SUEÑOS DE VERANO

Los sueños se mezclan

como serpientes en un nido

se entrelazan con la realidad.

Lo veo correr (corro) a través de la plaza oscura

blande una botella de vidrio

cerveza recién bebida

la arroja con todas sus fuerzas

contra la vidriera del blockbuster

estalla en mil pedazos 

vuelan fantasmas de la Casa Blanca.

Vuelve la mirada atrás 

(nos miramos)

nos es buena idea seguir aquí 

dicen sus ojos

muy cerca está el infierno

y conocemos el camino.

Hoy más que nunca está encantador

lúgubre y pecaminoso

nos recibe Luis

con todos sus encantos de tipito poco refinado

nos ofrece su tesoro

aceptamos y pagamos

a lo lejos se oyen todavía 

cristales rotos.

Entramos a la habitación

Ella está sentada en la cama

es solo un torso desnudo 

las piernas yacen separadas del cuerpo

y de los muñones brota sangre 

el rojo carmesí mancha las sábanas 

sonríe como pidiendo disculpas

(somos sus amos)

la pintura del maquillaje se corre 

dando paso a una imagen siniestra

lleva la mano a la cara

en gesto sensual 

nos atrae 

el tiempo se detiene

nos mira

(por última vez)

clava sus largas uñas plateadas 

en los ojos 

hasta no ver más. 

VAS A SUFRIR

Este cuento está basado en una historia real. #NIUNAMENOS

VAS A SUFRIR

(Basado en un hecho real)

I

Los primeros rayos del sol de ese viernes de diciembre de 2005 rebotaban en las tejas rojas del edificio del Instituto Universitario de Seguridad Pública. Presagiaban un día caluroso como los anteriores donde las baldosas de la cancha de básquet emplazada en el patio del Instituto, en horas de la siesta, no podían ser pisadas sin quemarse las plantas de los pies más allá del calzado que se usara.-

Por ello, las autoridades habían decidido realizar el acto de colación temprano a la mañana. Ese día treinta nuevos policías jurarían defender la patria hasta perder la vida por ella y por la Bandera Argentina.

De a poco fueron llegando los familiares de los cadetes que serían los futuros encargados de la seguridad de la provincia. Rosa con sus 58 años recién cumplidos había elegido para la ocasión sus mejores ropas, una falda gris, blusa azul discreta y José, su marido, sentado en la silla de ruedas en que lo habían postrado las secuelas del ACV sufrido un año atrás, vestido con un uniforme policial desteñido. Ambos esperaban bajo la sombra de un árbol que su hija Belén jurara. Unos pocos años antes esa imagen había sucedido por primera vez para ellos cuando la hija mayor, Lucía, jurara lealtad a la bandera y saliera a la calle como oficial de la policía. De tradición en la fuerza policial, la familia Yapura contaba ahora con tres policías: José, se había retirado al sufrir el ACV, dejando el legado a sus dos hijas mujeres.

A su lado, Santiago, nacido hacía un año, hijo de Lucía acompañaba a sus abuelos a presenciar la jura de su  tía madrina Belén, y  miraba todo el espectáculo sentado en su cochecito.

Belén los miraba desde el otro extremo del patio del Instituto donde los cadetes comenzaban a formar filas bajo las órdenes de las autoridades policiales.

No podía disimular la sonrisa. Éste era el momento más importante de su vida. Por fin había conseguido su objetivo. Sería policía y continuaría estudiando para lograr rápidos ascensos. Veía a sus padres que luego de un pesado año de evolución de la enfermedad de José lograban una estabilidad y volvían a ser la familia unida y feliz que ella recordaba. Lo peor ya había pasado. Su padre mejoraba a diario con la rehabilitación y se iba acostumbrando a no ejercer más de policía y a disfrutar su hogar. Y Santiago, su sobrino a quien amaba profundamente estaba también allí acompañándola.

La voz de mando del superior la sacó de sus pensamientos para formarse firme en la fila. No sólo se recibía, sino que lo hacía con el mejor promedio de su promoción por lo cual debía izar la bandera.

El acto comenzó con las palabras alusivas de rigor para que luego Belén y dos de sus camaradas caminaran nerviosos hacia el mástil ubicado al costado de la cancha. Mientras entonaban las estrofas del himno a la bandera, Belén suavemente la izaba pensando en el futuro.

Luego de los aplausos y de que la celeste y blanca flameara en el cielo sin nubes de ese viernes de diciembre el acto continuó con las formalidades de costumbre hasta su fin.

Al romper filas, Belén, de 21 años, muy menuda, con el uniforme recién comprado, el pelo largo atado en un rodete bajo la gorra reglamentaria, los borceguíes lustrados, corrió cruzando el patrio para abrazar a sus familiares.-

II

Carlos Morales llega a la mañana temprano a la Sub Comisaría de Coquimbito. Es su primer día de trabajo como Sub Comisario allí y quiere mostrarse activo. Empieza el año 2006 y este cambio de funciones y destino en la carrera policial se suma al estreno de su estado civil de divorciado.

El ascenso que ha recibido le permite no usar uniforme, pero él se siente más seguro  vistiéndolo. Por eso ese día viste uno nuevo, cuyo azul oscuro contrasta con el celeste y blanco de la bandera desteñida que se encuentra en el frente del edificio de la Sub Comisaría.

Año nuevo, vida nueva, se dice mientras desciende del auto, entra y es saludado por el personal que hace la venia a su paso.

Siente que sus mejillas se ruborizan por estos gestos de subordinación a los que no está acostumbrado, acelera el paso hasta llegar al despacho donde cierra la puerta tras de sí.

Se detiene a contemplar su oficina, es chica y con pocos muebles. Sobre el escritorio un monitor de computadora y un teclado. Una silla para él y dos para las visitas de cuero gastado. Atrás una biblioteca con algunos biblioratos y a su costado la foto enmarcada de algún policía muerto en servicio al cual no conoció.

El año que pasó fue muy duro para Morales, luego de un largo proceso de idas y vueltas con su mujer, decidieron separarse en el mes de junio. Tuvo que irse a vivir a la casa de sus padres, ya que no contaba con fondos para afrontar un alquiler. Durante seis meses convivió con ellos hasta que por fin pudo alquilar por sí solo un departamento. Eso fue sobre finales de año. Comenzó a salir del pozo depresivo en el que había caído. El ascenso a Sub Comisario coronaba este renacer. Tenía 33 años y las cosas comenzaban a cambiar para bien. Había recuperado su peso ideal luego de engordar bastante mientras vivía con sus padres y con su metro setenta de altura podría decirse que era un morocho apuesto listo para encontrar una nueva mujer.

Tres leves golpes seguidos en la puerta del despacho lo sacaron de la ensoñación. Antes de hacer pasar a quien llamaba, bordeó el escritorio y tomó asiento. Aclaró la garganta y con voz potente dijo “adelante”.-

Tras abrir la puerta ingresó una mujer vestida de uniforme, morocha, con el pelo atado en un rodete, no muy alta. Carlos fijó sus ojos en los de ella, eran grises de un gris muy claro.

