentando llegar a Lupus. Este duda, es su amigo, al final se decide y le da una patada. El golpe lo atraviesa. Pelea contra el aire. Esa batalla nunca la ganará. El aire es más poderoso. Todavía le queda algo de cordura. Tiene que salir de allí. Es sólo un mal momento. Comienza a correr.

Corre.

III

Corre cada vez más rápido.

No da más. Está cansado. Agotado. Cree que se desintegra. No siente los músculos, los brazos le cuelgan, flácidos, no los puede levantar. Flexiona las rodillas y baja la cabeza. Apoya las manos en el suelo. Cree que va a vomitar. Pero no tiene nada en el estómago. No recuerda cuando fue la última vez que comió. Vomita un líquido de color indescriptible. Levanta la vista y mira: una plaza. Está en el medio de una rueda. Una rueda de personas que hace girar un porro que va de mano en mano. Le toca a él. Lo agarra, es grueso, un troncho. Se lo lleva a la boca, aspira profundo. Guarda el humo. Rico, intenso y dulce. Sin semillas. Paraguayo. Lo larga de a poco. Mecánicamente estira la mano y se lo pasa al de al lado. La rueda gira. Todos vestidos de azul y blanco. Risas y más risas. Alrededor suenan redoblantes y se agitan banderas, la hinchada se prepara para alentar. El ascenso al Nacional B está cerca. La plaza es una fiesta. Pero él no puede quedarse mucho tiempo. Tiene que seguir su camino. Tiene un objetivo que cumplir. Una misión que alcanzar.

Camina. (Como un ciego en la bodega).

Atrás se escuchan las canciones. La banda comienza su peregrinaje hasta el estadio. Es una procesión de cinco cuadras al ritmo de los bombos. La liturgia más hermosa. (Como un ciego en la bodega). Alguien le alcanza una caja de vino. Bebe un trago largo. Pasa por la garganta que agradece algo de líquido.

Se separa de la gente, toma otro camino. Camina. Recorre calles. Los ecos de la barra se apagan.

IV

Las luces de un cartel le llaman la atención. Una farmacia abierta. Pasa caminando por delante. No puede dejar de mirar hacia dentro. Está la Nena, la novia de Jesús. Se miran. Una milésima de segundo se miran. Quiere detenerse pero no puede. Mantienen la mirada. Hay algo familiar. Ella se da vuelta y ya no lo mira, habla con el farmacéutico. Él sigue.

Camina.

V

Va por la calle oscura, sin detenerse.

Lupus no mira atrás. No se detiene. Acelera la marcha. Lleva buen ritmo. Se dirige a su destino. El futuro llegó, está ahí. Conoce los lugares por donde camina. Siente la necesidad volver sobre sus pasos. De sentirse parte de algo. De no sentir más este frío que le congela la espalda en el mes más caluroso del año.

Piensa que hace mucho tiempo (no sabe cuánto) cambió su futuro por un instante tras otro. Se detiene de repente. Frena su marcha y su mente también se detiene en ese pensamiento. Su vida ha sido eso, una sucesión de instantáneas, mal sincronizadas y en blanco y negro. Mira y solo ve fotos veladas, retratos rotos en los que los protagonistas han sido deliberadamente arrancados (este film velado, en blanca noche). Es él mismo el que ha cortado con violencia cada lazo que lo unía a algo-alguien. Sus relaciones son relatos sin final. No terminan de empezar que se destruyen. Y choca contra la pared cada vez que intenta salir del laberinto en el que está metido. Una mano invisible lo guía por las puertas equivocadas, las que son de utilería, en las que golpea su cabeza cada vez que intenta abrirlas.

El espiral no tiene fin.

VI

Sigue. Los ojos ciegos bien abiertos. Una fuerza extraña lo domina. Si quisiera cambiar el rumbo no podría. (Sabe a dónde va). Las piernas se mueven solas. Han tomado un envión impensado. Dos, tres, cuatro cuadras sin siquiera detenerse en las esquinas. Conoce los lugares por los que anda pero no los mira. No le importa que el semáforo esté en rojo, lo mismo cruza. (Quiero cruzar con la barrera). Nada lo detiene.

Llega a un bar. Le resulta conocido. Ha estado ahí muchas veces. Entra. La música fuerte llega desde abajo. Hay mucha gente. Todos lo saludan. Lo reconocen. Lo llaman por su nombre. Él no responde. Sigue caminando. Al pasar, golpea con el hombro con algunos, le piden disculpas. No contesta. El dueño sale de atrás de la barra y se acerca para abrazarlo. Se para al frente. Lo detiene y lo abraza. Lupus no reacciona. Los brazos al costado del cuerpo.  La mirada perdida. Retoma su marcha. Baja la escalera. La música lo empuja hacia atrás. Llega. El lugar está colmado. Pogo. La banda suena en el escenario. Lupus intenta llegar. Como en su sueño, intenta llegar al escenario. Allí está Ricky con el bajo colgado. Es un zombi. No puede acercarse. La gente se lo impide. Lo mismo, como en un gesto instintivo, se introduce en la masa. La horda de gente lo lleva a una punta y a la otra. Se deja llevar. Levita. Al fin lo depositan frente al escenario. Ricky desde arriba lo mira. Deja de tocar. La banda sigue. El bajo ya no se escucha. A nadie le importa. Son segundos donde los dos han creado una conexión íntima. Un canal que los involucra a ellos solamente. El resto no se da cuenta. Todo sigue igual.

Lupus baja la mirada y se da vuelta. Retoma su camino. Ricky toma su instrumento por el mástil y se acopla a la banda. Lupus se introduce en el público y a los golpes llega a la escalera. Sube. El aire más fresco entra en sus pulmones. Alguien lo toma del brazo y lo lleva al baño que está apenas termina los escalones. Los dos en el baño. El otro saca de su bolsillo un papel. Con una tarjeta levanta el polvo blanco y se lo pone en la nariz a Lupus. Aspira profundo. Amargo. (Un gran remedio para un gran mal). Sale del baño. Choca con algunos en el camino.

Sale. Llega a la vereda.

VII

Hay varias personas. Un grupo sentado habla casi a los gritos, todos a la vez intentan hacer escuchar su relato. Ninguno escucha. Ninguno recordará mañana lo que escuchó. Tampoco recordará lo que dijo. Otros, de pie, en círculo, pasan el faso de mano en mano. Lo fuman rápido. Intentan terminar lo antes posible con la evidencia y así poder disfrutar el cuelgue. Lupus se detiene entre los dos grupos. No ha levantado la vista. Lo hace. Gira su cabeza y mira a un lado y luego al otro con los ojos rojos y muy abiertos. Fija su vista en los que hablan. Se callan. Silencio. Miran a Lupus con desconfianza, no lo conocen. Lupus los mira fijo. Desafiante. Los del círculo detienen la marcha giratoria y miran. Un auto pasa, frena unos segundos y sigue. No se escucha nada, solo un leve sonido que llega desde abajo, desde la cueva donde la banda toca. El viento ya no sopla. La escena es una fotografía, como si el tiempo se hubiese detenido. El clima, tenso. Los que hablaban y ahora están callados, se levantan. Son cuatro. Remeras negras y botas. Pelo largo y jeans rotos. Aprietan los dientes y los puños. Están parados frente a Lupus que no baja la vista. Lo increpan: qué mirás, la puta que te parió?. Lupus no contesta. Uno de ellos avanza y queda cara a cara. A un centímetro de distancia. Qué mirás? Y empuja a Lupus que recibe el golpe, trastabilla y vuelve a enderezarse. Otra vez de pie, firme con la mirada perdida en su oponente. Los otros lo han rodeado. La actitud desafiante de Lupus los encoleriza aún más. Desde atrás lo empujan, cae sobre el que está por delante que lo devuelve con un golpe. Lupus no siente nada. Le pagan duro. Cierra los ojos.

Los fantasmas que lo persiguen están ahí para salvarlo. Lo alzan y mecen. Lo sacan del medio y lo llevan hasta la esquina. Lo depositan en el jardín de una casa. Sentado en el pasto, apenas húmedo, mira alrededor: cuatro árboles, de cada uno de ellos, de sus ramas más altas, atados de los tobillos, con la cabeza hacia abajo, a punto de explotarles, en absoluto silencio, cuelgan los que hablaban sin parar en la puerta del bar.

(Cosas de hechicería desafortunada).

VIII

Se incorpora. Debe seguir su camino. Comienza a caminar. Bordea el canal. El agua ya no es una amenaza. Solo escucha el ruido, cada vez más lejos. Anda tranquilo pero sus pasos son firmes. Es de noche tarde. El futuro llegó y él está ahí, en el presente del futuro. Sabe que aquí y ahora empieza de nuevo. Siente que la intensidad de los últimos días-semanas-meses le ha quitado algo que jamás recuperará. Hay un vacío, le falta algo, no puede describir qué es, pero él ya no es el mismo. Dejó de serlo, no porque así lo haya querido, sino porque ese algo le fue arrebatado. Ya no puede mirar con los mismos ojos, su mirada ya no dice lo que antes decía. Sus ojos están vacíos.

Va en busca de su dirección. Camina con rumbo. La mente clara. El objetivo está cerca.  Acelera el paso. Llega a la ruta que separa la Ciudad en dos, la que divide entre luz y oscuridad.

Cruza hacia  el otro lado.

Entra a la Ciudad Oculta. Está amaneciendo. Los primeros rayos del sol pegan fuerte sobre los techos de latas que parecen sufrir el calor y crujen de dolor. No hay nadie por las calles de tierra. Todos están guardados.

Camina hasta el final de la villa. Sube la pequeña loma. Llega a la casa de Memermo. Los tres perros fieles están ahí, echados en el suelo, firmes en la entrada. Soldados sin amo. Los saluda con un gesto. Mueven la cola, lo reconocen. Siguen echados.

Hay un reino sin rey.

Hay un reino que recuperar, piensa. 

Abre la puerta y entra a la casa.

FIN

PUBLICO RESPETABLE

Muchas veces, durante gran parte de mi vida, me he preguntado he imaginado, cómo un escritor escribe, es decir, cuales circunstancias lo rodean (o qué circunstancias deben rodearlo) y  cómo se debe comportar en el momento de la escritura, de la creación. Es decir, cómo es (o debe ser) un escritor. Y siempre mi mente vuelve a una misma figura, la de Jack Torrance. Es tan fuerte su imagen abandonando su trabajo de profesor y la ciudad para confinarse junto a su familia en un hotel absolutamente desolado (aunque en realidad no estaba tan vacío…..) en el medio de la montaña, inaccesible durante todo el invierno por las fuertes nevadas, habiendo dejado de beber, para poder por fin, concentrase, sentado en el medio de una habitación enorme, amoblada solamente con una silla y un escritorio, frente a la máquina de escribir y pasar horas y horas mirando la hoja en blanco sin que ninguna palabra lo convenza para que por fin el momento del gran éxtasis de la inspiración llegue y la historia comience a tomar forma. Ese deseado momento no llega, el basurero va subiendo en altura lleno de papeles apenas manchados, vacíos,  y la cabeza del profesor Torrance se colma de voces perturbadoras.  El final es conocido.