-Buen día Sr. Sub Comisario, soy la Agente Belén Yapura – dijo tímidamente la joven parándose frente al escritorio de su superior – Vengo a informarle que el Auxiliar Primero Tomás Varela y yo somos a quienes nos han asignado el móvil para patrullar en el día de la fecha.

Carlos, aún mirándola a los ojos, guardó silencio unos segundos para luego decirle que siguieran con ese plan y que cualquier novedad se pusieran en contacto con él en forma inmediata.

La Agente Yapura asintió y luego de saludar formalmente dio media vuelta y salió de la oficina.

El Sub Comisario la miró irse.

III

En los siguientes días, al llegar a su oficina, Carlos llamaba a Belén con cualquier excusa para poder tener un rato a solas con ella. Así se fue generando una relación más allá de lo estrictamente laboral hasta lograr que se interesara en él. Salieron, se pusieron de novios y a fines de ese año se casaron.

Al regreso de la corta luna de miel, la primera medida que tomó Carlos en su cargo de Sub Comisario fue solicitar el traslado del Auxiliar Primero Tomás Varela a otra dependencia. Que este policía pasara tantas horas con su esposa le disgustaba. Era un día entero de guardia por las calles los dos solos durante ya más de un año. En varias oportunidades había notado entre los dos una sonrisa cómplice y algún chiste en un código que lo excluía. Lo mejor era que Varela se alejase. Logró que el compañero de su esposa fuera trasladado sin mayores explicaciones y a ella le otorgó la realización de tareas administrativas dentro de la Sub Comisaría. Con eso se aseguraba que estuviera cerca suyo y lejos de cualquier tentación. Carlos no podía siquiera imaginarse a Belén con otro hombre. Jamás dejó que ella le contara sobre su único noviazgo anterior a él. No soportaría escuchar nada con relación de ella con otro.

Los primeros meses del matrimonio pasaron rápido, todo era felicidad en la pareja, vivían en una casa alquilada en un barrio de Maipú, cercano a la Sub Comisaría, Carlos acomodó los horarios laborales para que ambos cumplieran la misma jornada, así salían y regresaban juntos a su casa. Compartían el trabajo y no existía ninguna posibilidad de que ella se alajara. Carlos se sentía seguro.

IV

Belén tenía inquietudes, desde que cursaba en el Instituto de Seguridad Pública se había destacado por ser buena estudiante y quería ascender en el escalafón jerárquico de la fuerza policial y para ello se inscribió en algunos cursos de perfeccionamiento y capacitación. 

Carlos simuló comprensión, al principio, y apoyó la iniciativa. Ella salía de la Sub Comisaría a las 7 pm y de allí se dirigía al Instituto en donde cursaba hasta las 11 pm. Iba junto a una compañera que la llevaba en su automóvil.

A la salida la esperaba Carlos para volver juntos a su casa.

Todas las noches repetían la misma rutina, a las once en punto, Belén salía del Instituto, caminando sola, con la mochila llena de carpetas y libros colgada del brazo,  cruzaba a paso rápido la calle que la separaba del auto de su marido, se subía al asiento del acompañante y casi en el mismo acto lo saludaba con un beso mientras este encendía el motor para iniciar la marcha.

Carlos llegaba puntualmente diez minutos antes de las once. Estacionaba siempre en el mismo lugar desde donde podía ver el frente del edificio de dos pisos del Instituto de Seguridad Pública, encendía la radio y esperaba como un cazador aguarda paciente a su presa.

Un día caluroso del mes de noviembre, mientras estaban en la Subcomisaría, Carlos notó algo extraño en Belén. No podía identificar qué era lo que le llamaba la atención pero había algo raro en ella. Tal vez se había puesto más perfume del que habitualmente usaba y además la notaba más alegre y a la vez desconcentrada. Carlos se encerró en su despacho. Cerró los ojos con fuerza inusitada  y la única imagen que venía a su mente era la de su esposa desnuda en una cama con otro hombre. Esto lo enfureció, se levantó de la silla y dio un puñetazo con toda su fuerza en la pared. Comenzó a transpirar frío mientras un hilo de sangre recorría el puño de la mano izquierda.

Esa noche, él la fue a buscar a la salida del Instituto. Llegó media hora antes de las 11. Estacionó el auto donde siempre. Encendió la radio y bajó la ventanilla mirando fijo la puerta de salida del Instituto. A las once comenzaron a salir los estudiantes, algunos solos, otros en dúos o tríos, algunos caminaban hasta la parada de colectivos de la esquina, otros se subían a sus motos o a los autos de los que los esperaban. Pero Belén no salía. Eran las once y diez y ella no cruzaba el umbral. Carlos apretó los puños. Las venas se hincharon y el dolor de la mano golpeada a la tarde cubrió todo el brazo como si un potente rayo de electricidad hubiera cruzado su cuerpo. Cuando había decidido bajar del auto y entrar al Instituto a buscarla, ella salió. Salió junto a Tomás Varela su antiguo compañero de trabajo. Carlos, aún sentado en el asiento, miraba atónito. Veía como Belén y Tomás se detenían en la vereda, sonriendo y charlando. Se saludaban con un beso y Tomás se subía a una moto estacionada allí. Belén cruzó rápido la calle y se subió al auto. Saludó a su marido con un beso, como siempre, y éste no pudo siquiera esbozar palabra. Apretó fuerte el volante y arrancó a toda velocidad.

Durante el trayecto hasta su casa no hablaron. Belén intentó contarle alguna novedad del Instituto pero sólo recibía silencios como respuesta.

  • ¿Carlos qué te pasa? ¿Por qué no me contestás?

Silencio.

Las manos cada vez más férreas sobre el volante. Los nudillos blancos de tanto apretar.

Llegan a la casa.

Entran.

Belén deja la mochila en la mesa del comedor. Carlos detrás. La toma del cuello y la empuja contra la pared. Cae al suelo, no entiende qué es lo que pasa. Carlos a los gritos:

  • Puta de mierda ¿qué hacías con ese hijo de puta?. Asique para ese Varela te perfumás puta?.
  • Es un amigo, hemos sido compañeros en el trabajo y ahora en el Instituto, nada más, te juro que nada más, por favor no me hagas daño! – implora Belén desde el suelo.

Pero Carlos no escucha, siente que las palabras de ella son dardos envenenados de traición que se inoculan en su sien, mientras más habla ella él más se desespera y más seguro está del engaño.

Saca las esposas del cinturón del uniforme y las sujeta en las muñecas de Belén y a la reja de la ventana que da al pequeño patio de la casa. Toma un repasador de la cocina y se lo introduce en la boca a su mujer usándolo de mordaza.

  • Vas a aprender, hija de puta – le dice. Belén queda sentada en el piso,

atada a la reja y amordazada. Carlos apaga las luces de la casa y entra en la habitación conyugal. Se acuesta, no puede conciliar el sueño. Da vueltas, miles de vueltas. Sucesivas imágenes de Belén con Varela pasan por su mente. Se levanta y camina hasta donde está Belén que llora en susurros. Cuando lo ve venir se hace un bollo sobre si misma, posición fetal que no logra evitar el golpe de puño que pega duro en las costillas. Ruido de algo que se quiebra y un dolor insoportable. Carlos ha dejado la cartuchera con el arma reglamentaria sobre la mesa, toma el arma y apunta al entrecejo de ella que cierra los ojos ya sin poder llorar y pensando en que es el fin, que su vida terminará en esa casa en donde había pensado su futuro.