Por suerte mi experiencia como escritor no terminó como Jack. Tampoco empezó como él. Las historias que integran este libro suceden y giran en mi mente desde hace veinte años, desde siempre he querido escribirlas, contarlas, darle forma a esa vorágine. Pensé que iba a necesitar largos momentos de introspección, lugares desolados para lograr que la inspiración nazca, retirarme a mi hotel Overlook. Pero no. Las historias tenían tanta fuerza que ejercieron un poder sobre mí, tanto que escribirlas resultó catártico,  liberatorio. Una cura.

Y también ellas solas pusieron la banda de sonido. Se musicalizaron. Son parte de una época donde Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota fue la ventana para  una generación que, ante tanta desilusión, encontraba en cada letra de sus canciones, la fuerza para salir, para seguir, para rebelarse y sobre todo para aguantar la opresión de un Estado que se achicaba agrandando las necesidades de la gente y dejando de lado a los jóvenes que naufragábamos en un sistema repelente. Y fueron los Redondos los que nos dieron una bandera, una religión.  Y lo hicieron sin aprovecharse de nuestra debilidad, no nos golpearon bajo, no nos victimizaron, nos respetaron. Nos protegieron, pero no como se protege a un idiota, sino haciéndonos cargo de nuestra identidad. (…. Este asunto está ahora y para siempre en tus manos, nene. Por primera vez vas a robar algo más que puta guita.).

Por eso hay inexorables referencias a los Redonditos, desde el título principal,  Lupus, y en cada texto de cada capítulo. Escribir sobre esos años noventa, sin referirlos, sería llenar un basurero de papeles en blanco. No podría hacerlo. No podría dejarlos fuera.

Fueron años oscuros y los Redondos pusieron el día en nuestros corazones.

Así como estas historias tuvieron desde el principio su propia música también se fueron ilustrando, pero no solas, sino que fue “El Gran Ilustrador” Semilla Bucciarelli  el que se encargó de hacerlo. Mi agradecimiento no tiene límites, será eterno. Semilla, gracias otra vez.

Hay otros agradecimientos, igual de eternos, para tres personas que participaron  de este proyecto, de onda, haciendo lo que saben hacer, con mucha alma. Gustavo Valdez,  sacó las fotos e hizo el diseño. Genio.

Gustavo Tarantuviez

TRAIDORES

TRAIDORES

Muerte al traidor

(no hay otro destino posible) 

sus hazañas de callejero indómito terminan (mal)

los recuerdos de ganador se marchitan.

En los últimos segundos

en los que la agonía marca el pulso

intenta pedir perdón

pero no hay clemencia para el que traiciona

no hay ley para el desleal

sólo un destino oscuro

de noches y días de desencuentros

y una fría sensación

del acero hundido en el pecho. 

I

Piensa en traición. 

Mira el silencio.

Escucha la soledad.

Siente el recuerdo.

Traición. La palabra resuena, una y otra vez. Lo aturde. Lo agobia. Lo debilita. 

Sentado solo a la orilla del zanjón, seco de años sin agua, gris de vegetales calcinados por el sol, hediondo por los animales que allí quedaron, piensa en traición. 

Ese es el lugar al que recurre para estar solo y en calma. Para encontrarse con sí mismo y nadie más, para diseñar sus días. Allí, piensa en traición.

Este no es un buen  momento de su vida. Ha pasado por muy malos, es cierto, y tal vez éste es el peor de todos. La soledad ha llegado para quedarse. Ya no tiene amigos, ni siquiera aliados. Y, lo peor de todo, tiene muchos enemigos.

Como despertando de una siesta, saliendo de un largo letargo, un pericote aparece por debajo de un montón de hojas acumuladas por el paso del tiempo. Cruzan miradas, el animal no le teme, hace tiempo se adueñó del lugar, no hay nada que allí le importe, con rapidez gira su cuerpo y camina tranquilo hacia el otro lado. Tom lo sigue con la vista fija en el pelaje pardo y en el caminar altanero. 

Tom piensa en traición. 

Sabe que lo persiguen. Es presa. El cazador está cerca. Lo intuye. Atravesó el último límite, aquél que no debía atravesar, se metió donde no era bienvenido y ahora lo buscan. 

Aquí,  cree estar a salvo. Por el momento, al menos, puede pensar. No tardarán en dar con él. Ha dejado muchas huellas en estos últimos días. Se ha desconcentrado en su intento por escapar y ha acelerado su captura. Cuando lo encuentren no habrá piedad. Siempre ha sido así. Siempre será así. No hay piedad para el que traiciona. 

Ensimismado en sus pensamientos aprieta fuerte la mochila que cuelga de su hombro y camina en dirección contraria al zanjón, hacia la calle, sin saber su destino ni su final. Aunque lo sabe, está seguro, solamente hay un fin.

II

Esteban abrió la puerta de su auto y entró. Al sentarse y apoyar las manos sobre el volante se dio cuenta que iba a ser la última vez en mucho tiempo que manejaría su Toyota Corolla. Desde que le confirmaron que había sido elegido para ocupar el cargo en California pensó en la gran cantidad de cosas que no volvería  a hacer, al menos hasta dentro de algunos años. Los partidos de fútbol con sus amigos los sábados, las visitas a su madre los martes a la tarde donde ella lo esperaba con un budín de manzanas recién horneado y los encuentros con los compañeros de secundaria los primeros viernes de cada mes figuraban entre las nostalgias aseguradas en este desarraigo que estaba por emprender. Pero la importancia del puesto laboral al que había aspirado durante mucho tiempo y para el cual se preparó a conciencia destinando horas de descanso al estudio del idioma inglés y al perfeccionamiento de algunas áreas de la legislación impositiva del país del norte, justificaban abandonar su tierra por un lapso de tiempo indefinido, tal vez para siempre. Aquí su trabajo ya no le generaba inquietudes y el sueldo si bien era bueno sabía que no estaba lo suficientemente acorde a las labores que desarrollaba. Además siempre había querido vivir en EEUU y ésta era la mejor posibilidad. Por fin, luego de mucho tiempo de competir con otros colegas postulantes de distintos países de Sudamérica lo había logrado. La selección fue rigurosa e incluía una exhaustiva investigación sobre las personas que postulaban al puesto.  En otras oportunidades, a lo largo de veinte años de carrera en la empresa, había quedado en la puerta de dar el gran salto. Por eso, esta vez era “la última” ya que con sus casi cuarenta años de edad sabía que no iba a tener nuevas chances. Arrancó el motor y mientras se colocaba el cinturón de seguridad emprendió la marcha mirando el espejo retrovisor que enmarcaba a sus tres compañeros de trabajo con los que había cenado a modo de despedida. Los tres lo saludaban de pie con la mano en alto. Él sacó la suya por la ventanilla con el pulgar arriba. Se alejaron de su alcance y fijó la vista en la ruta. Nunca bebía demasiado, siempre lo hacía de una manera mesurada. No se excedía con nada y menos con el alcohol. Pero esa noche, el calor agobiante y los brindis por su despedida hicieron que se excediera. Bebió de más pero se sentía bien, capaz de manejar sin problemas. Eran cerca de las cuatro de la madrugada y no tenía sueño, las últimas dos copas de champaña lo habían despabilado. Recordó que a la tarde había hecho las valijas. Eso lo reconfortó. Nunca nada escapaba a su control, cada paso que daba había sido previamente medido. Al medio día un remis lo pasaría a buscar por su casa para llevarlo al aeropuerto y de ahí su viaje a las grandes ligas. A su edad no era fácil lograr un ascenso de esa naturaleza. Seguramente su soltería había sido un factor determinante para que lo eligieran y además su fidelidad a la empresa a la que había dado parte de la vida hizo que los grandes jefes estadounidenses se inclinaran por él. El  aire acondicionado del auto y pensar en el cambio que comenzaría en pocas horas le daba una sensación de bienestar que hacía mucho tiempo no sentía. Aceleró por la autopista que se encontraba vacía a esa hora y anduvo los casi quince kilómetros hasta el desvío que debía tomar sin ver ningún otro vehículo. La luz de la luna hacía que todo brillara. El cielo estaba despejado y seguramente seguiría así todo el día. El avión despegaría sin problemas y sin turbulencias. Él reclinaría su asiento y podría relajarse. Sonrió al pensar en esa imagen. Giró a la derecha y entró a la calle que comunicaba la autopista con la ruta provincial que lo llevaba a su casa. Era un trayecto más largo que el que realizaba habitualmente, en el que debía atravesar una zona rural, pero el otro, el más directo, hacía tiempo que se encontraba cerrado por reparaciones, las que como de costumbre, se demoraban más tiempo del previsto. La calle, angosta, de un asfalto con imperfecciones, solamente de un sentido de circulación, estaba bordeada de una frondosa arboleda. Añosos carolinos en línea, separados por muy poco espacio, enmarcaban el trayecto y oscurecían el cielo con sus ramas que se cruzaban al medio de la calle impidiendo filtrar la luz de la luna. No había iluminación artificial, solo algunos rayos de luna, que lograban escapar del enmarañado de ramas, marcaban el camino que Esteban tenía por delante. Hizo fuerza con los ojos para aguzar la mirada y concentrarse en manejar con menos luz que en la autopista, pero no redujo la velocidad, la soledad del lugar y el efecto desinhibitorio de la bebida le otorgaban una sensación de seguridad extra. Cuando restaban unos pocos kilómetros para ingresar a la ruta provincial, de la nada, o al menos eso pensó Esteban, en una milésima de segundo, algo o alguien cruzó por delante de su automóvil y él no pudo evitar el golpe. El ruido fue seco. Como de algo que se quebraba  y que no iba a volver a su estado anterior. Algo que ya no sería lo mismo. Frenó de golpe. Las ruedas derraparon unos cincuenta metros hasta que se detuvo por completo. Sintió que las manos le dolían, las tenía sujetas al volante con tanta fuerza que los dedos parecían hinchados a punto de explotar. Los brazos firmes y rectos. La mirada fija en la mancha roja que cubría el parabrisas. Cerró los ojos. Esto no podía estar sucediendo. Los abrió. Y arrancó el motor. Hizo funcionar el limpiaparabrisas, el chorro de agua alcanzó a limpiar levemente la sangre esparcida por el vidrio, al menos para poder ver hacia adelante. Puso primera y aceleró. El corazón latía con fuerza. Alguna vez había leído que la primera reacción de alguien que atropella a otro era escapar para luego volver al lugar del hecho. Pero él no sabía qué era lo que había atropellado, ni cómo había sucedido. Y tampoco volvería. No volvería se dijo. Pero frenó bruscamente. El silencio del lugar fue aún más fuerte. Sólo se escuchaban sus latidos. Y la respiración aceleraba casi sin descanso. Trató de calmarse. Respiró hondo. Varias veces inspiró y expiró aire en forma sucesiva. Varias veces hasta que logró calmarse un poco pensando en que solamente habría sido un animal al que habría atropellado. Iría a ver. Nada podría ser tan grave. Seguramente sería un perro o un zorro, animal común en esa zona. Bajaría del auto, recorrería los cien metros que lo separaban de la cosa y se encontraría con un pobre perro que había corrido una mala suerte, volvería al auto y llegaría a su casa a emprender el viaje a EEUU. Abrió la puerta del auto pero no descendió inmediatamente. Dejó que una oleada de aire caliente se introdujera en el habitáculo. Estaba muy transpirado, con la camisa pegada en el respaldo del asiento. Descendió. Las piernas le temblaban. Debió apoyarse en el auto para no caer. Pudo restablecerse. Dio los primeros pasos firmes. Comenzó a caminar rápidamente, para terminar lo antes posible. Avanzó. Estaba solo, ningún auto transitaba por esa calle, ni siquiera a lo lejos se podía  apreciar alguna luz que avanzara hacia él, tampoco a los costados podían verse señales de civilización. Solamente él y lo que encontraría al llegar. El zumbido de los insectos de campo lo envolvía. Se acercó cada vez más. Al llegar a unos pocos metros se detuvo. Vio algo en la mitad de la calle. Un bulto que se movía apenas. Como convulsionando en cámara lenta. No hizo ruido. Caminó unos pasos más y ya no había duda. Era una persona la que estaba tirada en el pavimento. Se detuvo. Miró a su alrededor. Nadie. Caminó hasta el lugar. Llegó. Esteban ya está parado sobre él. Es un varón. Tal vez una persona mayor. No puede precisarlo. El brazo derecho está doblado contra su posición natural, una fractura a la altura del codo lo hace ver así y le cruza por encima de la cara. De la boca brota un hilo de sangre y cae al piso haciendo un pequeño charco en el asfalto. Esteban se agacha y se acerca más. El hombre respira. Apenas respira. Y balbucea. – ¿Qué me hiciste? – dice. Los ojos se le cierran. Esteban no sabe qué contestar porque no sabe qué hizo. Sólo dice algunas palabras incomprensibles que salen de su boca pero no de su mente. Toma el teléfono móvil, lo desbloquea y la luz de la pantalla ilumina su rostro. Piensa que si pudiera verse bajo ese haz de luz vería a una persona desesperada. Marca el 911. Da señal de llamada. Suena una vez, dos veces y mira al que está en el suelo. Una voz femenina atiende del otro lado. Esteban cuelga. Guarda el teléfono en el bolsillo del pantalón. 

No podés llamar a la policía. Cómo le explicarías lo que pasó, sino sabés qué fue lo qué pasó. Pensá. 

Los gritos de dolor del otro, su víctima, lo sacan de la ensoñación. Mira hacia abajo y sigue ahí, tirado en el medio de la calle. Se retuerce contra el asfalto, gira sobre sí mismo con movimientos espasmódicos. Pero no mueve las piernas, mueve solo el torso, como esos muñecos que los niños desencajan y luego dejan tirados por un lado el torso y por otro las piernas. Esteban lo observa asombrado, nada de esto es real, debe ser una broma de mal gusto de sus compañeros de trabajo antes de su partida. El otro se agita bruscamente y salpica de sangre la cara y camisa de Esteban. No es un chiste ni es un sueño. Tampoco puede llamar a la policía, en pocas horas el vuelo que le cambiará la vida despegará y él tiene que estar ahí. Mira el reloj. Son las cuatro y media. En una hora más amanecerá. El otro grita cada vez más fuerte. No hay movimiento en la zona, ni autos ni camiones, pareciera que esa calle alternativa hubiera sido olvidada, quitada del mapa.  Pero no puede arriesgarse, en cualquier momento pasará algún vehículo, o un policía, y su sueño de vivir en EEUU se esfumará. Recuerda su auto. Estacionado allí, donde quedó, la puerta abierta, con las llaves puestas. Su escape. Su salida de este infierno. 

Andate, subite al auto y acelerá lo más que puedas y llegá a tu casa. 

Corre hacia él.  En un mismo acto entra y lo arranca. Acelera pero no por la calle, gira hacia la banquina, se introduce por una huella de tierra. El camino se transforma en lomas de barro. Detiene el motor.  Los oídos le zumban. Intenta abrir la puerta pero le cuesta, los matorrales que lo rodean lo impiden. Hace fuerza hasta que lo logra. Sale del auto, las ramas lo raspan, lo atrapan, no lo dejan andar. Con los brazos y la cara raspada, con pequeños hilos de sangre brotando de las líneas que han quedado como tatuajes rituales en su rostro, camina. Con fango hasta las rodillas, abre camino entre la maleza. A lo lejos, por el camino que él hizo hace un rato nada más, dos luces se acercan, no alcanza a divisar bien pero seguramente es un auto que ha girado desde la autopista principal, aunque iluminan más alto de lo normal, tal vez sea una camioneta. Podría ser un móvil policial. Las luces cada vez más cerca. No parecen venir muy rápido pero su marcha acelera los pensamientos de Esteban. 

Si lo dejas en el medio de la calle lo va a encontrar el del auto y llamará a la policía y vos escondido acá en el medio del campo cómo lo explicas. 

Comienza a correr entre los arbustos hacia la calle, el piso de fango hace que sus piernas  parezcan de cemento, mete el pie derecho en un pozo, un crujido emana de su tobillo, el dolor es fuego que sube por la pierna y muere en su sien como si miles de agujas lo atravesaran a la vez. Renqueando logra llegar al pavimento. Mira, las luces que están ahí. Vienen. Apenas puede hacerlo pero corre, lo más rápido que su cuerpo, falto de entrenamiento, se lo permite. Transpira y no piensa.  Tiene la vista nublada, mezcla de sudor y lágrimas. Llega donde está el hombre tirado. El auto se acerca un poco más, en cualquier momento amanecerá y él y su víctima serán presas de la luz. Se acerca, lo mira como quien ve algo desconocido, algo de lo que no se tenía noción hasta ese momento. El del piso se queja. Los gritos de dolor ahora son alaridos, retumban en su cabeza como si fueran ajenos a la realidad. Está mareado, pero se siente sobrio, la cena de despedida pertenece a otra vida, a algo que pasó hace años, o tal vez nunca existió. Tiene que sacar al otro de ahí. No puede dejarlo en el medio de la calle. Ya escucha el motor del auto que se acerca. Lo toma del brazo sano, el izquierdo y comienza a tirar para llevarlo hacia la banquina. Lo arrastra. Le cuesta, pesa más de lo que esperaba. Esteban nunca se caracterizó por ser deportista o poseer gran destreza o fuerza física. Sus virtudes estuvieron más ligadas a lo intelectual, a lo académico, por ello ahora le cuesta mucho tirar de ese cuerpo. Tiene que hacer un descanso porque está agitado. Lo suelta y el otro no cesa de gritar. Esteban arranca un trozo de remera ensangrentada y la usa para amordazarlo, le cubre la boca con el trapo y los gritos se acallan. El silencio vuelve al lugar. Logra dejarlo más allá de la banquina, escondido tras unos yuyos frondosos, en el piso de tierra apoyado en un álamo. Los ojos del otro son de miedo, lo mira aterrorizado. Esteban no lo ve, con la respiración entrecortada y la vista fija en la nada, con lágrimas que caen sin permiso,  de pie al costado del otro, las manos rojas de sangre colgando al costado del cuerpo, eclipsando con su figura el primer rayo de sol del día, ve pasar raudo el auto y decide su futuro.  

III

Las calles de Zampaya no son calles, son pequeñas huellas de tierra que, como una quebrada, separa las casas a ambos lados. Las viviendas hechas de barro, amorfas, bajas, dan cobijo a seres que viven en esas montañas cercanas al cielo. La altura, más de 4000 metros, hace que todo sea más lento. Cada paso es una ceremonia en la vida de los que allí están. No sólo es la sensación de que el tiempo se detuvo en ese lugar, sino en realidad no existen relojes, es el sol el que domina los momentos. Ubicado a unos cien kilómetros de la Ciudad de La Quiaca, hacia el Oeste, casi en la nada misma, el pueblo de Zampaya no existe para el resto del mundo, solamente es el refugio de cinco mil almas que desde hace siglos perduran en esas tierras. 

IV

Tom ha llegado a Villazón, Bolivia, en un colectivo desde La Paz. El viaje ha sido largo. Ahora, sentado en uno de los bares del Mercado Central toma una cerveza Paceña y come una mezcla de papa, arroz y maíz de la cual ya olvidó el nombre. Siente una puntada en la nuca, producto de la altura, seguramente y del calor que lo agobia. La sequedad de la boca no se calma ni con los tragos largos de cerveza helada. El Mercado Central es un tinglado gigante que aglutina cientos de pequeños negocios de venta de verduras, frutas, carnes, flores, especias y comidas preparadas. Una conjunción aturdidora de olores y colores y también de gente que transita. Tom está solo. No habla con nadie. Fija la vista en su botella. Intenta no llamar la atención, aunque no le resulta fácil camuflar su piel clara y cabello rubio entre la población del lugar. Viste jeans negros, borceguíes y remera también negra. Tiene en su regazo el único equipaje que lo acompaña, una mochila oscura aferrada por su mano izquierda de manera permanente. Las personas pasan por decenas a sus costados sin siquiera mirarlo. Lo rozan con las bolsas cargadas de mercaderías y siguen de largo. Sólo una se detiene. Es un hombre de estatura baja, de tez oscura y piel curtida. No dice nada, se aproxima a la mesa, casi hasta tocarla, y deja allí una llave y un sobre de papel madera. Luego, desaparece. Tom toma el sobre y, sin abrirlo,  lo guarda dentro de la mochila. Se levanta y con la llave en la mano sale del Mercado. 

V

El vuelo proveniente de Jujuy aterrizó a horario en el Aeropuerto de Mendoza. 

Cuando las ruedas traseras hicieron contacto con la pista el pasajero del asiento 12 A desajustó el cinturón y de manera instintiva introdujo la mano derecha en el bolsillo interno de la chaqueta de cuero. Sacó un paquete de Marlboro arrugado y casi vacío. Tomó un cigarrillo y lo llevó a la boca, lo sostuvo en la comisura de los labios mientras del bolsillo del jean extraía un zipo. 

No lo encendió. Jugueteó con él mientras descendía de la nave y hasta que  traspasó la puerta de egreso del edificio. Solamente llevaba equipaje de mano, por lo cual la salida fue rápida.  Ahí, al ver la luz del sol que le hacía achinar los ojos y mientras varios taxistas le ofrecían sus servicios, sin hacerles caso, encendió el cigarrillo, inhaló profundamente una bocanada, exhaló el humo apuntando a la montaña que a lo lejos se divisaba mientras con su mano derecha extraía del bolsillo del pantalón el teléfono móvil y apretaba el botón del último número marcado.  