A Carlos le tiembla el pulso. Lleva el dedo al gatillo y siente el sudor frío por la espalda. Escucha un leve murmullo de líquido que gotea, Belén se ha orinado, los pantalones del uniforme tienen una mancha húmeda. Va a disparar, se ayuda con la mano izquierda a sujetar la pistola. Es uno de los mejores tiradores de la policía. Ha ganado premios por su puntería. A tan escasos metros no puede fallar. Por fin dispara, pero en el momento mismo de hacerlo eleva levemente el arma y la bala pasa apenas sobre la cabeza de Belén, casi rozándola e impacta en la pared. Solo un zumbido invade la tierra. Los dos están sordos. Belén cree que está muerta y Carlos se arrodilla a su costado llorando desconsolado.

Luego de esa noche no volvieron a mencionar lo sucedido. La vida transcurrió en una normalidad distinta, extraña, donde ella jamás lo volvió a mirar a los ojos y donde temblaba como una hoja en un fuerte viento de zonda cada vez que él se le acercaba. En varias oportunidades cuando lo escuchaba llegar a la casa se orinaba sin poder impedirlo.

Abandonó el Instituto y cualquier vida social que no le gustara a Carlos. Solamente salía de su casa para ir a trabajar y a visitar a sus padres,  a su hermana Lucía que recientemente se había divorciado y vivía con su hijo Santiago en la casa paterna. En ese lugar encontraba algo de paz y podía pasar un momento de calma. Este se terminaba cuando Carlos estacionaba el auto en la puerta de la casa de sus suegros y Belén salía presurosa para que éste no se enojara.

Carlos la obligaba a tener relaciones sexuales, ella no gozaba ni se excitaba en lo más mínimo. Era un juego de uno solo donde era él el que empezaba y acababa cuando quería, por suerte para ella, era rápido.

Belén quería usar métodos anticoceptivos pero Carlos se oponía. Quería ser padre.  Ella comenzó a tomar pastillas a escondidas. Cada mañana, al levantarse, se encerraba en el baño y mientras miraba su mirada perdida en el espejo tomaba la pastilla que guardaba celosamente junto a algunos cosméticos camuflada en un paquete de toallas femeninas.  Carlos algo sospechaba ya que pasaba el tiempo y no quedaba embarazada.  Una mañana, en un frío mes de julio, ella olvidó poner el cerrojo a la puerta del baño. Él, atento a cada movimiento de Belén, se percató de esta falta y entró justo en el momento que sacaba la pastilla y se la introducía a la boca.

Sin decir nada Carlos tiró todas la pastillas al inodoro mientras Belén, aun en camisón, se sentaba en el piso cubriéndose la cabeza con los brazos y gritando que no le pegara.

Carlos no le pegó. La arrastró hasta la cama y la violó. Belén ya no lloraba, mientras Carlos se movía encima de ella, miraba el techo con los ojos secos.

Al poco tiempo quedó embarazada. Nació un varón y a los dos años una nena.

Dejó de trabajar para dedicarse a cuidar a los hijos. Los amaba y eran su ligazón a la cordura. Carlos se mostraba muy cariñoso con los niños. Los pequeños eran felices ya que cuando estaban solos con su madre –la mayor parte del día- ella también era feliz. Pero cuando Carlos llegaba a Belén se le desdibujaba la sonrisa. Los peores momentos eran los fines de semana en los que Carlos estaba todo el día en la casa. Belén no soportaba su presencia, había  adelgazado mucho ya que esos día no podía siquiera probar bocado. No pesaba más de 40 kilos.

V

Belén llevaba muchos años padeciendolo. No hablaba con nadie de este sufrimiento. El temor reverencial que le imponía su marido la paralizaba. Le impedía pensar.

 Su hermana Lucía, que algo intuía ya que era notorio el cambio de humor de Belén cuando estaba presente Carlos, logró que por fin dejara de negar que algo le pasaba y en una catarata de palabras mezcladas con llanto y momentos de silencio, pudo contarle todo.

Lucía intentó convencerla para que abandonara a Carlos y se fuera a vivir con ella a la casa de sus padres. Y que también lo denunciara y consiguiera una restricción de acercamiento.

Belén se negó rotundamente.

Ese día Carlos no la fue a buscar a la casa de sus padres por un contratiempo en la Subcomisaría. Por lo cual Belén tuvo que volver en micro. Se le hizo un poco más tarde de lo habitual la conversación con Lucía se había alargado. Corría el mes de septiembre y la primavera comenzaba a perfumar el ambiente con los primeros jazmines. Durante todo el trayecto miraba impaciente el reloj. Eran casi las 9 de la noche y Carlos le había mandado 10 mensajes de texto preguntándole dónde estaba, a qué hora llegaba y si estaba con otro. Los nervios la carcomían y no podía dejar de abrir y cerrar los puños, mientras las lágrimas descendían sin freno por sus mejillas. Bajó del colectivo en la parada que quedaba a una cuadra de su casa. Ese trayecto lo hizo corriendo lo más rápido que pudo como intentando volver el tiempo atrás para que fuera más temprano.

Al llegar a la casa, abrió la puerta y sintió el silencio. Los niños no se escuchaban. Un temblor se apoderó de su cuerpo. Caminó dos pasos hacia adentro y escuchó que la puerta se cerraba tras de sí con un fuerte golpe y doble vuelta de llave. Allí estaba Carlos que guardaba la llave en el bolsillo del pantalón y se erguía frente a ella como un gigante.

  • ¿Qué le has hecho a los chicos? ¿Dónde están? – dijo Belén con voz temblorosa.
  • Los chicos están bien, los llevé a la casa de mis viejos. ¿Qué pensabas? ¿Qué les iba a hacer algo malo?. ¿Te crees que soy un animal? A mis hijos jamás les haría daño – dijo mientras avanzaba hacia ella.

Y era verdad. Nunca les había levantado la mano a los niños. Caminó dos pasos más hasta que estuvo pegado a ella. El olor al cuero de los borceguíes policiales y el aliento de Carlos hizo que Belén estuviera a punto de vomitar. Pudo contenerse.

  • ¿Y vos hija de puta, dónde estuviste? ¿Estabas con tu amiguito otra vez? – mientras terminaba la frase le pegó con el reverso de la mano en la mejilla izquierda-

Belén cayó al suelo, Carlos se abalanzó sobre ella y le pegó hasta dejarla inconsciente.

Carlos, agitado, sudado y con la vista nublada, apretando los ojos con los pulgares, se sentó al costado de Belén apoyando la espalda en la pared. La miraba respirar acompasadamente mientras un hilo de sangre caía desde la nariz haciendo un pequeño charco en el piso. Él no era un animal, solamente ella no entendía que no debía hacer cosas que lo enojaran. Él amaba a sus hijos y a su esposa, y jamás les haría daño, a ninguno de los tres. Pero ella no podía engañarlo de esa manera, al marido no se lo engaña, la próxima vez que lo engañara iba a hacerla sufrir en serio. Le iba a pegar donde más le doliera. Mientras estaba en estas cavilaciones, Belén volvió en si. Al principio parecía no recordar qué había sucedido e ingenuamente le preguntó a Carlos qué era lo que había pasado.