VI

La luz del sol invade el paisaje transformando lo que parecía un mal sueño en una realidad angustiante. Cada cosa toma su color, el día ilumina dando certezas, mostrándole a Esteban, como si se tratara de una proyección en 3D, en una pantalla envolvente, que se encuentra a la vera del camino que lo lleva a su casa, en un descampado rodeado de arbustos silvestres, transpirado, con la camisa manchada de sangre y los pantalones sucios y hechos girones, con los zapatos con barro y a sus pies un hombre moribundo que abraza una mochila y lo mira tratando de explicarle algo. 

Y Esteban, con la vista fija en la ruta, ve como su futuro se aleja. El ascenso en el trabajo, el viaje a EEUU y su nueva vida, han pasado a ser imágenes de otra película, de una en blanco y negro, de una que será difícil volver a ver.

VII

Sale, los ojos, acostumbrados a la penumbra del Mercado Central de Villazón, piden clemencia ante ese sol tan cercano. Tom se calza las gafas oscuras pero éstas apenas lo protegen. Intenta dar pasos ágiles y veloces pero la sensación es como si una mole de cemento lo aprisionara. La ansiedad lo impulsa a caminar rápido y a medida que acelera la puntada en la nuca aumenta. Las calles de Villazón son estrechas y en pendiente, y siempre pareciera que esa pendiente es en subida, porque la lentitud de los pasos acentúa la dificultad de caminarlas. Los negocios de electrodomésticos, calzados, ropa. Miles. Despliegan sus productos desde las vidrieras invadiendo las veredas.  Y en las esquinas cholitas que exprimen naranjas y venden el jugo y paquetes de hojas de coca. Tom compra de los dos. Bebe de un sorbo el vaso que reconforta la garganta agrietada por la aridez del entorno e introduce en la boca un puñado de coca. Masca. El sabor amargo lo impregna. Salvación milenaria para el mal de altura. Encuentro de la madre tierra en la tierra sembrada de sangre, piensa Tom. 

Cruza la calle hasta llegar a la camioneta estacionada en el otro lado. Una Toyota Hilux 4×4 automática. Con la llave abre la puerta, entra y se acomoda en el asiento del conductor. De la mochila, que ha puesto entre las piernas, saca el sobre y lo abre, extrae una foto y un mapa hecho a mano con dos cruces marcadas, una al principio y otra al final del camino. Lo vuelve a guardar. Estira el brazo hasta la gaveta y extrae una ametralladora, una FMK 3 9 mm, corrobora que esté cargada y la deja en el asiento del acompañante. Arranca el motor.

VIII

El ruido lo sobresaltó. Porque no lo esperaba, Esteban no se había dado cuenta que el que estaba tirado en el piso tenía una mochila que no soltó  ni por la violencia del impacto con el auto. La apretaba tan fuerte con un solo brazo (el que le quedaba sano) que parecía como si en ello se le fuera la vida. De la mochila salía el ruido que lo había asustado. Era un ringstone de un teléfono celular. Una melodía de una canción conocida, pero que no lograba reconocer. Lo escuchaba lejano, como si viniera de otro mundo, algo extraño, casi como en un sueño. Cesó. Esteban se preguntó si realmente lo había escuchado. Si había sucedido. Volvió a sonar. Insistente llamaba. Esteban se agachó y del bolsillo externo de la mochila extrajo el teléfono móvil que no paraba de sonar. Miró la pantalla, que se encontraba triZada, tal vez por el golpe que él le diera con su auto, que intermitentemente avisaba: “llamada entrante Marco Antonio Alcázar”.

Dudó en atender. No sabía que decir. Estiró el brazo como para que la distancia le diera tiempo a pensar. Seguía sonando la llamada. Miró hacia abajo, el otro balbuceaba algo, inentendibles palabras salían de su boca dañada por el accidente. Seguramente un par de dientes menos. Por fin se decidió. Deslizó el dedo por la pantalla y llevó el auricular a su oído sin decir nada. Del otro lado una voz gruesa, seca, con un tono típico de las provincias del noroeste o de Bolivia o Perú dijo:

– Te voy a encontrar

Esteban no contesta.    

Silencio.

Del otro lado vuelve a resonar la voz:

  • Te voy a encontrar.

Fin de la llamada. 

Esteban tarda unos segundos en darse cuenta que la comunicación ha finalizado. Con el teléfono aún en la oreja mira al que está en el piso que le devuelve una mirada aterrada.

IX

Aprieta el botón rojo del mando a distancia. Se encuentra a unos cien metros del objetivo, aquélla casa en la que ha estado infinidad de veces, que conoce de memoria. El primer explosivo detona. Las llamas iluminan el cielo grisáceo del invierno. El segundo y el tercero explotan casi en simultáneo. El fuego es total. El edificio arde por completo. El cuarto, ya casi sin sentido, termina de derrumbar e incendiar lo poco que quedaba en pie. Alcázar, guarda el control remoto en el bolsillo de su campera y camina lentamente en dirección contraria a las llamas mientras siente miles de sirenas que se acercan.

X

Tom es Tomás Andrada, nació en el Barrio Santa Evita, en los suburbios de Mendoza. Literalmente nació allí porque su madre no llegó, tal vez nunca pensó en llegar, a un hospital. 

Hijo de una generación desclasada, su infancia fue similar a los demás niños de esa barriada: poca comida, mucha calle poca escuela. Es de estatura mediada y delgado, aunque sus brazos son fibrosos y fuertes. A mediados de la década del noventa Tomás cumple dieciocho años.

El Potrillo tiene dos años menos que Tomás y nunca nadie conoció su verdadero nombre. Fue amigo y protegido de Tom desde la infancia. Después de sufrir una enfermedad que le dejó serias secuelas en el caminar y en el habla,  sus padres lo abandonaron y vivió gran parte de su niñez y adolescencia en la casa de Tomás quien lo cobijó como a un hermano, le dio asilo en su hogar y se hicieron inseparables amigos. 

En los albores de su adolescencia comenzaron una red de distribución y venta de marihuana y cocaína. Al principio fue algo a muy baja escala, solamente le vendían a los pibes del barrio, todos conocidos y casi sin peligro alguno. Hasta que conocieron a la persona que les cambiaría la vida. 

Marco Antonio Alcázar es boliviano. Nacido y criado en un pueblo del interior de Bolivia. Desde los diez años trabajó la tierra junto a sus padres y hermanos. A los quince decidió que esa vida no era para él y abandonó el hogar. Deambuló por varios lugares haciendo diferentes tareas pero ninguna le gustaba. Sentía que el trabajo duro no era bien remunerado y que había formas de ganar dinero de manera más rápida. Había decidido que no iba a quedarse a trabajar toda la vida ganando lo justo para comer. Realizó distintas labores hasta que al cumplir los 18 consiguió trabajo como chofer de una camioneta de reparto de mercadería. Sus obligaciones  consistían en llevar cargas de Bolivia a Argentina. Allí descubrió que el paso fronterizo desde Villazón hacia La Quiaca no tenía ningún tipo de control y que podía cruzar sin ser revisado por los policías y gendarmes. Pasó de ida y vuelta en la camioneta varias veces, cargada con distinto tipo de productos y jamás lo revisaron más allá de un simple vistazo general a la carga. No tardó en comenzar a pasar electrodomésticos sin declarar a los que le hacía el doble de ganancia al otro lado de la frontera. Pero no era ese margen el que lo animaba a seguir, sino el conocimiento que iba tomando de la zona y de sus costumbres. Casi naturalmente comenzó a pasar cocaína. Ya tenía  los contactos para conseguirla en Bolivia y para llevarla a Argentina. Solamente faltaba encontrar a quien la distribuyera en este país.

XI

Una de la tarde y la campana  sonó como todos los días. Con firmeza y repetidas veces la directora de la escuela de Yavi la hizo sonar. Los niños, ordenados en fila, salieron sin apurarse del edificio. La mayoría, se dirigió a sus casas caminando o en bicicleta, algunos vivían cerca, en el mismo pueblo, y los demás en otros más alejados. Yavi se adentra en la montaña jujeña en el medio del camino entre La Quiaca y Zampaya y su escuela nuclea a los estudiantes de varios kilómetros a la redonda. Como todas las construcciones del lugar es baja de adobe y paja. Sus calles son  de tierra y también el tiempo se ha detenido y no tiene la menor importancia a no ser para la directora de la escuela que todos los días marca con su campana la una en punto.

Uno de los últimos niños en salir se subió al asiento trasero del único vehículo estacionado en la angosta calle, una camioneta Toyota SW4. Cerró la puerta y el conductor arrancó raudo. Todos los días Marco Antonio Alcázar buscaba en la escuela de Yavi a su único hijo, Edwin de cinco años, y lo llevaba a la casa en Zampaya a más de 50 kilómetros de distancia.

XII

En los años noventa, la paridad del peso argentino con el dólar estadounidense, forzada a través de la ley de convertibilidad, hizo que personas de los países limítrofes migraran hacia Argentina en busca de la moneda gringa para luego hacerla valer en sus países de origen. Así, vivían en Argentina trabajando en cualquier actividad que consiguieran y lo ganado lo giraban en dólares  a las familias que habían quedado en sus hogares. Los padres de Marco Antonio, sufriendo la inestabilidad económica de Bolivia, decidieron partir hacia Argentina a probar suerte. Al igual que otros de sus compatriotas se instalaron en Mendoza a donde llegaron como obreros golondrinas para las cosechas de época. Marco Antonio se había quedado en Bolivia y hacía mucho tiempo que no veía a su familia. Decidió hacerlo y viajó a Mendoza. Allí llegó, con poco más de veinte años de edad. Los padres junto a los tres hermanos menores de Marco Antonio habían arrendado una pequeña casa en el Barrio Santa Evita. En la cochera, abrieron una verdulería que era atendida por Rosa, la madre de Marco Antonio, mientras César, el padre, trabajaba en la construcción. 

Una tarde de mucho calor, Tomás y el Potrillo, en su barrio, tomaban una cerveza, sentados en la vereda apoyando la espalda en la pared del kiosco donde la había comprado. Así pasaban días enteros, en largos silencio por momentos, aletargados sorbos de cerveza tras cerveza, esperando a sus clientes-vecinos.  Vendían pequeñas cantidades, con lo que les alcanzaba para consumir y vivir tranquilos. No necesitaban más. Miraban a su alrededor y todos empobrecían cada día. La pobreza era palpable. El deterioro de la sociedad se evidenciaba con la luz del sol que brillaba en los carros de los cartoneros, ganado trashumante en aquella guerra contra el hambre. Por el contrario, el negocio de Tom y su amigo era cada vez más próspero. La cocaína se adueñaba del mercado y su venta crecía sola, sin necesidad de propaganda ni grandes esfuerzos. Hasta esa esquina llegó Marco Antonio, a paso lento, como acostumbraba en sus tierras altas. Su impronta imponía respeto.   No muy alto pero fornido, con un tatuaje de una serpiente que le cruzaba la cara. Vestido con jeans gastado, zapatillas altas que llamaban la atención por el color fluorescente y remera Nike. El andar se escuchaba a lo lejos, como si cada paso fuera un golpe. Pidió una cerveza en el kiosco y se quedó parado bebiéndola mientras fumaba un cigarrillo. Tomás y el Potrillo lo miraban de reojo, era la primera vez que lo veían, para ellos, que habían nacido allí, era un desconocido en el barrio. Tensaron sus músculos y pusieron en alerta el instinto callejero. Cabía la posibilidad que ese extraño fuera un policía de civil mandado a involucrarse mimetizado como uno más del lugar. Viejas estrategias policiales harto conocidas pero que, increíblemente, terminaban dando resultados. Preparados para descartar cualquier evidencia que los comprometiera mantuvieron la escena con normalidad, la de dos amigos compartiendo un rato en la esquina del barrio. Pero, ya no se sentían cómodos sentados, quedaban en inferioridad física. Se levantaron y apuraron la cerveza. Aunque lo intentaron, no pudieron hablar. La invasión de ese forastero los preocupaba. Tomás se dirigió hacia el comercio con el envase vacío en la mano. Marco Antonio se interpuso en el camino y extendió su botella, llena hasta la mitad, en gesto de convidarle. Una de las primeras reglas que se aprenden en la calle, pensó Tom, es que no se rechaza una invitación a beber. Bebió un trago, la cerveza estaba fría, amarga y con gas. Giró y se la pasó a el Potrillo que absorto miraba la escena. También bebió. Los tres se miraron. Acababa de empezar una relación que duraría 20 años. 

XIII

Desde el Mercado Central de Villazón hasta la frontera con Argentina hay poco menos de un kilómetro. Tom lo recorre en la Toyota Hilux a muy baja velocidad. Las calles están atestadas de personas, peatones, con bolsos y carros que transitan de un lado a otro, pero todos con una idéntica dirección final: el paso fronterizo.  Tom marcha lento. Son las dos de la tarde y el sol apaga el aire acondicionado de la camioneta. Toma la FMK 3 9 mm del asiento del acompañante y la esconde bajo el suyo.

Llega al límite, al que divide formalmente los dos países. Unas pocas cabinas para realizar el trámite migratorio para los que cruzan en vehículo y otras al costado para los que lo hacen caminando. Estos últimos son mayoría. Como hormigas, en fila, cargando mucho más peso que el propio, pasan varias veces al día, de ida con los carros llenos y de regreso vacíos. Tom ha detenido la camioneta para presentar la documentación y los mira pensativo. Un golpe en la ventanilla lo sobresalta. Un policía boliviano le hace señas para que baje el vidrio. El papeleo es muy simple. Solo el documento de identidad basta para cruzar. El cruce es un puente que pasa sobre un río seco, el desierto desangelado en las entrañas mismas del infierno. Lo cruza. Al otro lado la Quiaca lo recibe con su fisonomía de pueblo chico. Está separado de Villazón apenas por un puente pero hay algo en el ambiente que los hace diferente. Tom no alcanza a darse cuenta qué es. Bordea el pequeño centro y gira hacia el Oeste internándose en la montaña donde la ruta es de tierra y a los costados van desapareciendo de a poco las casas de pueblo. A medida que avanza por el camino la desolación  es mayor. Está solo en la nada misma. En el fin de la tierra o en el principio del cielo. Piensa que si estira las manos puede tocar el sol que lo quema. Y a ambos lados la aridez gris de la sed.

Los kilómetros se alargan, la ruta se angosta y las muestras de civilización cada vez son menos. Mira el mapa, una y otra vez y entre la ciudad desde la que partió hasta Zampaya, su destino, solo hay una línea recta entre montañas. Solamente se corta por algo que parece una población, con el nombre de Yavi. Al fin llega.  Yavi es un poblado de pocas casas, dos pequeños almacenes y una escuela. Frena la camioneta frente a uno de los negocios. El polvo se levanta hasta cubrir su visión. Debe esperar un minuto para que se aplaque y poder descender. Desciende. Entra al almacén, sin ventanas, semi oscuro, un mestizo de edad imposible de calcular está detrás del mostrador. No se saludan. Sólo cruzan miradas. Una heladera vitrina es el único artefacto eléctrico del lugar. Tom mira dentro, está casi vacía, solamente algunas cervezas y unas bebidas gaseosas. Saca una cerveza, la destapa y la bebe de un trago. Paga al hombre que lo mira y que sigue sin hablar, inalterable, imperturbable, eterno.

Sale. Los ojos, acostumbrados a la penumbra del lugar, se cierran para poder ver. El sol lo vuelve a herir. Sube a la camioneta y arranca. Yavi queda atrás, otra vez el paisaje de la nada. Solo montañas áridas, desiertas y algunos animales errantes. Sin dejar de conducir toma la ametralladora de abajo del asiento y la posa con cuidado en su regazo.

Un cartel corroído por el paso del tiempo y el clima avisa que queda un kilómetro para llegar a Zampaya. Reduce la velocidad casi a paso de hombre. El sudor frío baja por la frente. Está a pocos minutos del momento más esperado. De la venganza. La traición solo se cobra con sangre. Y él está dispuesto a cobrarse hasta la última gota.  

XIV

Después de esa primera cerveza compartida en una vereda del Barrio Santa Evita vinieron muchas más y los tres empezaron un negocio millonario. Marco Antonio pasaba la droga desde Bolivia y Tomás junto al Potrillo la distribuían. Primero solamente en Mendoza y luego extendieron su alcance al resto del país. De traficar a baja escala pasaron rápidamente a hacerlo por cientos de kilogramos. Fueron cinco años de un crecimiento abrupto e ininterrumpido y de una relación basada en la confianza mutua. Los jefes de la organización eran claramente Alcázar y Andrada. El Potrillo si bien fue parte protagónica del cónclave inicial siempre se mantuvo debajo del ala de Tomás. Éste y Alcázar, apenas se dieron cuenta de la magnitud del negocio que tenían entre manos, dejaron de consumir para tener la cabeza fría y sana al momento de tomar decisiones. Pero el Potrillo no hizo lo mismo, todo lo contrario, cada día tomaba más droga y alardeaba de sus ganancias. Era muy común verlo cambiar de auto, cada vez uno más caro y lujoso, llegando al barrio que lo vio nacer, contrariando todas las recomendaciones de los otros dos socios. Pero Tomás lo quería como a un hermano, la infancia compartida, la enfermedad y sus secuelas, el abandono de sus padres, la adolescencia y los kilómetros recorridos juntos en las calles, los amaneceres, las noches de descontrol, las mujeres, el fútbol, todo eso los unía. Alcázar no dejaba de ser un extraño entre los dos originarios del barrio Santa Evita. Durante años manejaron el negocio con pulcritud. Lavaron el dinero invirtiendo las ganancias en empresas legales contribuyendo con el gobierno pagando todos los impuestos. 

Pero el Potrillo no cesaba en sus ostentaciones y en el consumo diario. Tenía el destino grabado a fuego. Así nada podía terminar bien.  Desoyó las innumerables advertencias de los socios y siguió contrariando las reglas y así fue como empezó a ser seguido por la policía (que ya no podía hacer la vista gorda, pese a la gran cantidad de sobornos recibidos) y fue detenido. Llevado a la prisión. No tardaron en dar con los otros dos. 

Así fue como Alcázar y Andrada fueron a parar a la cárcel. El procedimiento fue simple, allanaron las casas de cada uno y los sacaron esposados para la foto. Como un trofeo de caza el fiscal que había ordenado el allanamiento la exhibía orgulloso. La condena fue a 15 años de prisión para los dos y a 6 años para el Potrillo. Les incautaron gran cantidad de dinero en efectivo que tenía guardado y perdieron propiedades y vehículos. Con el pago de abogados y jueces disminuyó notablemente su riqueza. 

Tomás y el Potrillo hicieron un arreglo con el juzgado en el cual sindicaron a Alcázar como jefe de la organización y ellos como simples empleados que recibían órdenes, así lograron salir al cumplir un tercio de la condena. Marco Antonio debió quedarse hasta el último día. Exactos 15 años tuvo que esperar para salir. 

Al hacerlo juró venganza. Venganza eterna. No cesaría hasta vengar esa traición. Lo juró en la puerta de la prisión.

XV

Marco Antonio al salir de la cárcel  mantuvo el perfil sumamente bajo. Reunió el dinero que había alcanzado a ocultar de los secuestros y allanamientos y construyó una casa sin lujos en Zampaya, un pueblo de Jujuy cercano a la frontera con Bolivia. Ahí fue que conoció a Carmen, una joven con quien inmediatamente se casó y tuvo un hijo al que llamaron Edwin. Allí su vida era tranquila, dedicada a la familia, y alejado de cualquier sospecha. En el pueblo era uno más, lo único que lo diferenciaba era que tenía una camioneta que seguramente valía más que todo el pueblo junto, pero él no lo hacía notar. Se movía calmo y solidario con el resto. Nadie lo interrogaba por su buen pasar. Y con el transcurso del tiempo se camufló en el resto. Pasaba desapercibido. Desde allí reorganizó las transacciones y el negocio. Pocas veces salía del pueblo y pocas veces recibía a alguien en su casa.

En Zampaya había encontrado la paz después de tantos años de adrenalina. En ese lugar tenía todo bajo control, nadie podía molestarlo ni a él ni a su familia. Allí podía pensar en la venganza.

 XVI

El partido de fútbol terminó con resultado incierto. Tal vez 23 a 22 ganó un equipo o el otro. Ninguno de los jugadores lo sabía con certeza. La cancha, única en Zampaya, estaba ubicada en lo más alto de la montaña que enmarcaba el pueblo, en la planicie desde la que se podían ver las casas. A Edwin le gustaba quedarse allí, después de jugar con sus amigos, a contemplar  el paisaje que se le antojaba eterno. Era una montaña tras otra y con sus cinco años de edad no conocía otra geografía. Su padre, Marco Antonio Alcázar, no lo había sacado de Zampaya. Su único viaje era el diario hacia la escuela en Yavi. Esa era la realidad de Edwin. Marco Antonio no quería exponerlo. Cuando fuera grande podría decidir su futuro. Ahora, él debía cuidar de la seguridad de su hijo y por eso la mejor manera de protegerlo era mantenerlo en el pueblo. Edwin, sentado sobre una piedra, al costado de uno de los arcos de la cancha ve alejarse a sus amigos que descienden al pueblo en busca del almuerzo. Él se queda un rato más, en silencio, pensando en lo infinito del paisaje y en el sol que casi puede tocar con las manos.