  • Querida Belén, mi amor, tuve que pegarte porque me engañaste otra vez con ese amiguito tuyo, pero yo se que no lo vas a hacer de nuevo, porque si lo volvés a hacer te voy a hacer sufrir como nunca has sufrido, porque yo no soy malo, te amo y amo a mis hijos, pero eso no se hace. No te voy a hacer nada a vos ni a los pibes, me la voy a desquitar con tu vieja y tu sobrino, para que sufras toda la vida por haber sido tan puta. Ahora levantate y andate a bañar porque estás toda manchada de sangre y has ensuciado el piso.- dijo con una sonrisa fría y con la mirada en un punto lejano, inexistente.

Al otro día Carlos se levantó siguiendo su rutina, le besó la frente a Belén que aún dormía gracias a los somníferos que había comenzado a tomar, y partió al trabajo.

Al rato Belén reaccionó. Al abrir los ojos se le vinieron a la mente todos estos años, todas las degradaciones, golpes, torturas y lesiones. Lo decidió en ese mismo momento se iba a llevar a los hijos a la casa de su madre e iba a denunciar a Carlos.

Se levantó y vistió con su uniforme de policía, el que hacía tiempo ya que no usaba. Los niños se habían quedado en la casa de los padres de Carlos y ellos los llevarían a la escuela. Se dirigió a una Oficina Fiscal más lejana, no la que correspondía por su domicilio porque allí todos conocían a su marido. Se presentó y formuló la denuncia. Pensó que no iba a poder hacerlo pero las palabras fluyeron solas frente a la Ayudante de Fiscal que no daba tregua al teclado de la computadora escribiendo al unísono. Inmediatamente ordenó que Belén fuera peritada por la psicóloga. La llevaron a una sala dentro de la misma fiscalía, desprovista de cualquier adorno, solo una mesa y dos sillas enfrentadas. Allí esperó sentada. Tuvo tiempo para pensar en lo que estaba haciendo. Se dio cuenta que era una locura, Carlos cuando se enterara era capaz de cualquier cosa, se levantó para marcharse. Había decidido desistir de la denuncia y volver rápidamente a su casa. Caminaba hacia la puerta de la sala justo en el momento que la psicóloga entraba con un expediente y apoyándole suavemente la mano en el hombro la obligó a sentarse nuevamente. La entrevista duró algo más de una hora y media. Al terminar se sentía despejada y liviana. Estaba convencida que era lo mejor para ella y los niños.  La psicóloga salió y le dijo que aguardara allí hasta que la fiscal se expidiera. Obedeció. A la hora entró a la sala uno de los empleados de la Fiscalía para notificarla de la resolución por la cual se le impedía a Carlos Morales acercarse a ella o a sus hijos a menos de 200 metros. Le dieron una copia para que tuviera siempre encima y ante el menor acercamiento de él debía llamar al 911.

Salió de la Fiscalía con la restricción en la mano.

Era el comienzo del fin.

VI

Eran las 11 de la mañana y Carlos, sentado en la oficina de la Subcomisaría,  miraba su celular. Le había mandado a Belén más de 20 mensajes y ella no había respondido ninguno. Evidentemente no había entendido que con él no se jugaba. Esta vez iba a enseñarle quién era.

Golpearon la puerta de la oficina. Su secretario. Traía en la mano un papel que le acercó e inmediatamente dio media vuelta y salió por donde había entrado. Pero antes de irse dijo:

  • Sr Subcomisario, el Comisario me dijo que me entregue el arma antes de irse, no puede portarla en la calle, debe dejarla hasta que se termine ese quilombo – y señaló con las ceja el papel que le había entregado.

La hoja quedó arriba del escritorio, cubriendo el mudo teléfono móvil. La miró antes de leerla. Tenía varios sellos que identificaban un juzgado. Iba dirigida a él Sr. Carlos Morales y le notificaba la prohibición de acercarse a su esposa y a sus hijos. La leyó, una y otra vez. No podía creer lo que le había hecho Belén, esta vez sí había llegado demasiado lejos. Rompió la hoja en mil pedazos y los tiró al suelo. Tomó el celular y la llamó. No contestó. Volvió a llamar y tampoco contestó. Reiteró la llamada una vez más con igual suerte.  Escribió un mensaje de texto, tomó, el arma reglamentaria del cajón, una Hi Power 9 mm, cargada con las 12 balas y salió de la Subcomisaría sin avisar que se iba.-

VII

 “Vas a sufrir, hija de puta, te lo juro…. Sacame a los pibes y vas a ver quien soy realmente, hasta ahora no me conocés….. Vas a sufrir, te voy a dar donde más te duele, voy a matar a tu sobrino y a la puta de tu vieja ….Vas a sufrir toda tu vida porque por tu culpa a los dos los voy a cagar a tiros.”

Belén leyó el mensaje y guardó el teléfono móvil en el bolsillo del uniforme. Iba en el asiento del acompañante del auto que conducía su hermana. Estaban en la puerta de la escuela de los chicos y los acababa de retirar antes de la hora de salida. Los niños estaban en el asiento trasero charlando sobre sobre el pic nic de la primavera que tendrían al día siguiente. Prefirió no decirle nada a Lucía de esta amenaza en contra de su hijo Santiago y de la madre de ambas. Carlos no sería capaz de llegar a tanto, pensó.

Dejaron a los chicos en la casa de una amiga de Lucía donde a Carlos no se le ocurriría buscarlos porque no la conocía. Y ellas fueron al Cuerpo Médico Forense para que le constataran las lesiones a Belén. Sintió que el celular le sonaba otra vez. Lo miró, una llamada de Carlos. No atendió.  Lucía la miró preguntando si el que llamaba era él sabiendo la respuesta. Al instante entró un nuevo mensaje de texto: VOY A LO DE TUS VIEJOS A LLEVARME A LOS PIBES.

VIII

Carlos maneja sin rumbo. Quiere ir a la casa de sus suegros pero equivoca el camino. Está enceguecido. Suena su teléfono móvil. Frena de golpe. Mira, un mensaje de texto de Belén: LOS CHICOS NO ESTÁN EN LO DE MI MAMA. NO TE VOY A DECIR DÓNDE ESTÁN.

Fin del mensaje.

Contesta el mensaje.

Instintivamente lleva la mano al arma para asegurarse que sigue allí.

Arranca.

IX

Belén recibe la respuesta a su mensaje: VAS A SUFRIR HIJA DE PUTA.

Le ordena a su hermana que regresen a lo de los padres porque seguramente Carlos está yendo hacia allí a matar a Santiago y a la madre de ambas. Lucía gira el auto 180 grados sobre sí mismo para retomar el camino contrario. Lucía no está de servicio y por ende no lleva su arma encima. Belén fue obligada a dejar la suya al momento de hacer la denuncia contra su marido. Maneja a toda velocidad mientras Belén llama a la Comisaría y pide que un móvil vaya a lo de sus padres. Llama a su madre para decirle que entre a Santiago a la casa y cierre con llave, pero no contesta. El teléfono suena una y otra vez y no atiende. Seguramente el volumen del tv no los deja escuchar.