XVII

Cuando Tomás llegó a la casa el fuego había consumido casi todo, incluido a su mejor amigo y socio Potrillo. La policía había vallado la zona y no dejaba acercarse a nadie. No sólo había encontrado el cadáver calcinado del Potrillo sino también evidencia de elementos para procesar y comercializar droga, lo que hizo que le dieran intervención a la justicia federal. Por lo que Tom al llegar hasta allí, con paso acelerado en un primer momento, calmó su andar y se camufló entre los curiosos a fin de lograr obtener alguna información. Lo que se decía era que allí operaba una banda de narcotraficantes y que se habían escuchado cuatro detonaciones. No le quedaban dudas a Tomás de dónde había provenido el ataque. Dio media vuelta y caminó en dirección contraria pero sin rumbo. Necesitaba pensar.

XVIII

Las primeras casas de Zampaya asoman ante la atenta mirada de Tomás que conduce raudo. Sabe que debe actuar con rapidez y precisión. Ya no mira el mapa. Lo ha hecho un bollo y lo ha tirado al suelo. Se detiene unos segundos. Del sobre saca la foto, un niño sonríe en ella. Graba en su retina esa cara. Arranca. Acelera. La mano izquierda sostiene firme el volante y la derecha el arma. Recorre la calle paralela a la de la entrada, la que lo dirige directo a la cancha de fútbol. Una curva ascendente lo deja en la parte más alta de la montaña. Se detiene frente a la cancha. En el mirador del pueblo. Todo es sol y tierra. Calor y sudor. No le quedan dudas, el niño sentado en la piedra es el que busca. Es el de la foto. Baja la ventanilla. Edwin cruza una mirada con Tom y recibe las 30 balas que éste le dispara en un segundo.

XIX

Las poleas emiten un chillido que hace dar escalofríos. En círculos mueven lentamente unas sogas sucias que descienden el pequeño cajón blanco cubierto de flores de colores que lleva en su interior al hijo de Alcázar. Al llegar al fondo da un golpe tenue contra el suelo y la tierra lo abraza como acomodándolo para la eternidad. Arriba, alrededor de la tumba, son sólo dos los que miran para abajo. Son sólo dos los que han ido al cementerio del pueblo adornado por miles de colores en uno de los días más grises de la historia de Zampaya, al Norte del Norte de Jujuy, cercana a la frontera con Bolivia. La mayoría de las personas no se ha atrevido a ir. Temen que algo suceda. Temen que la ira desatada contra el pequeño se les vuelva en su contra. Solos, alrededor del pozo, mirando hacia abajo, formando un círculo imperfecto, Alcázar y su mujer. Ésta no puede ni quiere detener su llanto mezclado con alaridos que retumban en las paredes de adobe del cementerio. Los ojos del hombre miran como el cajón que se lleva a su hijo se cubre de tierra. Ahora los cierra para no ver. Aprieta fuerte los puños. Se queda unos instantes así. Las venas se marcan en su tez mestiza, resaltando el tatuaje que cruza la cara, abre los ojos y mira otra vez hacia abajo, ya no ve el cajón ni las flores, solo ve la cara de Tom.

XX

Marco Antonio Alcázar alquila un auto en el Aeropuerto de Mendoza. No le importa cuál, solo pide el más grande que tengan y pasa su tarjeta de crédito sin preguntar el precio. Sube y arranca. La última llamada lo ha dejado pensando. La voz que le contestó no era la de Andrada. Lo hubiera reconocido de inmediato. Enciende un cigarrillo y deja caer la ceniza en el asiento. Desde el asesinato de su hijo no ha cesado de buscar a Tomás y ahora está a punto de dar con él. Tiene la certeza que se esconde en Mendoza y él, más que nadie, sabe los lugares por donde puede encontrarlo. Alcázar ya es un cazador con experiencia y conoce que toda presa en algún punto se rinde ante su verdugo, deja de huir para petrificarse frente a la cegadora luz de la muerte.

XXI

Esteban se arrodilla y busca explicaciones en la mirada del que está en el suelo. Se encuentra un poco más repuesto. La primera imagen de un hombre semimuerto da paso a alguien que sobrevivirá con algunas secuelas. Comienza a mover las piernas, de a poco, como saliendo de una parálisis. Lo único dañado seriamente es el brazo derecho que está roto. Flexiona las piernas lentamente y nota que tiene movilidad. Abre y cierra la boca para comprobar que ningún hueso de la mandíbula está quebrado. Solamente ha perdido dos dientes. Esteban lo interroga, le pregunta cómo se llama. Tomás, responde. Tomás Andrada. Luego ya un poco más resuelto agrega: tengo que salir de acá, me están buscando, me quieren matar.

Esteban, aún con el celular de Tomás en la mano, acuclillado a su lado, no sabe que decir. 

Tomás repite: me van a matar, sácame de acá! Hay miedo en su tono imperativo pero también Esteban reconoce en la voz de Tomás una energía que nunca antes había sentido, una forma de ser muy distinta a la que él está acostumbrado. Nadie  en su trabajo ni en sus vínculos sociales habla de esa manera. Esteban siente como cada palabra que el otro pronuncia es un estallido de violencia, un desgarro, una punción de odio que lo estremece.

Tiembla. Tiene miedo. Alarmado y ya cada vez más lejos de EEUU decide llamar a la policía. Deja el celular de Tomás en el suelo y toma el suyo. Mientras lo desbloquea le dice a Tom lo que va a hacer, que lo mejor es llamar a la policía y a una ambulancia. Tom, de un violento zarpazo, con su mano sana, le arrebata el móvil que va a estrellarse contra el tronco de un árbol cercano. Y sin dudarlo, en cuestión de segundos, saca de su mochila la ametralladora FMK 3 9 milímetros y apunta desde el piso a Esteban, directo a su cara.

XXII

Sin dejar de apuntarlo, de un salto, se pone de pie. Trastabilla, hace equilibrio con el brazo firme que sostiene el arma y el otro, roto, pegado al cuerpo. Tarda un momento en estabilizarse. Siente fuertes dolores. Cierra con fuerza los ojos para mitigar el sufrimiento. Repasa mentalmente las lesiones. Ninguna es gravísima. Sólo el brazo le preocupa. Abre los ojos.  Se siente un poco mejor. Mira al frente, al final del caño de su arma la mirada llorosa de Esteban sumido en un letargo de angustia.

XXIII

Alcázar conoce la Ciudad muy bien. De la última vez que estuvo no ha habido grandes cambios.  El más llamativo es que a los costados de la ruta que lo lleva desde el aeropuerto, haciendo las veces de telones, crecen frondosas plantas verdes que tapan las villas  que se erigen a la vera del camino. Con vegetación el Estado ha escondido la pobreza. Ahora los turistas que llegan no pueden ver más allá de un decorado perfectamente ubicado para camuflar la realidad.

Alcázar conduce con ambas manos en el volante. La vista fija en el tránsito y la mente mucho más allá. En un universo paralelo a esa muchedumbre que lo rodea. Piensa en que está cerca de terminar con Tomás Andrada y con ello lograr que su sufrimiento, aunque perpetuo, logre algo de descanso. 

Se desvía por la calle que transitó miles de veces, la que lo lleva directo al Barrio Santa Evita. Allí sus padres ya no viven. Cuando logró un crecimiento económico los sacó de esa barriada y los llevó a vivir nuevamente a Bolivia. Pero en ese barrio todavía queda mucha gente que lo conoce y que sobre todo daría cualquier cosa por ver a Tomás Andrada muerto. Tomás y el Potrillo, para salir de la cárcel hicieron un pacto con el Juzgado en el que no sólo entregaron a Alcázar sino también a gran parte de los dealers de la zona. Con ello lograron una reducción importante de la pena y salir en libertad. Y así fue como muchos de quienes eran sus segundos en las transacciones terminaron encarcelados y jurando venganza eterna para los traidores. Algunos de ellos, habiendo cumplido sus condenas regresaron al Barrio para retomar, de a poco, sus operaciones. Después de la muerte del Potrillo, Andrada había enloquecido buscando responsables. Si bien sabía que Alcázar era el que tenía todas las posibilidades de ser quien ejecutó las explosiones, se dirigió al Barrio Santa Evita y, con la ayuda de algunos hombres leales, interrogó a varios de los que habían participado en sus negocios. Andrada en su fuero íntimo sabía que el que había hecho estallar la casa con el Potrillo dentro era Alcázar, pero en el fondo tenía alguna esperanza que esto no fuera así y que hubiera sido alguno de los delincuentes de poca monta del barrio. Tomás no le temía a nada ni a nadie, solamente a Alcázar le tenía un miedo paralizante porque lo conocía, y sabía que cuando una persona no tiene alma es capaz de cualquier cosa. Y Alcázar no tenía alma. Interrogó uno por uno a los cabecillas del barrio. No le resultó difícil encontrarlos. Sabía todos los movimientos de gente que no cambia sus rutinas. Paraban en la misma esquina del mismo barrio durante toda su vida. Un día llegó con 10 de sus soldados en 5 camionetas y a la fuerza los subió de a uno y los llevó al desierto de Lavalle. Anduvieron más de 40 kilómetros por dunas de arena alejándose de la civilización y acercándose al calor impiadoso de la aridez. Y allí ninguno confesó haber sido el culpable y todos lo sindicaron a Marco Antonio como el responsable. Entonces los torturó hasta matarlos o dejarlos inconscientes para ser comidos por los animales carroñeros que abundan en la zona. Por eso cuando Alcázar llegó al Barrio esa mañana, los que no habían sido asesinados por Andrada y los amigos de los muertos, lo estaban esperando con los brazos abiertos. Más fuerte que un deseo de venganza son varios deseos de venganza juntos. Desde la matanza del desierto los del barrio habían jurado no descansar hasta terminar con Andrada pero no lo lograron encontrar. Sabían que había viajado al Norte, pasando por Zampaya matando al hijo de Alcázar y algunos informantes les habían dado datos precisos de que se encontraba nuevamente en Mendoza, escondido en una casa en las afueras. Alcázar recibió toda la información y rechazó ser acompañado por alguno de ellos. Él debía vengar la muerte de su hijo y lo haría solo. Salió del barrio manejando el auto con la certeza de que encontraría a su presa y con dos pistolas 9 milímetros y cientos de balas que le proveyeron los aliados del barrio.

XXIV

Sacá un pañuelo y atámelo para poder colgar el brazo roto, le dice Tomás a Esteban mientras le alcanza la mochila con la misma mano que empuña la ametralladora sin dejar de apuntarlo. Esteban obedece. Aún temblando logra sacar del bolso un pañuelo que cruza por la nuca de Tom pasándolo por debajo del brazo sano haciendo un nudo en la espalda y con ello una especie de cabestrillo para que pueda descansar el herido. Al hacerlo roza con su cara el caño de la ametralladora. El frío del acero contrasta con el calor agobiante de la mañana.