X

Las casas del barrio donde vive la madre de Belén son iguales y bajas, con un pequeño jardín a la entrada. En un principio fue construido por una cooperativa policial para sus afiliados y luego se incluyó a cualquiera estuviera o no en la fuerza policial. Las casas son chicas, con rejas blancas en las ventanas y con veredas de baldosas rojas. Al frente de cada una descansa un árbol paraíso a la vera de la acequia. Impera la tranquilidad ya que está alejado de la Ciudad, se diría que pertenece a una zona casi rural. Por eso la vida allí es más apacible y por eso a las 12 del medio día, Santiago, el hijo de Lucía, de 9 años, puede andar tranquilo en bicicleta por las calles sin correr ningún riesgo. Y así lo hace mientras su abuela Rosa, la madre de Lucía y Belén, está dentro de la casa preparando el almuerzo y su abuelo, en la silla de ruedas, mira la TV con el volumen alto.

Santiago tiene hambre, el olor a milanesas que sale de la casa de su abuela lo atrae hasta allí donde se asoma por la ventana para preguntar cuánto falta para comer.

  • Date una vuelta más en la bici y vení a comer – dice la abuela

Santiago obediente comienza a pedalear.

XI

Carlos va a cumplir su promesa. Belén sufrirá el resto de su vida por haberlo traicionado. A una cuadra de la casa de sus suegros hay una plaza. Detiene allí su auto y baja dejando la puerta abierta y la llave puesta. Ya nada le importa. Ya no piensa. Ya perdió a sus hijos y lo van a pagar. Desenfunda el arma y la lleva en la mano derecha apuntando al cielo. Camina por el medio de la calle. Los pocos autos que pasan lo esquivan con temor. A medida que se acerca a su destino acelera el paso y acelera las pulsaciones. Esa hija de puta va a pagar durante toda la vida lo que le hizo. Va a sufrir como ella lo hizo sufrir a él. Piensa. Se lo repite una y otra vez.

Llega a 50 metros de la casa de sus suegros. Del frente sale Santiago en la bicicleta, sonriendo y pedaleando despreocupado.

Carlos apunta. Fue el mejor tirador de su promoción. Tiene un diploma que lo avala. Todos lo saben. Apunta al niño.

XII

Lucía pasa los semáforos en rojo, y acelera, están a pocas cuadras de la casa de su madre. Llegan a la plaza y ven el auto de Carlos mal estacionado a un costado, casi en el medio de la calle, con la puerta abierta. Recorren los últimos metros, frenan y miran al frente de la casa. Carlos, desde la vereda, levanta la pistola, apunta y dispara. Cinco exactos tiros en el cuerpo del niño que cae al pavimento sin vida manchando de rojo el asfalto. La abuela siente los disparos y sale corriendo hacia su nieto. Carlos vuelve a disparar. Esta vez son cuatro las balas que dan en el cuerpo de la madre de Belén y Lucía.

Lucía corre hacia la casa entra y saca su arma de la mochila que está colgada en el perchero detrás de la puerta. Sale y dispara. Carlos tira el arma al suelo y comienza a correr mientras escucha los disparos que resuenan en el aire a sus espaldas y las sirenas que se sienten llegar. No alcanza a andar unos cien metros que un auto de policía lo intercepta y lo detiene. Se deja apresar dócilmente.

Belén ha quedado parada al costado del auto. Mira a su sobrino y a su madre que yacen en el piso, la abuela abraza al pequeño, como durmiendo una siesta eterna.

NUNCA SERVÍ PARA TRISTES DESPEDIDAS

UN VIAJE A TRAVÉS DE LAS TRISTEZAS

1.- EL FINAL

Recién comienza el día.

Llego a la casa

me detengo en frente

el aroma de los jazmines envuelve el silencio.

La puerta está abierta.

Entro.

Allí todavía es de noche,

las luces del amanecer aún no descubren la verdad.

Camino algunos pasos hasta el sillón

me acuesto

me estiro como desperezándome

como preparando el cuerpo para un sueño largo.

Miro hacia el costado, a la par de mi sillón, el ataúd,

marrón tan brillante

que mi rostro se refleja y desfigura

en las betas de la madera.

Una cruz opaca que cuelga desde la pared desentona entre tanto brillo,

atrás dos velas que alguna vez ardieron son sólo cirios del olvido.

Pasan los minutos, tal vez las horas y seguimos allí

Él en su cajón y yo recostado en el sofá,

ninguno se mueve.

No nos miramos.

No hablamos.

No escucho miles de palabras que él nunca dijo

y yo no hablo.

Él no respira quién sabe desde cuándo

y yo sueño con un sueño largo.

Comienzan a llegar los deudos,

estatuas de hielo que chocan entre sí

caminan alrededor nuestro

y se detienen firmes como lo que son, estatuas.

A lo lejos se oye un llanto

no es visceral, no es un alarido, es solo un grito

que recorre el lugar en busca de lágrimas.

No encuentra ojos para alojarse,

solo hay retazos de recuerdos amorfos

y pésames de extraños.

Llega el furgón para su último viaje

lentas, las estatuas cierran la tapa del cajón

lo toman dos de cada lado y lo alzan,

caminan unos pasos y

antes de dirigirse hacia la salida se detienen

me miran

buscan mi aprobación, como si fuera yo el responsable de los finales.

Otra vez no digo nada.

Salen por la puerta por dónde él pasará por última vez.

Sigo acostado,

con mi sueño y mi silencio.

2.- EL FURGÓN DE LOS FIAMBRES

El furgón de los fiambres se aleja

de la casa del difunto,

con su carga de tristeza envuelta en madera

que brilla,

dejando atrás a los deudos de hielo

a los extraños de sal

al silencio envuelto en aroma de jazmines

y a mí,

que en el sillón,

sueño que un auto me abandona a la vera de la ruta

es de noche y no hay luces

tampoco gente

sólo el ruido de los insectos dueños del lugar

y las plantaciones que se intuyen a los costados

por el aroma a vegetación viva.

Camino por el centro de la calzada,

mirando hacia adelante y atrás en busca de algo

de alguna señal,

no tengo miedo ni angustia ni apuro

avanzo lento,

la certeza de no saber donde estoy me reconforta

me desobliga de pensar

me libera de tantas presiones

de tantas explicaciones

de ojos que me miran inquisidores,

prisionero de la libertad.

Un ruido extraño me detiene

y silencia los insectos que parecen quedar inmóviles en el aire,

como dibujados en la pared.

Todo se aquieta.

Hasta el viento gélido que soplaba ya no lo hace.

El ruido vuelve a repetirse,

esta vez más fuerte

viene del costado de la ruta.

Una pequeña llama, como de un fósforo, se enciende.

Miro hacia allí, un hombre

sentado en la banquina,

le nace desde su mano la llama

en la otra sostiene un revólver.

Agudizo la vista, el hombre no tiene edad

pareciera haber pasado por todas

y ser aún joven

y viejo

y también niño

su mirada es penetrante y a la vez cándida

no alcanzo a reconocer las ropas que lleva puesta

solo que toda  su vestimenta es negra.