Ahora vamos a buscar tu auto, ordena Andrada mientras con el arma empuja a Esteban para que comience a caminar. La clara luz de la mañana los encuentra avanzando a través de la maleza, Esteban medio metro más adelante que Tomás quien lo secunda sin dejar de apuntar.  El andar de ambos es lento. Con todo lo sucedido, Esteban había olvidado la torcedura de tobillo que sufrió. Un dolor punzante que sube por la pierna ahora se lo recuerda. Tomás también renquea. El fuerte golpe recibido al ser atropellado ha dejado secuelas.

Intentan evitar la calle, para no ser vistos, entre yuyos, surcos y ramas marchan con pasos firmes, pensando cada avance. Esteban no se detiene, encabeza la marcha como un soldado, obligado por el arma que lo apunta busca su auto. Recorre con la mente estas últimas horas, el accidente, el intento de huída, el regreso al lugar, el tobillo roto, Tomás al que creía casi muerto que ahora lo apunta con una ametralladora. El tiempo ha pasado rápido, aunque no sabe con certeza qué hora es. Sabe que perdió el vuelo, y con él su oportunidad laboral. Tiene la garganta seca, no ha bebido nada desde la última copa de champaña en la cena con sus compañeros de trabajo hace tal vez más de siete horas.  Está transpirado pero tiene frío, está sucio, manchada la ropa con sangre, el pantalón ajado, una lágrima desciende por su mejilla, dando paso a otras que la siguen persistentes hasta perderse en el suelo arenoso. Su vida ha cambiado para siempre, piensa.

Encuentran el auto. Está con la puerta abierta y las ruedas enterradas en el fango. Esteban se detiene y lo mira con atención, como si no lo reconociera. Tomás lo saca de la ensoñación con un  fuerte golpe en la espada con el arma y al mismo tiempo que lo empuja a entrar. Se sienta en el asiento del conductor mientras que Tomás se sube al del acompañante. Ha sido invadido por mosquitos que se han posado en el interior. Al sentir la presencia invasora de los dos sujetos que con aspavientos intentan desalojarlos, comienzan un revoloteo ensordecedor hasta que desaparecen. Las llaves han quedado puestas. Manejá, ordena Tomás clavándole el caño de la ametralladora debajo de las costillas. Esteban siente el puntazo. Aprieta firme las manos sobre el volante y arranca. Tiene que acelerar a fondo para avanzar, el piso es blando en esa parte y el auto se hunde. Tomás se pone nervioso y aprieta con más fuerza el caño contra el abdomen de Esteban. El auto gira sobre sí mismo dejando una estela de barro a su paso. Por la velocidad que toma, Esteban pierde un momento el control y están a punto de impactar contra un árbol. Sus cuerpos bambolean chocando entre si y el dedo de Tomás aprieta el gatillo sin querer y una ráfaga de balas da contra el techo. Justo a tiempo logra esquivar el árbol y salir a la ruta. Detiene por completo el auto y se da cuenta que se ha orinado encima. Como si nada hubiera pasado, Tomás vuelve a apuntar y con un gesto ordena que reanude la marcha.

Pero no lo hace. Queda estático. Las detonaciones han dejado a Esteban con un zumbido en los oídos que le dificulta escuchar lo que pasa alrededor. Tomás le habla pero no logra escuchar. Ve como el otro abre y cierra la boca con énfasis, diciendo palabras que no oye, mientras que con la ametralladora hace el gesto de avanzar. Pone primera, y aún sordo, se dirige en dirección contraria a su casa.

XXV

La dirección que le han dado Alcázar, donde supuestamente Tomás está oculto se encuentra alejada de la ciudad, a unos 40 kilómetros y es una zona donde Andrada recurría cuando tenía que esconderse de algo o de alguien. Donde nadie lo buscaba y podía estar en calma. Siempre iba sólo. Nadie conocía ni siquiera cercano a qué quedaba. Ni Marco Antonio había ido alguna vez. Era el mayor secreto que Tom guardaba celosamente. Siempre que Tomás iba hacia allí lo hacía en soledad y sin dar explicaciones de su paradero. Con el tiempo y los años de amistad, Alcázar logró conocer aproximadamente el lugar, pero nunca con precisión. También supo que había construido una casa pero nada más. Los trabajos de inteligencia realizados por los secuaces de Alcázar habían dado resultados obteniendo la ubicación exacta de la guarida. Ahora siente que está más cerca. La información que ha obtenido lo lleva por un camino de Autopista por varios kilómetros hasta doblar en una calle secundaria, más angosta y con frondosos árboles a los costados enmarcándola para dar paso luego a campo fangoso, a un humedal que termina en un zanjón seco. Según las indicaciones recibidas para llegar a destino debe girar a la izquierda por una calle de tierra. Así lo hace. Es angosta y difícil de transitar por la cantidad de irregularidades del piso. Muchas piedras y pozos dominan el camino. Disminuye la velocidad. Transita casi a paso de hombre. La soledad del lugar y a la vez lo poco amigable de la zona lo hace pensar en que sólo un loco como Tomás puede haber construido una casa allí. Fue su amigo, llegó a conocerlo como pocos, lo admiró y juntos hicieron un gran imperio del que quedan solo cenizas mezcladas con sangre. Ya nada queda de aquéllos días en los que eran inseparables socios, los tres, junto a el Potrillo. Luchaban espalda con espalda contra todo el que se les opusiera, ya fuera policía, transa, político o cualquiera que osara atacar su fortaleza. Hoy el Potrillo está muerto, sus riquezas menguaron y Marco Antonio Alcázar busca desesperadamente a Tomás Andrada para matarlo, para vengarse, para saciar algo de su ira. El cazador detrás de su presa. Cada vez más cerca.

XXVI

Esteban conduce lentamente su Toyota Corolla que con cada pozo o piedra por el que pasa se zarandea. No puede ir más rápido por la irregularidad del terreno. Ese auto no es apropiado para ir por ese lugar al que se accedería más fácilmente en camioneta. Pero no hay vuelta atrás. Debe conducir porque Tomás lo apunta, le dice que falta poco. Que donde la calle se termina ahí llegan a destino. A los pocos metros se hace intransitable. Esteban detiene el auto. Mira hacia adelante y lo único que puede ver es más vegetación desordenada, virgen, como si nunca un humano hubiera pasado por allí. Tomás rompe el silencio, bajá, le dice, mientras él desciende por su puerta. Al hacerlo y erguirse siente los dolores de los golpes recibidos. Esteban baja. Al pisar el suelo el tobillo roto le hace dar un pequeño grito de dolor. 

Caminá para allá, atrás de esos sauces está mi casa. Dice Tomás y comienza a caminar delante de Esteban que lo sigue muy de cerca. Caminan por un sendero que a simple vista no se veía. El calor,  la humedad y los mosquitos que sale de la vegetación se vuelve intolerable. Cada paso es un sufrimiento. Llegan a los sauces que Tom había señalado con la punta de la ametralladora. Atrás de estos árboles se erige una casa de un piso, chica, pero evidentemente muy bien construida. Es como una rectángulo. Chata. Una ventana a cada lado de la puerta de entrada y con rejas que cubren cada abertura. No está pintada. El color es el del cemento. Rodeada de yuyos salvajes que evidentemente no han sido cortados jamás. A un costado hay una camioneta estacionada. No parece que hubiera nadie más. Dos perros  de gran tamaño, rodwailer tal vez, salen de la maleza y se les acercan ladrando furiosos y mostrando los dientes. Basta que Tomás haga un gesto con la mano para que se calmen y comiencen a olfatear a Esteban. Andrada abre la puerta y entra. Los perros lo siguen. Esteban queda solo, parado en el medio de ese gran jardín selvático.

Tomás, asomado por una de las ventanas le dice que entre. Entra. El interior está desprovisto de cualquier comodidad. Una mesa con dos sillas y un ventilador de techo que gira sin parar. Una heladera. Una cocina con mesada y nada más. No parece que allí se reciba a mucha gente. Al final de ese espacio, una puerta que lleva a otra habitación. Tomás está de pie, con un blíster de medicamentos en la mano, Toma tres pastillas juntas empujándolas con un trago de cerveza que bebe directamente de la botella. Saca de la heladera otra y se la da a Esteban mientras le dice que se siente en una de las sillas. Esteban la bebe sin parar. 

XXVII

Detiene el auto a unos metros del de Esteban. Baja en silencio. Camina. Cada paso es dado con calma, pisa lento, apoya el pie suavemente para no llamar la atención. Se acerca al Corolla que ha quedado con la puerta del acompañante abierta. Al menos dos personas, piensa mientras posa la mano sobre el capot y lo siente caliente. Seguramente han llegado muy poco tiempo antes que él. 

Avanza en dirección a los sauces. Según las indicaciones recibidas ese es el lugar del escondite de Andrada. El pulso de las sienes se acelera. Una pistola en cada mano. Se detiene y saca el seguro de ambas. Lleva el dedo índice al gatillo y lo acaricia para ver la sensibilidad. Pareciera que las dos están en buen estado. Retoma el andar. Recorre con cautela los siguientes metros hasta llegar al sendero que se inicia un poco más adelante. Entre yuyos altos que le llegan casi a los hombros, llega al fin de esa pequeña huella. En frente los sauces que rodean la casa. Se detiene por completo. Las manos, empuñando las armas, al costado del cuerpo. La vista fija en la casa. A unos cien metros. No ve ningún movimiento. Agudiza los oídos pero solo el sonido de los pájaros le llama la atención. De la nada, intempestivamente, como por arte de magia, los dos perros le saltan encima y lo atacan ferozmente. No los vio llegar, no sabe por dónde aparecieron, no los escuchó y ahora uno de ellos muerde su brazo izquierdo obligándole a soltar el revólver que cae al piso y el otro hace lo propio con la pierna derecha. Mira su mano libre que empuña el arma, no duda, apunta y dispara dos veces. El perro que mordía el brazo cae de bruces y se retuerce unos segundos hasta quedar inerte. El otro, absorto por las explosiones, deja de morder y levanta la cabeza mirando a Alcázar que gatilla dos veces más dándole entre los ojos. 

Las mordeduras han sido profundas, llegaron a traspasar la carne. De su brazo y pierna chorrea sangre. Caen pesadas las gotas rojas sobre los cadáveres de los perros que yacen a sus pies.