Otra vez no tengo miedo

me siento cerca del final de algo

o del principio de todo.

Sin levantarse estira el brazo

apuntándome con el arma,

justo a mi entrecejo apunta.

Su presencia me domina

el dedo índice en el gatillo tiembla

no puedo moverme,

no quiero moverme,

hay algo de la situación que me consuela,

la llama de su otra mano crece

hasta iluminar el paisaje

alcanzo a ver sobre sus hombros que el campo está florecido,

miles de girasoles nos acompañan.

Vuelvo a mirarlo

nos miramos

gira el revólver

 y tomándolo desde el cañón me lo alcanza.

Ahora sus ojos piden clemencia

apunto a su entrecejo,

la llama de su otra mano se apaga.

El ruido del disparo me despierta.

Abro los ojos y sólo quedan las velas

que como testigos involuntarias

delatan lo sucedido

y la soledad.

Todos se han ido tras el furgón

quizás pensando en alcanzarlo

para depositar en él las lágrimas sin destino.

3.- EL VIAJE

En fila india avanzamos

detrás del furgón que lleva el paso

lento

como si una eternidad lo aguardara

como evitando acelerar

para no entorpecer el destino.

Miramos a los costados

para no ver las flores que

coronan el rótulo con su nombre.

Somos cuatro

cada uno posa los ojos en la ventanilla de su lado

las miradas, como las palabras no dichas, no se cruzan,

el vidrio que nos separa del exterior

absorbe las imágenes que los recuerdos reflejan.

Cada ventana es un depósito

para nuestros sufrimientos

por donde el vapor de las lágrimas se escurre

hasta no dejarnos ver más allá.

No hablamos

el silencio es más cómodo

que las frases que no se dicen.

Como si hubiera pasado un siglo

como si el tiempo no existiera

como si las imágenes de recuerdos remotos

dibujadas en los vidrios de nuestros pensamientos

se hicieran añicos

al estrellarse contra la pared,

llegamos al final del recorrido

donde el viaje termina

donde empieza el fin.

4.- EL CAMPOSANTO

Llegamos.

El furgón de los fiambres se detiene a la entrada

como si el sol que arremete desde el este

le impidiera el paso.

La caravana del silencio

descansa su marcha,

los floristas hacen su trabajo

y hasta los chicos cuidacoches

participan de la tristeza.

Es una obra sin director

donde todos hacen su papel

sin escenario

sin vestuario

y sin ensayo general.

Lloran al muerto

que no conocen

lamentan la pérdida del desconocido

y estiran la mano

para  lograr la moneda

al pie de la tumba.

El furgón arranca nuevamente

a paso de hombre,

a paso de hombre muerto

lo seguimos caminando

por calles sin tránsito.

El verde del paisaje

contrasta con los velos negros que cubren los rostros

el cantar de los pájaros se desubica en la tristeza de las miradas.

Me alejo del acompañamiento

pisando mármoles ajenos

con nombres que no recuerdo

que nada me dicen.

El furgón llega a su última estación

todos se detienen en el tiempo

alrededor del foso.

Desde lejos los veo

solo distingo figuras

siluetas inertes rodeando al inerte que las convoca.

Pasan segundos, tal vez minutos.

En esta obra

aunque nadie lo diga

todos siguen un guión

ahora Él desciende

ahora la tierra cae encima

algunas flores levitan por un instante

hasta posarse desparejas

en la tapa de madera lustrosa

alguien dice unas palabras

y tal vez alguien aplaude.

Es el final.

Todos dan media vuelta

y caminan

dando la espalda al sol

que pega en la nuca

obligando a no darse vuelta

a no mirar al pasado

a no pensar en el que quedó atrás.

Yo los sigo con la vista

hasta que desaparecen

terminando su papel en este film.

Mi cuerpo queda solo

de pie

en el medio de un jardín inmenso

rodeado de muertos con olor a verano

donde empieza el último acto

donde empieza mi monólogo sin voz.-

EL FIAMBRERO

10 de enero 2015. Barrio Santa Evita, Godoy Cruz, Mendoza. 36° grados centígrados. Tormentas eléctricas aisladas.

Reina la calma. La calma propia de esas siestas eternas de cemento y hormigón. Siestas grises ajenas al verde de los jardines y al celeste de las piletas de natación. Siestas de un calor que aturde, que desmaya. Siestas que silencian. Siestas en casas con pisos de concreto alisado y techos bajos donde pareciera que el sol llega con más fuerza y penetra con sus rayos hasta incinerar los cuerpos que abajo, como hipnotizados, esperan el milagro del descenso de temperatura.

En la casa de una de las tantas esquinas del barrio (ahí donde dobla el viento y se cruzan los atajos), alrededor de una mesa de plástico, sentados, El Fiambrero,  su esposa, su hijo y su abuela que ceba mate en silencio, con la misma parsimonia y paz con las que los coyas han soportado cientos de años de sojuzgamiento. Ella vive bien al Norte, cerca de la frontera con Bolivia, en Zampaya, donde dice que allí sí hace calor. Y no dice más. Sigue cebando. Es muy baja de estatura y la piel oscura son solo pliegues y arrugas. Está en Mendoza porque vino a operarse en el Hospital Central. Gratis. Pero quiere volver a su casa. La tez de su nieto es mestiza culpa de una mezcla, seguramente no querida, entre  su madre coya y algún patrón de estancia. Heredó las facciones norteñas pero el espíritu del hombre blanco. Tiene poca paciencia. El Fiambrero se resiente y odia. El Fiambrero no vive en paz. El fiambrero odia.

En el medio de la habitación, como una Reina, la tevé encendida permanentemente, con lo que sea, con lo que el Rey DirectTV guste poner.

Ninguno habla, pero tampoco ninguno mira la tv. Toman mate y comen tortitas caseras. El olor del horneado y el calor del horno todavía inundan la habitación. El hijo del Fiambrero, juega entre sus pies con un pequeño perro, que al igual que su padre, es mestizo, cruza de miles de perros mestizos. Pero su padre no es pequeño, es grande como un fisicoculturista de película clase B.

Sobre la mesa, una radio Nextel y un teléfono celular viejo. El Nextel suena con un triple pri. Todos dirigen su mirada al artefacto. Silencio. Nuevamente un triple pri. Ahora el hijo del Fiambrero baja la vista y mira al perro. La abuela se levanta lentamente y camina más lentamente aún, cargando la pava, hacia la cocina aparentando que tiene que calentar agua para el mate. La esposa mira fijo al Fiambrero. Éste estira la mano derecha y toma la radio mientras en un mismo movimiento se levanta y enciende un cigarrillo y sale a la vereda. Un rayo de sol se le clava entre los ojos.

La esposa sabe que cuando el Nextel suena nada bueno puede pasar. Seguramente su esposo entrará a la casa, nervioso, irá a la habitación donde guarda su arma, y saldrá nuevamente, sin siquiera saludar.

Desde adentro se oye un pri y luego que el Fiambrero dice algunas pocas palabras inentendibles. En esos momentos habla con la boca casi cerrada. Luego silencio.

Entra a la casa y se dirige a la habitación. A los pocos segundos regresa con la Glock 40 en una mano y un cargador en la otra. Va hacia la puerta de salida. La esposa se interpone. Es pequeña, apenas le llega al pecho. Mira hacia arriba buscando los ojos de su marido, toma coraje y dice:

– A dónde vas?

  • Pasame los cigarrillos – dice El Fiambrero

La esposa se queda tiesa, sabe que está haciendo lo que no debe hacer. Baja la vista. Mira detrás de la espalda voluminosa de su marido. La Abuela continúa calentando el agua y el hijo llora para adentro. El perro se hace el distraído. En la tv Robert De Niro golpea varias  veces con el tubo del teléfono público de la casilla en la que está metido mientras grita FUCK FUCK FUCK. Uno de los buenos muchachos cayó en una trampa y no salió para contarlo. La historia sigue.

  • Dame los cigarrillos – repite el Fiambrero sin inmutarse.
  • Siempre te vas y un día no vas a volver – dice ella.
  • Dame los cigarrillos – dice él.
  • No vas a volver – repite ella casi en un murmullo.

Por la ventana que da a la calle una camioneta importada se detiene. El vidrio negro del acompañante desciende apenas unos centímetro, los suficientes como para ver un rostro con lentes de sol que mira a la casa. No apaga el motor. Adentro todos inmóviles. La esposa rompe la quietud y le alcanza los cigarrillos a su esposo que sale a la calle. Sube al asiento trasero del vehículo, cierra la puerta y enciende un cigarrillo. La camioneta avanza. No mira para atrás. No mira como su esposa y su hijo han salido a la  vereda y lo miran marcharse.

La camioneta recorre varias calles hasta salir del barrio. Las dos personas de adelante hablan entre ellas. Casi no se dirigen al Fiambrero. Éste no habla. Cruzan la ruta y llegan al centro de la ciudad. Detienen la marcha pero no el motor. Están frente a un edificio alto.

  • Es en el primero quinto – dice el que maneja.
  • Dame un cigarrillo – dice el Fiambrero.

Los dos de adelante se miran unos segundos y al final el del asiento del acompañante saca del bolsillo un paquete y se lo da al Fiambrero junto con dos llaves.

El Fiambrero baja de la camioneta y se acerca a la puerta de vidrio del hall de entrada. Con una de las llaves abre y entra. Camina unos pasos y encuentra la escalera. Sube un piso. Un cartel le indica que los departamentos del 1 al 6 se ubican hacia su derecha. Gira hacia allí. Llega a la puerta 5 caminando firme pero evitando hacer cualquier tipo de ruido. Se detiene frente al departamento. Casi sin respirar aguarda un minuto. Lentamente introduce la llave en la cerradura gira una vez y espera. Nada. Saca la pistola del bolsillo del pantalón. Gira otra vez y abre la puerta. El frío del aire acondicionado lo envuelve. En un sillón, sentado frente a la tv un hombre lo mira. No parece sorprendido. El Fiambrero apunta y dispara seis veces justo en el blanco. Da media vuelta, sale y cierra la puerta con doble llave.

Llega a la camioneta aún en marcha, sube al asiento trasero y arrancan. El que va en el asiento del acompañante gira su torso y le alcanza un manojo de billetes. El Fiambrero no lo cuenta y lo guarda en el bolsillo junto a la Glock.

Lo dejan en la puerta de su casa y salen veloz.

Entra. La esposa, el hijo y la abuela alrededor de la mesa. Toman mate y no miran la tv encendida: seguro Ray Liotta ya traicionó a todos. El perro a los pies del niño. Se dirige a su habitación y guarda el arma. Vuelve a donde están todos Se sienta en su silla. Deja el dinero sobre la mesa y dice:

  • Dame un cigarrillo.

HIGOR

El artista plástico Cristobal Farmache un día me enseñó este tremendo dibujo y me contó que el personaje se llamaba Higor y que era hijo de una bruja, así nació esta historia…..

I

San José de Tull es el nombre del pueblo de no más de cuarenta habitantes. Allí dicen que Higor nunca nació. Que no fue concebido por hombre alguno. Que es un hechizo más de su madre.  Se dice que la Bruja lo hizo aparecer, una noche helada del desierto donde el viento quemaba por el frío de sus ráfagas las pieles curtidas de los habitantes. En el momento mismo en que Higor nació-apareció el viento se detuvo y los perros comenzaron a aullar. Los vecinos asustados cerraron puertas y ventanas escondiéndose en sus casas.

Durante años, madre e hijo vivieron en las afueras de la población, casi sin mezclarse con el resto, pasaban sus días juntos, alejados del pequeño poblado. Nadie los veía ni sabían qué hacían durante el día. Lo cual llevó a los vecinos del pueblo a conjeturar una y mil versiones sobre ellos y a elucubrar las más variadas historias sobre la bruja y sus brujerías. Decían en el pueblo que por las noches, una vez que el pequeño Higor se dormía, la madre salía de la casa y caminaba descalza por las dunas del desierto, apenas vestida con una túnica negra,  hasta llegar a uno de los montes más elevados en el cual, en la cima del mismo, realizaba sacrificios de animales.

Las versiones sobre los supuestos embrujos corrieron  deprisa. Se la fue culpando de distintas fatalidades que sucedían en el lugar. Desde algunas enfermedades hasta la sequía de los pocos frutos que se daban en ese páramo. Todas las malas noticias y desgracias de alguna u otra manera eran vinculadas a algún hechizo de la bruja. Un día, amaneció una niña muerta en su cuna,  con una marca en la frente, una especie de triángulo con la base hacia arriba. Dijeron que era una marca que invocaba a algún demonio y que había sido puesta allí por la bruja a través de un conjuro. Enardecidos  los paletos se encaminaron a la casa de Higor. Marcharon encolumnados detrás del padre de la niña muerta para buscar a la asesina. Todo el pueblo caminaba detrás del padre de la pequeña, munidos de palos, zapas y armas de las más variadas. Era un amanecer distinto a todos. El pueblo quedó vacío. La única persona que no fue en busca de la bruja era la madre de la niña muerta que, con ella en brazos, rompió con  gritos desgarradores el silencio del lugar.

En su casa, la Bruja escucha que la muchedumbre se aproxima. Ve las llamas de las antorchas que blanden y oye los gritos belicosos. La Bruja se desespera, Higor aún duerme en su cama. Va hacia allí y suavemente lo despierta y lo lleva hacia afuera de la casa. Lo deja escondido detrás de unos arbustos y lo despide con un beso en la frente diciéndole que pase lo que pase se quede allí sin  hacer ruido. La Bruja vuelve a la casa en el mismo momento que los hombres y mujeres del pueblo llegan allí y sin mediar ninguna explicación toman a la Bruja de pies y manos y la cargan como si fuera un animal. Vuelven al pueblo cargándola, pero antes, arrojan las antorchas al interior de la vivienda de Higor  que comienza a arder mientras éste mira como su madre es apresada y su casa se prende fuego.

Ya en el pueblo, todos se congregan en la Plaza. Hasta allí han llevado a la Bruja. La han atado al único árbol del lugar, una añosa higuera que hace las veces de cadalso natural. La gente se va retirando de a poco hasta dejarla sola. Así quedará hasta la hora de su final, así quedará hasta que sea la hora señalada en que el fuego la consuma.