XXVIII

Esteban siente los dos primeros disparos y suelta la botella de cerveza que cae al piso y se hace añicos. A las segundas detonaciones queda tieso mirando a Tomás que se acuclilla para quedar bajo la ventana y poder ver hacia afuera y a la vez cubrir su cuerpo de posibles disparos. Con la ametralladora en la mano sana rompe el vidrio de la ventana y apunta a ningún lado. Ha sido sorprendido en su lugar. Sabía que Alcázar lo buscaba y que, tarde o temprano, daría con él. En cierta forma esperaba ese momento. Su deseo de terminar con todo de una buena vez, tal vez fue el que hizo que se expusiera volviendo a Mendoza y mostrarse en algunos lugares para que Marco Antonio lo encontrara. Quería que esto acabase. La única manera de empezar de nuevo era con Alcázar muerto. No había otra salida. Mientras los dos estuvieran vivos no había lugar para ambos. Sabía que matar al hijo del boliviano había sido un error. Quiso vengar la muerte de su amigo Potrillo pero equivocó la fórmula. Haciéndolo firmó su sentencia de muerte. Alcázar estaba enceguecido y no se detendría hasta verlo muerto. Aunque esto podía jugar a su favor. Marco Antonio no pensaba las consecuencias de sus acciones. Lo único que quería era acabar con Tomás y así avanzaba sin dudar los pasos que daba. Así, ahora está parado a cien metros de la casa de Tom, con un brazo y una pierna ensangrentados, en una mano una pistola, a sus pies dos perros muertos y Tomás que le apunta desde la ventana.

XXIX

Tomás se apoya con el brazo lesionado contra la pared para apuntar por la ventana. Cada vez duele más y le cuesta mantener erguida el arma. Apunta directo a Alcázar. Si bien la distancia no es mucha se encuentra incómodo. Trata de sostener con firmeza la ametralladora pero el cuerpo le tiembla. No duda. Aprieta el gatillo  y la fuerza de las detonaciones lo tira hacia atrás. Cientos de pájaros abandonan los árboles. Vuelan temerosos sin rumbo para escapar de los ruidos que invaden su habitad. Las balas pasan cerca de Alcázar que reacciona tirándose al suelo. Acostado en el piso, se cubre tras los cadáveres de los perros, usándolos de escudo. 

XXX

Esteban en el medio de la habitación, de pie, mira a Tomás que ha caído al suelo por el culatazo del disparo. Piensa en todo lo que ha vivido en las últimas horas. Cree que no es capaz de unir los hechos que se le aparecen en su mente como fotos lejanas, como recuerdos de momentos que no está seguro si los vivió o son parte de una pesadilla. Quiere escapar. Este podría ser el momento. Tomás está tirado, ha soltado el arma que ha ido a parar a un  metro de distancia. Pero Esteban no sabe qué es lo que le espera afuera. Si abre esa puerta y echa a correr, ¿con qué se encontrará del otro lado?. Duda unos instantes. Tomás lo mira como sospechando lo que piensa. Estira la mano para agarrar la ametralladora pero en ese instante Esteban toma una de las sillas, la levanta y la parte en la cabeza de Tom que empieza a sangrar profusamente y pierde el conocimiento. 

Esteban toma el arma del suelo. Es la primera vez en su vida que tiene una en sus manos. Piensa que cualquiera que pudiera verlo se daría cuenta de ello. Intenta pensar en cómo la usaba Tomás para imitarlo. Con la mano izquierda toma el caño y con la derecha la culata, apoyando el dedo índice en el gatillo. Quiere escapar. Todavía puede volver a intentar el viaje a EEUU. Si logra salir rápidamente sólo tiene que subir al auto y llegar a su casa. Tal vez pierda el vuelo pero podría reprogramarlo para el siguiente. Pero, ¿qué o quién está afuera?. ¿Habrá Tomás dado en el blanco y ya no habrá peligro?. Mira al suelo, Tomás comienza a volver en sí. De a poco abre los ojos, aturdido. Mira hacia arriba y ve a Esteban que lo apunta con su arma. Intenta decirle algo pero éste lo golpea con ella. Tom vuelve a caer semi inconsciente. Esteban se asoma cauto por la ventana, no ve ningún movimiento. Abre la puerta y sale. Con las dos manos sostiene la FMK 3, le pesa sobremanera pero la afirma contra su hombro con fuerza. Camina lento en dirección a su auto. El dedo en el gatillo. La mente nublada. El sol de media mañana en los ojos.

XXXI

A Marco Antonio le zumban los oídos. Las balas pasaron cerca. El silencio se apoderó del lugar. Ya no escucha el cantar de  los pájaros y mucho menos el ladrido de los perros. Solo oye el silbido que viene de dentro suyo. Está acostado en el suelo pantanoso, todavía tiene los cuerpos de los perros encima a modo de escudo. Se los saca de un empujón y se pone de pie. El sol da fuerte en la nuca. El brazo y la pierna sangrantes se han cubierto de lodo podrido al igual que su ropa. Mira al frente, caminando hacia él, un tipo que renquea de una pierna, con la camisa y el pantalón ajados y ensangrentados, en zigzag, se tambalea como borracho, porta una ametralladora automática que mueve elípticamente de un lado a otro como queriendo hacer puntería a mil blancos a la vez. Marco Antonio duda. No sabe quién es esa persona  y no entiende por qué aún no le ha disparado ya que está desarmado y parado en el medio del descampado. Recoge rápidamente las pistolas que habían caído al suelo y apunta directo a la cabeza de Esteban.

XXXII

Tomás vuelve en sí. Se recupera del golpe. La cabeza le duele demasiado para pensar y el brazo quebrado le irradia un dolor que se asemeja a un shock eléctrico que recorre todo el cuerpo hasta los pies. Con dificultad se pone de pie. No sabe qué ha pasado ni por qué aún está vivo. Pero se alegra de estarlo. Mientras busca la ametralladora recuerda que la última imagen que tiene es la de Esteban empuñándola. Llega al mueble de la cocina y abre una de las puertas, allí tiene guardado un revólver. Lo saca, lo carga y empuña. Por unos segundos se detiene y observa la escena. Como si el tiempo se hubiera detenido para que él pudiera fotografiarla. Mira por la ventana y ve a Marco Antonio apuntando con una pistola en cada mano hacia su dirección. Pero en el medio se interpone Esteban que camina alocadamente hacia Alcázar con la ametralladora que le ha quitado momentos antes. La imagen es grotesca. Marco Antonio sangra por su brazo y pierna y tiene todo el cuerpo embarrado como si se hubiera camuflado para adentrase en la selva. Esteban por su parte se asemeja a un linyera vestido con andrajos, sangre seca y la mirada perdida. Y él, Tomás, dentro de la casa, concluye la imagen con un brazo roto sostenido por un arnés improvisado, golpeado en todo el cuerpo y en la mano sana un revólver calibre 38 que mira y le saca el seguro y gira el tambor para corroborar que esté cargado. Un fuerte estallido lo saca de sus pensamientos. Esteban está disparando ráfagas de cien balas por segundo con la ametralladora automática a cualquier lugar de un costado a otro moviendo sin control el arma. No apunta a nada en especial y apunta a todo a la vez. Alcázar de un salto hace cuerpo a tierra y vuelve a cubrirse con los cadáveres de los perros. Varios cartuchos impactan en los canes perforando la carne que lo protege. Tomás debe decidir qué hacer. Piensa que lo peor es quedarse encerrado en la casa. Sería presa segura de Alcázar o de Esteban que en este momento se ha vuelto un arma letal. Con el revólver que tiene no podría aguantar mucho tiempo defendiéndose. Ha quedado desprotegido en su propio lugar. Mira hacia el costado de la casa y ve la camioneta. Sale y corre hacia ellas. Esteban ha comenzado a girar sobre si mismo mientras sigue disparando. Una bala impacta en la parte trasera de la pierna derecha de Tomás que cae al suelo. Esteban parece darse cuenta de lo sucedido y detiene su alocada acción bélica. Tomás, en el suelo, mira su pierna sangrar y constata que la bala entró y salió sin afectar el hueso. Dolerá pero no será grave, piensa. Apunta con el revólver a Esteban y dispara una vez. La bala da en el hombro. Parece haberlo rozado solamente. Esteban vuelve a disparar pero ahora lo hace con un único destinatario: Tomás. Tomás se levanta raudamente y semi agachado corre renqueando hacia la camioneta. En el momento que está llegando a destino siente el impacto de una bala en la espalda. Vuelve a caer. El dolor es punzante y permanente. Duele como nunca. Trata de serenarse y pensar. Intenta mover su cuerpo como chequeando si cada uno de sus miembros funciona o si alguno está averiado gravemente.  Decide que puede seguir. El dolor en la espalda cada vez es más fuerte pero no logra inmovilizarlo. Llega a la camioneta y sube. Marco Antonio, aún tirado en el suelo cubierto por los perros muertos, aprovecha que Esteban ha fijado su atención en Tomás, y se repone. Con una pistola dispara apuntando a Esteban y con la otra a Tomás que desesperado sube a la camioneta. Una bala impacta en el parabrisas y lo destruye en mil pedazos. Varios de los vidrios dan en el rostro de Tom y se incrustan en él. Uno de ellos ha dado en el ojo derecho perdiendo la visión. Debe forzar la vista con el otro para mirar hacia adelante. Ve que Esteban cae al piso, seguramente ha recibido un balazo de Marco Antonio. Ciego de un ojo, con un tiro en el espalda y otro en la rodilla, arranca la camioneta y acelera al máximo. Llega al lugar donde yace dolorido Esteban, en el suelo, en posición fetal. Tomás no duda. No frena. Pisa al máximo el acelerador y pasa por encima de la cabeza de Esteban que cruje como un árbol seco al caer. Pierde el dominio de la camioneta y desviándose hacia los sauces que delimitan la casa y se estrella contra uno de ellos. Su cuerpo sale despedido por la ventanilla delantera golpeando primero contra el árbol y luego cayendo al suelo. Pierde el conocimiento. Marco Antonio cada vez sangra más de la pierna mordida por el perro. Pero puede caminar lentamente. Se acerca a Esteban, solo queda un cuerpo con un charco de sangre en el lugar que antes había una cabeza. Sigue, llega hasta donde está Tomás y se detiene justo sobre él. Parado encima, un pie a cada lado del cuerpo de Tom. En ese momento Tom recobra el conocimiento, abre el ojo sano y ve como Marco Antonio desde ariba apunta con dos pistolas 9 milímetros a las que el sol de media mañana de ese día luminoso hace brillar. El brillo de las pistolas lo encandila, le molesta, tiene que cerrar el ojo porque lo enceguece, al igual que los doce tiros seguidos que Marco Antonio dispara, uno detrás del otro, todos dando de lleno en Tomás Andrada que ya no abrirá los ojos nunca más. 

XXXIII

El sauce debe tener más de treinta años de vida. Sus ramas son fuertes y anchas. La savia recorre cada una de sus raíces para darle firmeza a un árbol que destila buena salud. Marco Antonio Alcázar desata el pañuelo que Tomás ha usado para sostener el brazo herido y sube al capot de la camioneta. Ata el pañuelo a una de las ramas haciendo un ojal donde entra justa su cabeza para lo que tiene que ponerse en puntas de pie haciendo equilibrio para no caerse. Mira abajo, el cuerpo muerto de su amigo Tomás y más allá el de Esteban, ese extraño que nunca supo qué hacía allí. Y los perros. Se cerciora que el cuello calzó justo, da una última mirada, y por fin, salta.

 Su cuerpo cuelga en silencio. 

Solamente se escucha el sonido del cuello que se rompe.

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