II

Las ramas secas amontonadas

forman una espiral inerte

como una enredadera en el desierto

que trepa y entrelaza las piernas desnudas.

Suben hasta casi cubrirle la cara

llegan a los ojos,

rojos de angustia e ira,

y amordazan la boca.

No la dejan gritar su dolor

no puede llorar su espanto

la han atado al tronco de la higuera

de la que, como una raíz, no puede escapar.

Está en el medio de la plaza del pueblo

a su alrededor no hay nada

solo tierra infértil y piedras

al fondo las montañas enmarcan la imagen del fin.

III

Al atardecer, momento fijado para la ejecución

los curiosos llegan a la plaza,

temerosos se detienen a cierta distancia

ella los mira y se retuerce queriendo zafarse.

No se acercan

temen que la bruja los maldiga antes de su muerte

que caiga sobre ellos una maldición

de la que no pueda volverse atrás.

Que antes de su muerte

en las llamas de la hoguera

los maldiga por ser cómplices

de esa condena sin juicio

de ese veredicto despótico

donde no hubo defensa ni alegatos

solo la orden tiránica de quemar a la bruja.

IV

El público susurra

en voz baja comenta

los hechizos y artes oscuras por los que se la acusa

a la arpía que prontamente arderá

El tiempo transcurre lento

las miradas se acostumbran

a ver a la bruja atada

a punto de morir

Abriéndose paso entre la muchedumbre

Higor, el hijo de la sentenciada

avanza hasta llegar a la primera fila

No quiere escuchar lo que la gente dice

con las manos tapa sus oídos

y mira a su madre que,

atada, tiembla

Sus miradas  se cruzan

se encuentran allí

en el momento justo que el verdugo enciende la antorcha

y  lentamente la acerca al espiral de ramas secas.

No hay discursos ni últimas palabras

no hay ritos ni pedidos de clemencia

solo hay una llama que sube y quema

y la mirada de Higor que jura venganza.

V

Como si fuera una última brujería, oscureció repentinamente y esa noche no tuvo estrellas, ni luna. El pueblo se envolvió en la más profunda oscuridad. Sólo algunas brasas a los pies de la higuera ardieron dando pequeños destellos de luces en las largas horas que duró la tiniebla. Higor aprovechó la confusión que esto generó en el pueblo para huir. Sin destino vagó por el desierto hasta encontrar una cueva para cobijarse. Allí pasó los días en soledad, encerrado. Saliendo de vez en cuando para cazar algún animal para comer. Y volver a encerrarse.  No tiene con quien hablar y no quiere hablar con nadie. Un día, sentado en la cueva, un rayo de luz penetró las paredes e iluminó incandescentemente el lúgubre lugar. De a poco fue disminuyendo el resplandor hasta fijarse en la frente del joven como si tuviera una marca en la piel, una especie de triángulo con la base hacia arriba. Durante unos segundos  una descarga eléctrica le recorrió el cuerpo mientras en su cabeza sonaba la voz de su madre que repetía algunas palabras sueltas, fuego, unión.  A partir de ese día, Higor casi no durmió, no tenía sueño y a medida que pasaba el tiempo sentía que no necesitaba alimentarse. Estaba días enteros sin comer ni beber y en lugar de decaer, su estado de ánimo mejoró y se sentía fortalecido. No salió de la cueva por varios días.  Experimentaba una sensación de gran poder físico, se sentía poderoso y notaba que los músculos de brazos y piernas se le tonificaban. Al fin, un día, sin saber cuánto tiempo había pasado desde que llegó allí, decidió salir. La luz del sol del desierto lo encegueció por un momento hasta que pudo abrir por completo los ojos. Comenzó a caminar a paso firme y veloz. Las trancadas eran cada vez más largas como si casi no asentara los pies en la arena. Se dirige camino al pueblo. Ese es su destino. Allí buscará la venganza y  se unirá a su madre.

VI

Llega a San José de Tull. Nada ha cambiado desde la última vez que estuvo allí. Las imágenes de este último tiempo se le superponen y confunden como si fueran parte de la tierra que flota en el aire y que lo envuelve. Camina el kilómetro que lo separa desde el pórtico de entrada del pueblo hasta las primeras casas. Ahora los pasos son más lentos, más cautos. Aprieta los puños y camina mirando al frente. Comienza a acercarse a las casas de adobe y paja, el rayo de luz que lo invadió en la cueva vuelve a aparecer y se posa nuevamente en la frente, otra vez la marca del triángulo invertido se fija como un tatuaje. Y otra vez la vibración le recorre el cuerpo insuflándole un poder desconocido y brutal. Las palabras de su madre resuenan y rebotan: fuego, unión.

Sigue caminando, el sol del medio día dispara sus rayos en línea recta.  Llega a la plaza. Las primeras tres personas que lo ven lo miran pero no se le acercan. Dan vuelta la cara y apuran el paso en dirección contraria al grito de “¡el hijo de la Bruja ha regresado!”. Higor los persigue. Los alcanza y se para delante de ellos. Fijan su vista en la marca que Higor lleva en la frente. Higor los mira como si los reconociera. Son tres hombres de edad mediada. Tal vez ve en ellos alguna imagen de su pasado. Pero no se detiene a pensar. La voz de su madre ordena: fuego, unión. Se abalanza y con la fuerza de un animal salvaje mata con golpes de sus manos a los tres que no atinan siquiera a defenderse. Los gritos de desesperación de los sujetos han alertado al resto del pueblo que sale de sus casas para ver qué sucede. Al ver a los tres muertos en el piso y a Higor que se yergue bañado en sangre con los ojos rojos y la marca en la frente que cada vez se hace más notoria, dudan unos segundos pero el valor de ser mayoría los decide a atacar y van sobre Higor. Éste no se amedrenta, a pocos metros, en la plaza, se encuentra el mástil de la bandera, se dirige hacia allí y lo arranca de cuajo. Es un palo de más de dos metros, lo toma con ambas manos y lo levanta como haría un guerrero con su lanza mientras grita palabras incomprensibles. En una punta, la raída bandera sigue ondeando. Los otros miran atemorizados. Higor los enfrenta y va contra ellos. Con movimientos furiosos y precisos los golpea sin darles la posibilidad alguna de contraataque. Acaba con ellos rápidamente. Enarbolando el mástil avanza por el pueblo matando a todos los que se le cruzan, hombres, mujeres y niños. De a poco se apagan los gritos de dolor para pasar al silencio de la sangre. Nadie ha sobrevivido a la furia de Higor. Todos en el pueblo han muerto. Parado en el medio de la plaza mira a su alrededor. Por fin fija la vista en un horno de barro que tiene fuego en su interior. Llega hasta allí, introduce el mástil hasta que empieza a arder. A modo de antorcha lo usa para encender el fuego en cada una de las viviendas que rodean la plaza. Los techos de paja hacen que la tarea sea fácil. Rápidamente todo comienza a prenderse fuego. Higor está agotado. Siente el calor de las llamas que lo acechan, que lo envuelven. Se apoya en la higuera en el centro de la plaza, allí donde su madre fue asesinada, allí donde vuelve a unirse a ella.

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